Fin de siglo

«La sangre derramada clama venganza».

Y la venganza no puede engendrar

sino más sangre derramada

           ¿Quién soy:

el guarda de mi hermano o aquel

           a quien adiestraron

para aceptar la muerte de los demás,

           no la propia muerte?

¿A nombre de qué puedo condenar a muerte

a otros por lo que son o piensan?

Pero ¿cómo dejar impunes

la tortura o el genocidio o el matar de hambre?

            No quiero nada para mí:

            sólo anhelo

            lo posible imposible:

            un mundo sin víctimas.

Cómo lograrlo no está en mi poder;

escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento

de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo

con el cuenco trémulo de la mano

Mientras escribo llega el crepúsculo

cerca de mí los gritos que no han cesado

            no me dejan cerrar los ojos

* José Emilio Pacheco

 

Gerencia pública, una aproximación al tema

Hola. Lo que sigue es un breve ensayo sobre la gerencia pública. Nada exhaustivo realmente, tan sólo una primera aproximación al tema. Sin embargo me parece que entramos por buen camino y que lo dicho se sostiene. Ya lo iremos ampliando con el tiempo si hace falta.

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Gerencia Pública, una aproximación al tema

Ricardo Uvalle nos presenta la práctica de la gerencia pública, como parte de una tendencia general en favor del mercado, que se esparció de los llamados países “desarrollados” hacia el resto del mundo en la década de los setenta. La idea de fondo, como comenta el propio Uvalle, era reformar al Estado para insertarse en la dinámica de la competencia económica, la cual desde su perspectiva (al menos en esta la lectura) se basa en crear incrementos en la eficiencia y en la productividad económica; dos cualidades “consustanciales” al libre mercado, a decir del autor.

Los hechos siempre han demostrado que el libre mercado, además de ineficiente, atenta contra la vida y la dignidad de las personas (las clases trabajadoras), en aras de la productividad. Por eso luego de siglos de luchas sociales y debates enconados, llegamos al siglo XX con la idea de un Estado (liberal-capitalista) obligado a proteger ciertos derechos individuales, que incluso trascendieron el ámbito laboral. Pero no sólo eso. Después de los años de las guerras entre imperios, en la primera mitad del siglo XX, los países capitalistas adoptaron (en su mayoría), en términos generales, toda una serie de políticas económicas que incluían: 1) el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica para poder comerciar internacionalmente; 2) el suministro progresivo por parte del Estado, de una gran variedad de bienes y servicios (públicos) que el sector privado se negaba o no era capaz de proporcionar; y 3) el fomento del empleo para estimular la demanda que hiciera crecer a la economía.1

Por al menos dos décadas, muchas naciones adoptaron las políticas de este consenso beneficiándose de las asimetrías económicas entre naciones. Del lado de los países considerados “desarrollados”, las políticas generaron crecimiento económico, ahorro y bienestar (entendido como la satisfacción de necesidades básicas acompañada de seguridad social). Pero del lado de los países mal llamados “en desarrollo”, la carencia de tecnología, mano de obra calificada, y sobre todo de capitales, devino en políticas de crecimiento “hacia adentro” fuertemente protegidas, poco competitivas a nivel internacional, y fundamentalmente dependientes de capitales extranjeros. Tal era la esencia del modelo de desarrollo vigente. Por eso en la década de los años setenta, el escenario entre los Estados liberales y capitalistas era de acumulación por un lado, y de deuda por otro.2

Con el alza de los precios del petróleo en los años setenta, empresas, mercados e industrias entraron en crisis, en casi todo el mundo. Para recuperar los niveles de producción y acumulación acostumbrados, había que reducir los costes. Por ello cobraron enorme relevancia las tesis y los teóricos de la economía neoclásica, que pugnaban por aumentos de la productividad y la eficiencia, pero también por la reducción de impuestos y la eliminación de regulaciones y trabas burocráticas.

Acompañando a la crisis económica en América Latina, se sucedió una segunda oleada de movimientos sociales (reivindicatorios) y revolucionarios, tanto reformistas como marxistas (incluyendo movimientos armados, algunos presuntamente financiados por países comunistas). Como hablamos de un periodo marcado por la guerra fría, es lógico pensar, como apuntan muchos relatos, que los estados alineados con los imperios capitalistas respondieran cancelando las vías de la representación política, descalificando las protestas, violentando los movimientos e incurriendo en la confrontación armada. Y para conservar su legitimidad, esos mismos gobiernos se volvieron (¿más?) populistas: adoptaron discursos de unificación nacional, por encima de toda división de clases, al tiempo en que financiaron grandes campañas asistenciales en los rincones más pobres y marginados de sus países.3

