Crónica de un viaje astral

Para toda la banda psiconauta que seguido me atosiga con el asunto de los hongos, ahí les dejo una breve crónica, y la promesa de un nuevo viaje a partir de noviembre. Saludos…

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Hace unos días anduve en Huautla de Jiménez, un pueblo perdido entre Oaxaca y Puebla cuyo principal atractivo son sus hongos alucinógenos (y su exótico culto a María Sabina)… Queríamos probar los hongos al estilo ritual. Llegamos un viernes temprano y nos instalamos enseguida, en una casa en lo alto del cerro de Huautla, con una familia de indígenas mazatecos que no hablaba muy bien el español.

El pueblo se encuentra en la región de la cañada. Son siete horas de camino desde México hasta Huautla, por una ruta sinuosa, viajando entre cerros. La vista del bosque desde las laderas es impresionante: observas que el cielo se funde con los árboles; miras las nubes de tan cerca que hasta sientes que vuelas; y el ruido del agua entre cascadas y ríos te acompaña en tu viaje.

Después de una comida ligera y de un paseo por el pueblo, volvimos a la casa para bañarnos y descansar. Por la tarde comeríamos los hongos alucinógenos. Luego de una breve siesta nos acomodamos en el patio, frente a un altar con una virgen y en compañía de la familia. El hijo mayor de la pareja de ancianos traducía para nosotros. “El viaje cuesta 30 pesos”, nos dijo, pero se refería a las familias de hongos frescos que comeríamos. Para los hombres la dosis sería de cuatro “viajes”, y para las mujeres de tres. Había un monto adicional por los servicios de la anciana chitá-chone (mujer sabia), que nos guiaría durante el viaje. No recuerdo su nombre.

Antes de comenzar el ritual, los ancianos prendieron un poco de copal (incienso). Luego de una breve charla trajeron los hongos. La anciana comenzó a rezar en mazateco y a echarnos el humo. Luego preparó una mezcla de hierbas y nos las colocó en los brazos, dibujando una cruz. Y así, con el ruido de la lluvia y contemplando la niebla, nos miramos en silencio. Justo después de concluir el rezo, comenzó a oscurecer.

No es fácil olvidar el sabor de estos hongos. Tampoco su forma, su color o su aroma. De un tiempo atrás los recordaba agrios, carnosos, blancos y jugosos. Pero eran sólo unos, los que llaman de “San Isidro” o “angelitos”. Esta vez probaría también los “de derrumbe”, pequeños y ácidos de color marrón; y los famosos “pajaritos”, oscuros y largos con olor a tierra. El pronóstico entonces era fácil de adivinar. Y esa frase que tanto nos decían la volvimos a escuchar: “buen viaje muchachos, buen viaje”…

Mientras comíamos nuestros hongos nos presentaron a Sara, una antropóloga de la ENAH que estaba de visita, trabajando en su tesis sobre el turismo de psicoactivos en Huautla de Jiménez. Luego de un breve intercambio, Sara nos reveló algunas de sus hipótesis de trabajo. Por ejemplo, nos dijo que el perfil del turista se ajustaba a tres grupos, a saber: la vieja guardia hippie de los 60-80; la banda pacheca del nuevo milenio; y ese grupo heterogéneo que llega buscando remedios y curas para sus muy particulares afecciones.

Aunque la charla se tornaba cada vez más interesante, sonoros bostezos la interrumpían de cuando en cuando. Comenzaban los efectos del hongo en nuestros cuerpos. Pero no queríamos retirarnos sin oir del significado de los rezos de la anciana, que para entonces cantaba “San Pedro”, “San Pablo”, “Chicón Chicón”… “María Sabina”, “Chicón”… “María Sabina”, “mujer estrella, mujer de luz”… para terminar su canto con “Chicón Chicón”…

La cosmovisión del mazateco es increíble, nos dijo Sara. Su pueblo sobrevive en constante negociación con los espíritus de la naturaleza, los susodichos “chicones”. Los hay del cielo, de los ríos, de los montes, de las cuevas, del bosque y de las peñas los chicones. Y a ellos pertenece tanto el suelo como el agua, el viento, los árboles y todas las especies que habitan la región. El mazateco requiere de su autorización para vivir en Huautla, de modo que ofrenda lo que puede para asegurarse un buen trato. Y a pesar del sincretismo con la religión católica, las tradiciones perduran y la cosmovisión permanece, cambiando y adaptándose, porque sigue la idea de que el suelo no es suyo, de que tarde o temprano los espíritus de la naturaleza le harán pagar a uno por su mal comportamiento.

