Política como ciencia y ejercicio del poder

Ha llegado la hora de defender a la política. Tal como dijo Marco Rascón en un excelente editorial de La Jornada, éste es el momento de deslindar a la política de los políticos mediocres que tanto descrédito le dejan. Porque lejos de ser un mal necesario, la política es ante todo un saber práctico, y un valioso instrumento para intervenir y modificar la realidad que nos aqueja. Así de simple, y así de complejo el asunto. Pero vámonos por partes.

1. Los orígenes de la política

Política viene del griego politikós, un adjetivo que vinculaba a las personas con sus ciudades, las polis de la Grecia Antígua. Por aquellos días se pensaba que nadie podía vivir al margen de sus iguales, a menos que fuera una bestia o un dios. De modo que, según Aristóteles, las personas eran por naturaleza animales políticos (zoon politikos); seres sociables no muy distintos a otras especies, pero en todo caso, superiores en algún sentido. Y como animales políticos, los seres humanos poseían una “natural” inclinación o predisposición que los impulsaba a tomar parte en la discusión de los asuntos de la ciudad, en especial de aquellos que refieren al gobierno y sus propósitos.

Al asociar la política con nuestra supuesta condición natural, los griegos marcaron alguna distancia con relación a la creencia poco convincente, pero ampliamente aceptada tanto entonces y ahora, de que un ente divino había establecido de antemano y con plena intencionalidad un orden social tradicional, presuntamente sagrado, y presumiblemente inmutable: el otro gran paradigma del origen del hombre y sus sociedades.

Posteriormente, el equivalente latino de la política griega fue civilis, de donde provino nuestro adjetivo “civil“, que como bien apunta Gabriel Zaid, ha servido para distinguir una nueva realidad por oposición a otra. En éste caso, una ciudadanía con auctoritas o la facultad legítima de emitir opiniones cualificadas, y otra con potestas o la capacidad legal para cumplirlas. De estas dos nociones se desprende posteriormente la idea del poder político.

Aunque los fines de la política responden a las necesidades y las circunstancias del momento (paz en tiempos de guerra; bienestar en tiempos de paz; libertad en tiempos de opresión, etc.), no conviene definir a la política de manera teleológica, es decir, por sus fines. A decir de Norberto Bobbio, quizá sólo sea lícito hablar de un orden como fin mínimo de la política. Y como el monopolio de la fuerza constituye el medio más importante para asegurar dicho orden, la política tal vez sólo pueda definirse como una actividad que directa o indirectamente tiene algo que ver con la organización del poder político, acaso del poder en su sentido más amplio.

2. El poder político

Tener poder significa, en un amplio sentido del término, poseer los medios necesarios tanto para dominar la naturaleza como para dominar al hombre mismo. Medios que, según Norberto Bobbio, han contribuido a articular directa o indirectamente el sistema social al menos en tres ámbitos distintos, a saber: en la organización de las fuerzas productivas (Marx), en la organización o instrumentalización de un consenso (Chomsky), y en la estratificación de la coacción (Weber).

En este sentido, poder económico se entiende como la posesión de ciertos bienes en un entorno de escacez, de tal forma que sea posible inducir o condicionar el comportamiento de quienes no los tienen.

La influencia que puede conseguirse al formular ciertas ideas, y al conseguir expresarlas de tal manera que predispongan una acción concreta, se entiende como poder ideológico. Su fuerza reside en la posesión de conocimientos y en la promoción de proyectos o aspiraciones sociales.

El condicionamiento logrado bajo amenaza de violencia (coacción), o en plejo ejercicio de la misma (coerción), generalmente usando algún instrumento que potencializa la fuerza física (armamento), se conoce en estricto sentido como poder coactivo. Y sólo cuando algún grupo así deja clara su pretención de instituirse como el gran monopolio del poder coactivo en un territorio específico, entonces se le puede considerar con algún grado de poder político. Porque según Maquiavelo, únicamente por la fuerza es posible someter y subordinar a los demás poderes; de ahí su caracter de poder supremo. Y además, soberano, al establecerse como legítimo y al ser reconocido como tal.

Tradicionalmente se ha estudiado el poder político en relación con la cantidad de individuos que presumiblemente detentan algún poder soberano. Pero esta visión del poder centrada en la soberanía contrasta bastante con la propuesta de Michael Foucault, quien ve al poder ya no como una propiedad transferible (e incluso revocable), sino como una relación en la que se impone una disciplina que va más allá de toda regla jurídica, pues no se sustenta en el ejercicio de un cargo público, sino en la creación de un saber que predispone una acción. Foucault reivindica entonces la preeminencia del poder ideológico por sobre el poder político, pero sólo cuando viene acompañado de algún poder disciplinario. Además, cuando dicho poder es utilizado para subyugar al cuerpo, el filósofo lo llama biopoder.

El uso de la fuerza es condición necesaria entonces, más no suficiente, para el ejercicio del poder político. Igual se requiere la “aceptación” y la “confianza” de la gente, porque la consolidación del poder político viene luego con la formación del Estado.

3. Estado como orden mínimo

Para Thomas Hobbes, el paso de un hipotético estado “natural” de anarquía (caos) a lo que hoy conocemos como el Estado moderno (con sus instituciones y sus leyes), se da cuando las personas que para él son como lobos devorándose entre sí, renuncian voluntariamente al derecho de usar su propia fuerza, con la finalidad de crear una entidad lo bastante fuerte (el mítico leviatán) como para obligar a cada miembro de la comunidad a obedecer una serie de reglas de convivencia que permitan a todos vivir con un mínimo de seguridad, tanto para la persona como para su propiedad.