Es en este contexto en donde se construye (y se difunde) la idea de un Estado mínimo, en oposición a los Estados que tenían gran presencia en la economía, y contra los regímenes populistas sumamente cuestionados, endeudados, y poco exitosos en sus campañas contra la marginación y la pobreza. Retomando a Uvalle, cuando estos modelos caracterizados por una elevada inflación, deudas públicas exorbitantes, formas de representación corporativa y escasa legitimidad entran en crisis, no sólo se cuestionan los métodos de intervención del Estado (en la económica y en la vida social), sino los fundamentos de dicha intervención (cuestionando su pertinencia y su legitimidad). Entonces aparece o cobra sentido la idea del “despertar de la sociedad civil”, que alude a una sociedad con plenas capacidades para auto-organizarse, completamente al margen de las instituciones públicas (tanto en lo político como en lo económico); y aparece o cobra sentido la idea del “pluralismo democrático”, que sobrepone las diferencias o conflictos entre “grupos” a lo que antes se entendía como intereses y conflictos de clase. En este sentido, destacan las luchas por los “derechos humanos”, pero también el deseo de una interlocución directa de “los grupos” con el gobierno, con quienes toman las decisiones clave, sin pasar por intermediarios ni mediaciones burocráticas. Además, se apela a la interpretación de los problemas sociales como conflictos entre particulares, en un intento por desmarcarse de visiones ideológicas como la lucha de clases del marxismo, pues como Uvalle suscribe, se interpreta que estas “lastiman la condición humana”, entendida en términos liberales (libertades y derechos individuales).

La gerencia pública, parafraseando a Ricardo Uvalle, queda entonces como una práctica profesional militante que busca reformar al Estado, para adaptarlo a su visión ideológica mercantilista y pluralista. Términos como racionalizar, mejorar la eficiencia y la productividad, negociar y crear consensos (“democráticos”), se vuelven parte de su filosofía para el rediseño de las instituciones, a fin de lograr los objetivos de competitividad económica y mayor cooperación social.

En este mismo orden de ideas, se asume que es mejor “buscar problemas” en lugar de esperar a que estos “lleguen” a la “ventanilla” de la burocracia (aunque construir un problema desde la burocracia es un problema); se da mayor relevancia a las estrategias de acción política ante lo contingente (en el corto plazo), desdeñando así los planes generales o de largo aliento que marcaron al modelo anterior (proyectos para el largo plazo inspirados en la planificación económica de los países comunistas); y se procura la generación de un conocimiento especializado sobre los procesos de las políticas públicas, así como de sus resultados. A esto le denomina Uvalle “mejoramiento de las capacidades gerenciales del Estado”.

A decir de Omar Guerrero, hay un claro distanciamiento entre los presupuestos más básicos de la economía política “tradicional” (la de mediados del siglo XX), y los presupuestos de la economía neoclásica. Ello deviene en una apreciación de la sociedad contemporánea en términos pluralistas y mercantilistas. Por tal motivo, si el Estado debe dar paso a una sociedad de este tipo, entonces es lógico que transfiera al ámbito privado aquellas de sus actividades relacionadas con la producción (“exoprivatización”), así como buena parte de sus actividades administrativas (“endoprivatización”), para crear un mercado de prestadores privados de bienes y servicios públicos, al igual que un mercado de “maquiladores” privados de insumos y productos públicos, todo con tal de alentar el surgimiento de mercados competitivos de empresas que generen riqueza, puestos de trabajo, innovaciones, etc.4

Uno de los rasgos más sintomáticos del capitalismo, tal como lo entiendo ahora, es que precisa de nuevos mercados para continuar reproduciéndose. De otro modo se estanca en alguna de sus recurrentes crisis. Es por este motivo que la desregulación y la privatización cobran sentido en la historia. Lo mismo la gerencia pública. Otros conceptos que lo denotan, siguiendo a Omar Guerrero, son por ejemplo:

  1. El mercado, entendido como el modo más eficiente para satisfacer necesidades y asignar recursos de todo tipo (presupuesto que como dijimos, es absolutamente falso);
  2. La competencia, que presuntamente genera diversos impactos positivos como innovaciones tecnológicas, aumentos de la productividad, reducción de costes, etc. (nada que no hayan generado también visionarios, sólo por el gusto de crear algo propio u original);
  3. La orientación al cliente, o al votante o pagador de impuestos, cuyas expectativas se supone que hay que satisfacer (en clara alusión a la idea del consumidor soberano tomada de Ludwing von Mises);
  4. El enfoque empresarial-gerencial, o public managment, que aduce que para generar resultados no sólo se requiere autoridad, sino también liderazgo, visión empresarial, relaciones públicas, y cierto grado de discrecionalidad;
  5. La orientación hacia objetivos, porque se necesitan metas claras que mejoren la productividad, a partir de la estandarización de procesos (fordismo), y la medición del rendimiento de los funcionarios (taylorismo); y
  6. La agenciación, que se toma como la desagregación o la desincorporación del burócrata de la administración central (autonomía institucional), para que sea capaz de regular imparcialmente un mercado (aunque la tendencia apunte hacia la captura de la agencia reguladora por parte de los agentes “regulados”).

Las políticas que emanaron del cuerpo de estas teorías, impuestas en los países “desarrollados” por la vía de la demagogia, y en el “tercer mundo” como condición para seguir recibiendo capitales extranjeros, hoy se contemplan como una mezcla de claroscuros. Sin embargo, para autores como Joseph Stiglitz, las políticas del llamado “Consenso de Washington” (que aquí se nos impusieron como condición para recibir préstamos por parte del Departamento del Tesoro de los Estado Unidos, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional), además de generar un crecimiento muy menor, dejaron expuestos a nuestros países a la volatilidad de los mercados internacionales de capitales, presente desde los noventa (volatilidad que hoy amenaza a todo el sistema capitalista en su conjunto). Por esta clase de fallos, se argumentó que hacía falta implementar políticas adicionales, “estructurales” o de “segunda generación”. Sin embargo, en palabras de Stiglitz, esas “soluciones” suponen la continuación de la misma mentalidad que les dio origen; esa que considera al Estado como el problema, y al mercado como la solución.5

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1  Galbraith, John Kennet. “La embestida conservadora”, en Revista Mexicana de la Comunicación, México, Vol. 43, Número extraordinario (1981), pp. 1781-1796.