Huautla es un pueblo entre laderas y cerros. Además, llueve mucho. Noticias de accidentes y deslaves son por desgracia tan frecuentes como las peleas por tierras o como las fantásticas historias de aquellos infortunados turistas que se quedaron “en el viaje”. Ya un poco asustados nos despedimos de Sara. Entramos a un cuarto pequeño y oscuro. Afuera llovía.

El hongo, como muchas otras sustancias alucinógenas o psicotrópicas, ha sido usado desde siempre como un medio de comunicación con lo sobrenatural y lo divino. Por lo que sé, la creencia general es que el “sabio” o “curandero” (chamán), abandona su cuerpo para presentarse con los espíritus de la naturaleza o el inframundo, ante los cuales intercede por la vida de su paciente, ya sea para “curarle” de algún mal o para “revelarle” su destino. Por ello, tanto el hongo como la mariguana o el peyote, entre otras “medicinas”, son consideradas sagradas.

La ingesta tradicional reviste un carácter igualmente sagrado. Sus objetivos son claros: curar en primer sitio; acceder a un “estado de iluminación” en segundo término; y en última instancia, establecer un lazo sagrado con fuerzas sobrenaturales o con la sabiduría de personas muertas. La experiencia de la ingesta tradicional, por lo mismo, es una mezcla entre lo místico y lo religioso. De ahí las ceremonias y los cantos que caracterizan al ritual.

En un cuarto pequeño y oscuro nos sentamos tranquilos. De lejos se oían los rezos y la lluvia. De a poco se sentían los olores de la tierra y el incienso. En ese cuarto pequeño estabas solo, abandonado, lidiando contigo mismo. Porque eras tú y tus pensamientos, tú y tus miedos, tú y tus creencias y tus dudas. Eras tú y tus circunstancias. Tú y tus sensaciones. Tú y el cúmulo de “visiones” que el entorno te evocaba. Eras tú, frente al espejo derruido que no sueles mirar.

Dicen por ahí que cuesta trabajo aceptar lo que somos. Por mi parte yo pienso que cuesta más averiguarlo. En una noche como ésta, pero dos años atrás, me di cuenta por mi mismo de que uno es solamente lo que intenta ser con lo que hacen de uno. Para bien o para mal, me tocó ser un niño entre siete peleando por la atención de una madre que no me había parido. Me tocó ser un extraño, un intruso. Fui visto también como un pobre advenedizo. Donde sea que llegaba tenía que esforzarme por estar a la altura. Tenía que esforzarme si deseaba encajar, formar parte, ser. Sin embargo hubo un momento que decidí romper con este esquema que me hacía sentir tan miserable e infeliz. Fue un momento en el que abandoné todo lo que creía saber sobre el mundo, incluso la religión.

Con todo esto en mente aquella noche en Huautla, en medio del trance, esbozaba una sonrisa. Estaba tranquilo. Sentía paz. Al principio había tenido la sensación de estarme undiendo, pero ahora flotaba como las nubes que rodeaban al cerro. Ligero como la nube. Me hubiera gustado en verdad volar.

A diferencia del consumo con fines recreativos, la ingesta tradicional tiene sus reglas y sus fines. Los mencioné anterioremente: curar, acceder a un estado de “entendimiento” o “iluminación” nuevo, y en última instancia comulgar con lo divino, su escencia y su sabiduría. En cada ocasión las reglas cambian, como cambian también las dosis y sus “agregados”.