Esta idea se puede complementar con la hipótesis del contrato social expuesta por Rousseau, quien creía que los seres humanos eran esencialmente “buenos”, de tal forma que podían haber acordado de manera racional y en forma libre la constitución de un Estado como lo conocemos hoy, sin coacción ni coerción de por medio.

Ya sea de uno u otro modo, el Estado es la cúspide del poder político; su razón de ser. Weber lo definió como el conjunto de instituciones de caracter político que pretenden u ostentan el monopolio de la fuerza legítima. Del mismo modo, para el sociólogo las autoridades políticas consiguen (por la fuerza) el derecho de usar la violencia para imponer alguna clase de orden.

La justificación última del uso de la violencia para asegurar la permanencia de un orden mínimo, o cuando menos el crecimiento y/o la consolidación de un Estado “fuerte”, se conoce todavía con el nombre de Razón de Estado. Según esta idea de Maquiavelo (devenida en doctrina), se trata de una forma excepcional de proceder, que sólo es válida porque el fin lo justica. De este modo, las decisiones que se instrumenten, aunque puedan tornarse impopulares, serán válidas y legítimas. Y ello incluye por supuesto el uso legítimo de las fuerzas armadas del Estado, tanto militares (ejército) como civiles (policía).

Se ha pensado también en la intervención del Estado en asuntos económicos y sociales, a fin de orientar o disuadir condutas que luego incrementen el poder estatal para imponer algún orden, tanto al interior de su territorio como de frente a otros Estados. Además, devido a que algunas diferencias étnicas y culturales parecían insalvables a finales de la edad media, se optó por la creación de Estados nacionales; entidades políticas responsables de distintas poblaciones con alguna identidad común en un territorio dado, ante las cuales se justificaron como promotoras del interés nacional, definido según diversas consideraciones geopolíticas e ideológicas.

Como consecuencia de estos procesos, surgió un nuevo cuerpo profesional de administradores públicos, también llamados burocracia. El Estado incremetó entonces su tamaño y su presencia en la sociedad. Pero tal expansión, y su progresiva intervención en cada aspecto de la vida de las personas (de tal forma que ninguna actividad humana le fuera indiferente al Estado), es lo que hace pensar a Hobbs en un monstruo mítico y terrible, nacido del poder político: el Leviatán.

En un hipotético escenario de concentración del poder político, ideológico y económico, habría un entorno de paulatina penalización y criminalización de la conducta humana, y para evitar la llegada de un poder absoluto, Hobbs sugería defender la existencia de una pluralidad de centros de poder económico, así como la libertad de disentir. Su crítica no difiere demasiado de la crítica contemporánea del totalitarismo, entra la cual destaca la propuesta por Hannah Arent. Pero Hobbs no nos advierte únicamente del Leviatán; también señala que en su ausencia, la ausencia de normas, puede presentarse otro terrible mal emanado de la concentración del poder económico: el Behemoth, caracterizado el caos.

Este nuevo monstruo mítico, a mi modo de ver, es lo que Marx identifica con el nombre de capitalismo: un orden social donde la propiedad y la división del trabajo devienen en poder y subordinación. Ahí, para Marx, el Estado es en esencia una dictadura, un instrumento jurídico-político utilizado por una clase propietaria para ejercer algún dominio sobre otra clase, la de los proletarios, gracias a la organización sistemática de la fuerza para la defensa de sus intereses.

4. Ética política

Mientras que la ciencia política clásica se ha dedicado a estudiar la estructura de la ciudad, el Estado y el sistema de relaciones internacionales, la filosofía política de nuestro tiempo ha buscado, por un lado, delimitar las fronteras de lo político, y por otro lado, resolver varias preguntas que la ética sigue planteándose desde sus primeros días con relación a la eterna pregunta de cómo vivir y convivir.

Para empezar, ¿es posible un orden sin violencia? Quizá de algún modo, en circunstancias diferentes, pero no probablemente en una situación como la actual. Igual se cuestiona si merece la pena la libertad de disentir o comerciar, la igualdad radical de derechos políticos, la pertienencia u obligatoriedad de derechos sociales, etc. Todas estas cuestiones parecen resueltas, pero lo cierto es que vuelven debido a consideraciones de la política, que de una u otra manera responde a las necesidades del momento. Y muchas veces irrumpen de forma tan violenta que nos hacen pensar y preguntarnos qué sucede, por qué parece que nada se resuelve sin violencia.

Yo al menos soy de la idea de que la política en realidad tiene todo que ver con nuestra concepción de la justicia, y con el hecho incontrovertible de que somos demasiados. Pienso que al menos por humanidad a todos nos correspondería no ponernos del lado de los verdugos; al menos éso sería si quisiéramos y pudiéramos hacer lo correcto.

Bibliografía: Norberto Bobbio, Nicola Matteucci, Gianfranco Pasquino. Diccionario de Política, Siglo XXI. Versión en línea: Google libros.

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Acerca de Sergio A. Rodriguez
Quien esto escribe busca hacerlo con pericia, con destreza, y sobre todo con pasión. Tales son las exigencias que impone el periodismo, labor ardua, sufrida, pero siempre divertida y trascendente. Visita mi bitácora: https://anatematicas.wordpress.com

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