2  Esthela Gutiérrez Garza y Édgar González Gaudiano. “De las teorías del desarrollo al desarrollo sustentable”, UANL, Siglo XXI, México, 2012.

3  Mario Magallón Anaya. La democracia en América Latina, UNAM, Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos (CCyDEL), Plaza y Valdés, México, 2003.

4  Omar Guerrero. “La nueva gerencia pública”, Fontarama, México, 2004, pp. 53-69.

5  Stiglitz, Joseph. El consenso post-consenso de Washington. The Iniciative for Policy Dialogue. Agosto 2005. pp. 10   

Mis primeros 5 minutos de fama

No sé si merezca la pena, pero pues… qué más da. Se trata de mi primera participación como ponente en un foro. Nadie se quejó, así que creo que no hay problema. Lo mejor fue que sí hubo unas pocas personas que me pidieron el texto para revisarlo, y porque les gustó. Disfrútenla:

Aquí pueden verme pronunciando un fragmento de la ponencia. No sé por qué razón la editaron, pero bueno… esos fueron mis primeros 5 minutos de fama.


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Si prefieren ver algo mucho más estructurado e interesante, les recomiendo este video. Saludos

Elisabeth Noelle-Neumann, La espiral del silencio

El que sigue es un resumen de un libro fascinante: La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, de la periodista, comunicóloga y politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann. Espero que lo disfruten. Saludos

La hipótesis del silencio

En los años setenta, cuando la autora trabajaba midiendo la intención del voto en procesos electorales, algo llamó su atención: que los empates registrados no se confirmaban en las urnas. Por entonces se decía que los electores simplemente se sumaban – de último momento – al “carro ganador”; la opción que se percibía con mejores perspectivas. El argumento era que muchos cambiaban su voto, para incluirse dentro del grupo triunfador en la elección.

A Noelle-Neumann este argumento le parecía poco convincente, debido a una observación inadvertida por varios de sus colegas: la disposición a pronunciarse por parte de los que confían en la victoria de la opción que prefieren; y la tendencia a guardar silencio entre quienes piensan que su opción preferida perderá. Ambos hechos darían forma a la hipótesis del silencio.

Para averiguar por qué unos se decidían a hablar sobre sus elecciones, mientras otros preferían guardar silencio al respecto, se hicieron varios experimentos de laboratorio. Con ello se descubrió que si se le pedía a un grupo cerrado elegir entre distintas opciones individualmente, en presencia unos de otros, al menos seis de cada diez dudarían de sus elecciones iniciales, cambiándose a la opción preferida por la mayoría, y sólo dos de cada diez mantendrían sus elecciones. Todo apuntaba a que las personas cambiaban sus elecciones por temor a quedar aislados del resto.

En pruebas de campo, se procedió a averiguar qué tanto las personas estarían dispuestas a defender sus convicciones, aún si el entorno favorecía opiniones contrarias u opciones diferentes. De este modo quedó al descubierto que en general son los hombres, y no las mujeres, los que conservan la disposición a defender su elección; los jóvenes antes que las personas mayores; y las personas de clases altas y medias antes que de clases bajas. Pero más allá de estas correlaciones, en todos los casos podía establecerse la inseguridad y la baja autoestima de la persona como causa de su silencio o su cambio de opinión.

Si en pruebas como estas se creaban las condiciones para disuadir la expresión de ideas u opiniones contrarias a las mayoritarias, el éxito de tales mecanismos de disuasión se correspondería con un elocuente silencio. Y así sucedía. Por ello Noelle-Neumann llegó a pensar que todos, de algún modo, estamos en condiciones de distinguir los puntos de vista mayoritarios de los minoritarios, de tal forma que podemos elegir (y lo hacemos regularmente) sumarnos a las expresiones mayoritarias, o bien guardar silencio, para evitar el aislamiento.

Implicaciones políticas

Noelle-Neumann no fue la primera en pensar que todos podemos percibir de algún modo la opinión de la mayoría; habilidad que tendemos a usar para evitar quedar aislados del resto. Esta idea puede encontrarse en los escritos de Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam, John Locke, David Hume y Alexis de Toqueville, entre muchos otros. Todos estos autores asocian al gobierno con la opinión mayoritaria. Algunos incluso asocian esta opinión con lo divino, por la fuerza con la que se impone tanto a gobernantes como a súbditos o ciudadanos: vox populi, vox dei.

No obstante, por casi cien años esta particularidad se evitó como objeto de estudio e investigación científica, quizá por la misma razón que los etólogos se resistieron a comparar la conducta de los animales con la de los seres humanos: por nuestra incapacidad para reconocernos como criaturas de la naturaleza.

Quizá otra razón para no indagar más sobre esta característica de nuestra naturaleza es que la idea de que nuestras libertades dependen de lo que el grupo nos permite, evoca de algún modo lo que se conoce como “tiranía de la mayoría”, aún o especialmente en regímenes democráticos, por el poder coercitivo que ejerce. De ahí que se intentara racionalizar la conducta de evitar el aislamiento como acto racional (consciente) de imitación, tanto para aprender algo como para deliberadamente parecerse a alguien. Para Noelle-Neumann ambas hipótesis son lógicas, pero no suficientes. Por eso prefiere considerar esta conducta como una reacción instintiva más que como un acto racional.