Por respeto a la costumbre nos abstuvimos de sexo y alcohol tres días antes del consumo. Por respeto, sí, pero también por precaución: las reglas que impone la tradición tienen su lógica, sus razones, como el que una serie de sustancias químicas pueda comprometer nuestra salud en circunstancias poco usuales. No se trata de la misma clase de “respeto” que suscita el temor reverencial. La experiencia como “turista” es diferente por lo tanto a la del “nativo”.

Con hongos frescos, recién cortados, nos aventamos este viaje. La dosis fue leve, y los efectos “manejables”. Un ligero mareo anunciaba lo que a continuación experimentaríamos: la sensación de que el cuerpo se tornaba más ligero, o en todo caso ausente; la distorsión de las formas y la transición entre colores; el eco de ruidos normalmente imperceptibles; y lo más importante, la impresión de que todo cuanto ocurre al rededor evoca “algo”, “significa”…

Debido a mi incapacidad para creer que el alma o la conciencia se desprende del cuerpo, por un momento pensé que tal creencia pudo haberse originado en esta clase de experiencias. De igual modo, como sientes que “tiembla” o que “te hundes” o que “flotas” a la deriva, me vino otro pensamiento: que el miedo suscita la necesidad de “asideros”, piedras y suelos para aventurarse a caminar, compañía para expresarnos y aquejar nuestras soledades, metas y modelos para guiarnos por el tránsito incierto que comprende nuestra vida.

Quería hablar de estas ideas, pero a tiempo me contuve. Una voz entre nosotros abogaba por nuestro regreso, evocando la imagen de María Sabina, al tiempo en que pedía por nuestra salud y bienestar. No quise ser un aguafiestas. Pero lo cierto es que a menudo me comporto como tal, sin mucha consideración por los sentimientos que se esconden tras las ideas que suelen parecerme bastante locas o absurdas. No considero demasiado que al hablar de todo ello pueda herir susceptibilidades, ofender personas, causar daño… y tal vez ésto no es correcto.

Me guardé estas reflexiones para comentarlas en otro momento, con otras personas. Mis compañeros de viaje mostraron de igual modo una actitud similar, aunque sus pensamientos estaban por supuesto motivados por otra serie de inquietudes, muchas de ellas personales, inenarrables, inconfesables.
Pasamos al otro día a despedirnos de la familia que nos acogió en su casa y nos brindó el “servicio”. Compré entonces unos cuantos hongos más, aunque el viaje que me puse con ellos no fue nada grato: fue un completo aluscine.

Epílogo

Al volver de mi viaje a Huautla traje conmigo unos hongos, con la idea de experimentar sus efectos en un entorno distinto. Los metí en un tóper dentro de una bolsa negra en lo más hondo del refri, y se quedaron ahí dos semanas hasta que tuve la oportunidad de comerlos bajo las condiciones que esperaba: casa sola, noche tranquila, cero alcohol y completa oscuridad (por precaución). Contaba con que una amiga me acompañaría, pero finalmente no fue así.

Sin embargo, lo que hice a continuación fue una perfecta estupidez, pues el estado de los hongos no era precisamente bueno. Me imaginé que si los comía con un poco de miel, el riesgo sería mínimo, de modo que los tomé como a eso de las 10 de la noche un domingo de julio. Luego me fui a mi cama y me acosté a esperar.

Aproximadamente veinte minutos después comencé a sentir un ligero mareo. Enseguida, los bostezos; éso que hace tu cuerpo para evitar que te duermas. Más tarde dejé de sentir plenamente mis brazos y mis piernas y mi torso, como cuando te mueves sin fuerza, como cuando te dejas caer o como cuando sientes que te hundes lentamente en el agua. Todo iba bien, bastante bien… ya hasta comenzaba a ver destellos en el techo.