Durante el siglo XX pasamos de identificar la opinión general del todo con el gobierno, a identificar únicamente las opiniones particulares de representantes o notables con ello. Se asumió que estas personas eran las únicas capaces de defender sus opiniones frente a la presión de la mayoría; hecho que las convertía en líderes de opinión, pero también en agentes de control social (tanto del individuo como del gobierno). Pero… ¿lo son?

De este modo se llegó a entender por opinión pública la opinión de unos cuantos, hecho que para Noelle-Neumann supone un reduccionismo a la medida de los periodistas, y de todos aquellos relacionados con los medios de comunicación masivos.

Evolución de la opinión pública

La tendencia a permanecer con el grupo pudo haber evolucionado, en nuestra especie y en otras, como una estrategia para evitar los peligros del aislamiento.  Se trata de una conducta que beneficia tanto al individuo como al grupo. Es básicamente lo mismo que sucede con los peces: formar bancos y nadar en grupo les ofrece cierta protección, pero necesitan mirar constantemente a sus compañeros para permanecer con ellos.

Podría decirse en cierta forma que todos somos vulnerables al modo en el que el medio nos juzga y nos trata. Y esto puede verse con más claridad en pequeñas tribus y en sociedades no muy numerosas, donde las costumbres y la tradición gobiernan. Ahí la primera sanción a un transgresor menor es la marginación, la estigmatización, la burla y el ridículo, empezando por los individuos más próximos a él o ella. Luego en la medida que el grupo crece, los procesos de opinión llevan al surgimiento de sistemas judiciales más o menos complejos, para la resolución de controversias. Sin embargo los paralelismos entre estos grupos humanos relativamente pequeños y/o aislados y nuestras sociedades modernas no paran aquí.

Los fenómenos de masas también nos muestran el poder de la opinión pública. A decir de Noelle-Neumann, los individuos se integran en una masa concreta, movilizada, para ejercer una sanción colectiva cuando el clima de opinión favorece esta conducta. Después de todo, formar parte de la multitud es emocionante y estimulante, pues deja una sensación de acompañamiento que llena de orgullo y aparenta un poder y una fuerza irresistibles, como si nada pareciera imposible. Además, en la masa nadie juzga ni se juzga para no quedar aislado. Por eso las multitudes frecuentemente pierden el sentido de la realidad, volviéndose peligrosas.

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También pueden tomarse las modas como ejemplo de nuestra tendencia a evitar el aislamiento, porque más allá de que generan la ilusión de que las diferencias sociales en una organización o estructura jerarquizada no existen, las modas operan bajo una lógica integradora: incluyen o excluyen, aunque parezca que sólo son un juego; imponen hábitos, costumbres y/o estéticas que se asocian a la pertenencia de un grupo.

La fuerza de la opinión pública

Para Elisabeth Noelle-Neumann, ya que poseemos una tendencia natural a evitar el aislamiento, la fuerza de esta conducta puede detectarse en el mantenimiento del orden vigente, como una especie de presión colectiva conservadora; una presión social al conformismo relacionada directamente con sociedades igualitarias, donde la opinión de cualquiera es igualmente válida.

Esta presión como se ha dicho, tiene la característica de ser integradora, pues organiza al grupo en asimilados y aislados. Por ello para Noelle-Neumann…

Opinión pública son todas aquellas expresiones y comportamientos que pueden y deben manifestarse en público, para hacer visible nuestra pertenencia al grupo y no vernos aislados.

La presión es psicológica, aunque puede llegar a convertirse en violencia física. Por eso se supone que tenemos la capacidad de reconocer la opinión pública, aunque no todos lo hacen. Generalmente quienes afrontan el miedo al aislamiento, o quienes carecen del mismo, son los innovadores o reformadores del grupo. Estos individuos se exponen no sólo a la censura o al ridículo, sino también a la hostilidad y la violencia, a veces no únicamente por una actitud voluntarista, pues este comportamiento también se asocia con patologías como:

  • La necesidad de llamar la atención
  • La incapacidad de comprender a otros
  • La obsesión por auto-realizarse a costa de otros.

Formarse una opinión distinta a la opinión pública requiere que la percepción individual, la forma en que nos representamos mentalmente el mundo, sea distinta a la percepción colectiva. Según Noelle-Neumann, esto es posible gracias a que nuestra percepción se nutre de experiencias significativas de todo tipo, propias y ajenas, ya que es imposible conocerlo todo, utilizamos abstracciones: representaciones del mundo que pueden considerarse pseudo-realidades hiper-simplificadas.

Como la opinión pública no puede contener todas estas representaciones, como sólo puede haber una sola representación colectiva, la opinión pública se vuelve un campo de batalla. En él todos luchamos por defender ideas y conductas para que el resto las apruebe, o luchamos para desacreditar otras ideas o conductas para que el grupo las rechace. Y en ello se nos va la vida.

A decir de Noelle-Neumann, en la sociedad puede haber núcleos duros, permanentemente dispuestos a expresarse sin temor, y vanguardias o grupos de opinión que les rodean y les defienden en debates públicos, pero que pueden ser convencidos por otros. Como éstos últimos suelen estar mejor capacitados para argumentar a favor de sus ideas, los duros no pueden permitirse perderlos, aunque irónicamente, como todo mundo, los duros tienden a relacionarse más con quienes comparten sus puntos de vista. Por eso las mayorías suelen ser bastante más moderadas.

Opinión pública y medios de comunicación

La premisa fundamental de la tesis de la espiral del silencio es que las posiblidades de formar parte de la realidad colectiva percibida son mínimas para algo que no se cuenta, que se calla o se oculta para evitar el aislamiento. De ahí se desprende la idea de que la opinión pública y la opinión publicada son básicamente lo mismo. Los puntos de vista que no se representan en los medios de comunicación, enmudecen ante la opinión pública: pierden apoyo y legitimidad.

En los medios entonces es donde mejor se aprecia la competencia de los grupos de opinión por generar aprobación o rechazo hacia distintas opiniones. Por ellos se suministran los argumentos para defender o atacar puntos de vista públicos. En consecuencia, siguiendo a Niklas Luhmann, los sistemas políticos contemporáneos se guían menos por las reglas que rigen la toma de decisiones, que por los temas que suscitan el interés público.

Noelle-Nuemann afirma que los procesos de comunicación que se organizan en función de algún acontecimiento público relevante, siguen más o menos este patrón:

  1. La sociedad y los medios de comunicación se orientan hacia un tema apremiante, en espera de solución, mientras suscita el interés público
  2. Se plantean fórmulas para que el tema se discuta públicamente, a fin de generar aprobación o rechazo
  3. Se adoptan posiciones a favor o en contra
  4. Si se llega a algún consenso, se toma una decisión o se actúa en consecuencia
  5. Si no se puede llegar a un consenso, el tema se replantea para volver a generar interés, y luego para buscar su aprobación o rechazo

Conclusión

El fascinante planteamiento de Elisabeth Noelle-Neumann se asemeja y nos recuerda a la Teoría de las Redes Sociales, donde las conexiones entre individuos influyen sus ideas y conductas. Pero va más allá, pues considera que la tendencia a evitar el aislamiento es una reacción natural que no sólo da forma a nuestras sociedades, sino también a nuestra personalidad y nuestras convicciones individuales.

En verdad asombra descubrir cuán poco sabemos de nuestra especie, y cuánto nos parecemos a otros animales sociales para los que el grupo es a la vez refugio y espacio vital de auto-realización.

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Bibliografía

Noelle-Neumann, Elisabeth. La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Paidós, Madrid, 2010.

Michael Walzer, igualdad compleja y esferas de justicia

Hoy les comparto este ensayo sobre Las esferas de justicia: una defensa del pluralismo y la igualdad, del filósofo Michael Walzer. Resume algunas de las ideas del autor, y explica su posición sobre la justicia y el igualitarismo, la redistribución, la propiedad y la dominación. Espero lo encuentren estimulante y aleccionador. Saludos.

Hay que atender los reclamos del igualitarismo político

Quien reclama justicia demanda igualdad. Tal es la opinión del filósofo Michael Walzer, cuya propuesta considera como una posibilidad práctica el establecimiento de una pluralidad de regímenes políticos de dominación atenuada, en oposición a un sistema distributivo universal fundado en abstracciones, al modo de su colega y amigo John Rawls.

A Walzer le tomó 10 años presentar una crítica y una alternativa a la teoría de la justicia de Rawls, la cual considera una justificación o racionalización del sistema político contemporáneo. A su modo de ver, es cuestionable que la gente elija los principios liberales de justicia de Rawls, o un conjunto básico de bienes primarios universales, si se les trae de vuelta a sus situaciones particulares de origen, lejos de las condiciones ideales necesarias para llegar a un equilibrio reflexivo (velo de ignorancia y discusión racional). Por ello le parece más adecuado aceptar la idea de un pluralismo de criterios, mecanismos y regímenes distributivos.

Con base en este planteamiento, el problema para Walzer no es la invención de un orden de instituciones universales justas. En vez de ello considera mucho más importante el atender los reclamos del igualitarismo político, abolicionista y emancipador, frente al problema de la dominación y los privilegios aristocráticos, burocráticos, étnicos, sexuales, o bien asociados con el predominio del dinero.

Dominación como control de bienes y justificación

Ya que para Walzer la dominación es consecuencia del control sobre un conjunto de bienes sociales dominantes, la distribución no tiene tanta relevancia como la concepción y la creación de bienes sociales. Después de todo, el valor que le damos a distintas clases de bienes es construido socialmente, en función de su escases o disponibilidad, utilidad o necesidad, etc.

Además, estos significados compartidos otorgan estatus o identidad, por la manera en que se conciben y crean, y luego por cómo se poseen o emplean los distintos bienes sociales. Estos mismos significados también determinan su movilidad, al igual que sus procedimientos o criterios de distribución, aunque difieren entre comunidades por sus particularidades históricas y culturales, y aún entre esferas o áreas de distribución.

En opinión de Walzer, si consideramos como bienes sociales dominantes a todos aquellos cuyo valor es el más alto en una comunidad, encontraremos que:

  1. Dichos bienes generalmente son monopolizados por un grupo o coalición de grupos; y
  2. El valor de tales bienes es mantenido por la fuerza y cohesión de quienes se los apropian en exclusiva.

Como resultado tendremos una clase social dominadora, cuyos miembros se ubican en la cima del sistema distributivo; y un conjunto de bienes dominantes que serán deseados por muchos, y que propiciarán luchas distributivas o conflictos sociales por el modelo de distribución (ya sea que cuestionen a los agentes distribuidores, sus procedimientos, o bien el predominio de ciertos bienes dominantes).

En este punto la imagen de las sociedades humanas como comunidades distributivas se torna fundamental, porque de hecho hay varias formas en las que nos asociamos para compartir e intercambiar o distribuir bienes, a saber:

  1. La aristocracia, en donde los monopolizadores arguyen alguna clase de superioridad en función de su raza (¿sexo?) o su linaje;
  2. La teocracia, en donde hay quienes afirman conocer la voluntad o los designios de lo divino, para luego legitimar sus intereses monopolistas;
  3. La meritocracia, en la que los que se asumen como los más talentosos o calificados justifican así sus intereses monopolistas; y
  4. La oligarquía, en donde quienes poseen más ventajas en situaciones de intercambios libres también construyen monopolios, defendiendo el predominio del dinero sobre cualquier otro bien.

Regímenes de dominación atenuada

Es claro ya que cuando se habla de alguna clase de justicia, el problema es el control monopólico de ciertos bienes dominantes, mismos que otorgan el poder de la dominación. Pero no es fácil sustraerse de soluciones radicales, como la que representa la idea de la igualdad simple o total.

Para Walzer una sociedad que adopte este principio, la igualdad total, sería un mundo hipócrita de falsas apariencias, con individuos obligados a verse y actuar igual y tener lo mismo, vigilados por una élite que simularía en realidad no existir. Por ello tiene más sentido hablar de un régimen de igualdad compleja o de dominación atenuada, en el cual el dominio en una esfera o área de interacción humana no pueda conferir ventajas significativas en otras esferas.

La clave para el desarrollo de un régimen de igualdad compleja o de dominación atenuada, de acuerdo con Walzer, reside en el siguiente principio:

Ningún bien social “X” ha de ser distribuido entre hombres y mujeres que poseen algún bien social “Y”, simplemente porque poseen “Y”, y sin tomar en cuenta el significado de “X”.

Suena bien como norma, aunque la debilidad de toda norma reside en la ilusoria premisa de que no hay nada por encima suyo. Y esto es lo que sucede con el poder político, fundador y transgresor de normas, pues confiere la posibilidad de hacer más severos o flexibles los criterios distributivos, centralizar o descentralizar los procedimientos distributivos, e intervenir o restringir el acceso a otras esferas distributivas.

Criterios de redistribución

Se entiende que los dos grandes mecanismos de distribución históricos son el mercado y el Estado. Bajo estos esquemas, Walzer autoriza sólo el uso de tres criterios distributivos: el intercambio libre, la necesidad y el merecimiento.

Luego al disertar sobre las dificultades para establecer procedimientos basados en estos criterios, Walzer apunta que el intercambio libre no debe ser completamente libre, porque hay algunos intercambios que deben obstruirse, por ejemplo los de seres humanos o cargos públicos; que es imposible establecer un conjunto objetivo de necesidades, pues además de particulares son también subjetivas, y no sólo urgentes; y que el merecimiento exige la definición precisa de atributos o calificaciones, así como el ejercicio imparcial de jueces, dos condiciones que favorecen el establecimiento de monopolios.

A ello se suman las dificultades de determinar a qué población, a qué clase de individuos, y a qué individuos en particular considerar en los procedimientos distributivos que se nos ocurran.

Para ilustrar lo anterior, Walzer selecciona un tema paradigmático: la pertenencia a la comunidad. En teoría la pertenencia es algo con lo que se nace. Ya se posee, así que se la otorga o no a extraños, en función de sus relaciones para con los miembros de la comunidad. Al otorgarse plenamente el bien social de la pertenencia, se confiere también el derecho a la asistencia mutua, al igual que la obligación de la previsión mutua, total o parcialmente (negando la ciudadanía, pero concediendo a todos ellos el estatus de huéspedes).

Sin embargo el problema fundamental es quién autoriza la pertenencia, y bajo qué criterios y procedimientos; el problema fundamental es quién admite y por cuánto tiempo la entrada de migrantes pobres o refugiados políticos (migración forzada), o la entrada de turistas o individuos a quienes les atrae la idea de pertenecer a dicha comunidad (migración voluntaria).

Como esta decisión incide en la composición de una comunidad, ya sea que se busque la homogeneidad y la cohesión o la heterogeneidad y el pluralismo, tiene sentido preguntarse si en este caso en particular importan más los principios o criterios morales de distribución, o la voluntad de los agentes encargados de tal distribución, que suelen ser los monopolizadores “legítimos” del poder político.

El caso revela una observación inquietante: que el monopolio del poder político no puede mantenerse sin el consentimiento continuo de quienes están sujetos a él. Por eso una forma de mantenerlo es a través de la obligación a la previsión mutua, algo que hace de toda comunidad distributiva un Estado de beneficencia a los ojos de Walzer.

  • Si ocurre que el monopolio del poder político se percibe como injusto, quizá los miembros de la comunidad expresen su descontento con los agentes encargados de la distribución (corruptos e inmorales dirán), pero no con los criterios de distribución que la comunidad considera válidos, o con los bienes sociales que se toman por dominantes.
  • Si llega a suceder que la disputa es con los criterios de distribución operantes, en realidad aquí tampoco hay un cuestionamiento ideológico del monopolio del poder político, sino una serie de demandas igualitarias concernientes al número de unidades de bienes sociales a distribuir.
  • Pero si pasa que el eje del conflicto son los bienes sociales dominantes, entonces ya podemos hablar de grupos revolucionarios e ideologías revolucionarias, pues promueven el predominio de otros bienes sociales distintos a los existentes.

A manera de conclusión, Walzer nos recuerda que la meta de un régimen de igualdad compleja o de dominación atenuada requiere el respeto de fronteras entre esferas de distribución particulares. Aunque ser demasiado restrictivos en este aspecto puede resultar contraproducente, ya que entre más restrictivas son las políticas de un régimen, los requisitos de la cohesión y la vigilancia pueden volverse bastante inaceptables, como sucede con las tiranías, y el propósito de todo esto es evitar las tiranías, la dominación total.

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Bibliografía

Walzer, Michael. Las esferas de la justicia, una defensa del pluralismo y la igualdad. FCE, México, 2004.

Amartya Sen, la idea de la justicia

Hoy voy a compartirles algunas de las ideas del filósofo y economista Amartya Sen, ganador en 1998 del codiciado Premio Nobel de Economía, por sus investigaciones sobre el bienestar y la pobreza; investigaciones que luego sentarían las bases para la medición de la pobreza en todo el mundo. Me limitaré sólo a lo escrito por Sen en La idea de la justicia. El libro pueden consultarlo al final del post. Saludos

Justicia práctica

Amartya Sen dejó por escrito que para él es más importante la superación de las injusticias actuales, en el marco del capitalismo, que la búsqueda de una justicia perfecta o trascendental. Porque las suyas – como él cuenta – son preocupaciones más bien prácticas, vinculadas a la realización y la promoción de situaciones considerablemente más justas, alejadas en buena medida de un razonamiento teórico como el de Rawls, al que le encuentra varios fallos.

El primero de todos tiene que ver con la elección unánime de dos principios de justicia en la posición original. Que ahí se tome a la libertad por encima por de la igualdad le parece arbitrario. A su modo de ver, si se tratara de una situación real, lo más probable es que el consenso vendría a ser una imposición, en lugar de un acuerdo voluntario, porque entre los muchos principios de justicia que pueden existir, siempre habrá diferencias.

Para ilustrar lo anterior, Sen cuenta la historia de tres niños que discuten acerca de cuál de ellos debe tener una flauta: el que la fabricó, el que sabe tocarla, o el que es tan pobre que de recibirla finalmente tendría algo con qué jugar. Como lo muestra esta historia, es difícil establecer un único criterio para la distribución, ya sea que se trate de respetar el derecho a los frutos del trabajo propio, de consentir el merecimiento de un bien por una capacidad, o de otorgar un recurso para su uso efectivo porque alguien lo considera una necesidad.

Un segundo problema que encuentra Sen a la teoría de la justicia de Rawls tiene que ver con el método, que limita la búsqueda de principios de justicia a las consideraciones de un grupo hipotético y cerrado. Si a ello le sumamos la falta de incentivos para respetar lo acordado, y la posibilidad que un mismo conjunto de reglas pueda generar ordenamientos tan distintos entre sí, tiene mucho más sentido preguntarse mejor cómo evaluar la justicia en el mundo en que vivimos, en vez de pensar en ella dentro de la hipótesis de Rawls, porque aunque la sociedad y sus instituciones nunca serán del todo justas, es imposible ignorar que en nuestro entorno hay injusticias que pueden remediarse.

Capacidades, oportunidades y elecciones

Preguntarse entonces por la sociedad justa no es un buen punto de partida para una teoría de la justicia. De acuerdo con Sen, las teorías sobre cómo elegir entre alternativas dadas (elección social) suponen un marco de razonamiento más útil, pues tienen la ventaja de proporcionarnos un enfoque comparativo, en donde a todos nos es posible evaluar y discernir entre posibles soluciones que no tienen por qué ser definitivas, pero que pueden discutirse públicamente apelando a múltiples razonamientos, tales como el interés público o la obligación moral que despierta la empatía.

Para resolver estas injusticias Sen opina que se debe tomar en cuenta algo posterior a la propiedad, pero anterior a la utilidad o al usufructo de un recurso: la capacidad de cada sujeto para transformar un recurso en “una opción de vida” (un producto, un bien de consumo, un medio para satisfacer una necesidad, etc.). Su perspectiva basada en capacidades guarda estrecha relación con la noción del desarrollo humano, y por añadidura con la idea del desarrollo económico como vehículo para la eliminación de todo aquello que merma nuestras capacidades de manera sistemática, como el hambre o la enfermedad.

Por último Sen critica a las teorías sobre la justicia que como sucede con las de Rawls o Dworkin, se concentran principalmente en la distribución de bienes o recursos básicos, desdeñando el fomento de las capacidades humanas. A su modo de ver, muchas de estas teorías se encuentran imbuidas de una racionalidad instrumental, y su mayor problema es que ignoran las diferencias interpersonales. En opinión de Sen, proporcionar iguales recursos a personas distintas no significa empoderarlas con igualdad, pues esto no contribuye a potenciar igualmente sus capacidades. Lo justo sería prevenir todas esos males que limitan sus capacidades, tales como la pobreza o la falta de educación, la falta de servicios médicos o la prevención de desastres naturales.

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* Amartya Sen, “Suprimir las injusticias en todas partes del mundo“. Entrevista con Martin Legros

Sen, Amartya. La idea de la justicia. Taurus, México, 2010.

Ronald Dworkin, derechos en serio e igualdad de recursos

Para esta cuarta entrega sobre el tema de la justicia, abordaré algunas de las ideas del filósofo y jurista Ronald Dworkin, en particular su propuesta de la igualdad de recursos, que viene en su libro Los derechos en serio.

1. Crítica a Rawls

Ronald Dworkin es un filósofo y jurista estadounidense, reconocido en buena medida por su crítica del positivismo y del utilitarismo en el Derecho. Tal crítica se nutre principalmente de John Rawls, de sus ideas sobre un orden institucional fundado en principios morales racionales, plenamente justificados; la clase de orden que cualquiera elegiría de manera hipotética si tuviera la oportunidad.

Y aunque fundamentalmente está de acuerdo con este planteamiento, Dworkin opina que la teoría de la justicia de Rawls es demasiado insensible en lo relativo a las cualidades de cada persona, del mismo modo en que tampoco es lo bastante sensible en cuanto a sus intereses y/o motivaciones.

En su propuesta, Rawls entiende generalmente una desventaja como una carencia de “bienes primarios” (bienes dados por la sociedad); situación que le impide por ejemplo atender que una persona enferma o discapacitada se encuentra en desventaja, a pesar de que el ingreso que perciba pueda considerarse suficiente.

Del mismo modo, Dworkin aduce que no es justo que el producto del trabajo duro de algunos – motivados por la ambición –, sea tomado por el Estado para compensar entre otros a quienes dilapidaron sus recursos, o a quienes decidieron vivir a expensas de los demás. Lo justo en cualquier caso sería que las personas tuvieran la libertad de tomar riesgos, al igual que la opción de retener parte de sus ingresos o sus bienes para asegurarse contra eventuales desventajas futuras.

2. Derechos en serio

El fondo de la cuestión para Dworkin pasa por determinar qué derechos tienen o deberían tener las personas en este momento – no en un escenario hipotético – para luego garantizar que sean tratadas de acuerdo con esos derechos. Su posición es que hay una serie de derechos básicos o fundamentales que tienen que ver con la igualdad y la dignidad de las personas, siguiendo una lógica de igual consideración y respeto.

Esta clase de derechos (deontológicos) se determinan con base en consideraciones éticas y morales, y luego sirven de justificación a otra clase de derechos menos abstractos, los derechos positivos o institucionales (teleológicos); aquellos que establecen las condiciones en las que podemos demandar que nos asistan, y que además prescriben ciertos fines colectivos a alcanzar, según consideraciones políticas.

Si bien es legítimo que por vía de la política se establezcan determinados derechos para alcanzar o preservar un cierto estado de cosas, sobre la base de un fin colectivo, Dworkin señala que es obligación de todos discernir entre derechos fundamentales e institucionales, pues siempre los primeros habrán de tener prioridad sobre los segundos. A esto le llama tomar los derechos en serio.

Y es importante aclararlo, pues es parte de lo que Dworkin le reprocha a la teoría de la justicia de Rawls: que el derecho fundamental a un trato digno e igualitario se subordine al derecho de que el Estado proceda con la redistribución de los recursos materiales.

3. Igualdad de recursos

Dworkin entiende el derecho a ser tratado con igual consideración y respeto como un derecho natural. Su planteamiento es deliberado, pues busca un criterio de alcance universal, que prevalezca a pesar de nuestras diferencias morales, y que al mismo tiempo construya un sujeto universal, dotado de facultades y/o capacidades fundamentales.

Si nos adscribimos a esta idea, tratar a las personas con igual consideración y respeto implicaría asegurarles un conjunto mínimo igual de recursos para que puedan llevar a cabo sus proyectos de vida. ¿Cómo hacerlo? En primer lugar, a través del mercado, para que la propia dinámica de los intercambios establezca qué y cuánto producir; y luego por medio de un gobierno democrático, para regular las decisiones colectivas sobre qué y cuánto producir.

En la propuesta de Dworkin, el único límite que encontrarían tanto el mercado como la democracia, sería el propio derecho fundamental de las personas a ser tratadas con igualdad consideración y respeto. Pero aunque sus ideas sobre un sujeto universal y un derecho natural no dejan de ser atractivas para los liberales, aún queda el problema de la pluralidad en conflicto, y de su modo de valorar los bienes sociales. Además su silencio sobre el problema de la dominación lo encuentro muy elocuente.

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Bibliografía

Dworkin, Ronald. Los derechos en serio. Ariél, Barcelona, 1997.

Gargarella, Roberto. Las teorías de la justicia después de Rawls. Un breve manual de filosofía política. Paidós. Barcelona, 1999.

Campbell, Tom. La justicia. Los principales debates contemporáneos. Gedisa, Barcelona, 2002.

Pereira, Gustavo. Medios, capacidades y justicia distributiva. IIF-UNAM, México, 2004.

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