Lo que me gusta de los hongos es el flujo de ideas que te vienen a la mente, que caen como cascada en tanto sientes cada gota con un sabor particular. La más ligera de las sensaciones te evoca toda clase de recuerdos, toda suerte de interpretaciones. Quizá por ello dicen que el trance te ayuda a acceder a un nuevo tipo de conocimiento, una especie de sabiduría desconocida y significativa, acaso como un estado de iluminación o entendimiento. Pero lo que no suelen decirte es que este trance tiene un ritmo, y hay veces en que el flujo de ideas se acelera tanto que no puedes controlarlo. Entonces entras en pánico.

Me recuerdo esa noche a un mismo tiempo rodando sobre mi cama y dando golpes contra la pared, soltando patadas, sacudiéndome súbitamente y padeciendo espasmos. Sucedía todo ésto a un ritmo vertiginoso y caótico. Y por supuesto, tenía miedo. “¡Qué pendejo!”, me decía a mí mismo. “¡Qué pendejada hice”… Mi corazón latía bastante rápido, y con sus latidos escuchaba ecos, tun tun, ecos, tun tun, ruidos, tun tun, aire, tun tun, agudos…

En un intento desesperado por mantenerme tranquilo, me hice bolita en la cama y empecé a moverme rítmicamente, como hacen los niños cuando están nerviosos… undos, undos, unodos, igual… Y pensaba “¡ya!, ¡ya!, ahorita se me baja, ahorita se me pasa, ahorita pasa el hongo”, pero el hongo no pasaba, el hongo no se me bajaba, no dejaba de empujarme. Y murmuraba yo “que se me baje, que se me baje, que se me baje”… no lloraba, pero casi, porque tenía la sospecha de que si me rendía ahora, a lo mejor me moría.

El cuarto se hacía gris, un gris homogéneo, y yo envuelto entre cobijas, sudaba. Afuera llovía, y además hacía frío. Pero yo envuelto en mis cobijas, sudaba. Me sentía como manejando una carcachita que avanza poco a poco con su ruido de engranajes y explosiones, ta ta ta, ta ta ta ta ta, undostres, ta ta ta ta ta… daba vueltas el cuarto, la cama, mi cuerpo ligero, y ni bien veía “algo” comenzaba a recordar cosas que no lograba “procesar” porque entonces veía otra cosa que me hacía recordar algo que no me quedaba del todo claro porque ya estaba pensando en otra cosa y así… ¡Ah!

Se me ocurrió que a lo mejor podía controlar el efecto si me concentraba lo suficiente pensando en algo o en nada. Lo intenté varias veces, y aunque no lo conseguía, de algún modo ésto me hacía sentir más tranquilo (el intentarlo), unas veces cerrando los ojos, y otras más fijando la mirada en algún punto, como tratando de mantener todo en su sitio. Pero la sensación era de montaña rusa: unos segundos de tranquilidad y luego !zaz!, abajo, a rodar…

Pensé entonces en ir al baño a para tomar un poco de agua y que así se me bajara el hongo. Sólo que al levantarme de la cama me sentí desfallecer, y éso hubiera sido un gran alivio si hubiera ocurrido completamente. En verdad lo deseaba. No me hubiera importado. En cualquier caso, lo que hice fue morderme un brazo para estar seguro de “despertar”… la mordida me dolió sólo un momento, pero en mi paranoia no sabía ya si estaba dormido o despierto, o si a lo mejor estaba como en un sueño lúcido. A lo mejor, tal vez, realmente estaba muerto… Como sea, ya me había quedado “aquí”, en el pinche viaje, por pendejo.

Me mordí de nuevo el brazo, aunque pensé que ya lo había hecho muchas veces. A lo mejor llevaba años mordiéndome ese brazo… pensé en ensartarme una pluma en la panza, pero me disuadió la idea de que quizá ya lo había hecho alguna vez en otro momento. Tenía la idea de que quizá ya había vivido muchas vidas antes y sólo ahora cobraba consciencia de que mi “esencia” no moría, porque esa “esencia” no era exclusivamente mía, sino que eramos todos volviéndonos materia consciente en una secuencia infinita de instantes imperceptibles, y yo había logrado safarme de todo ello, quedando como en el limbo, tal vez por voluntad propia

No recuerdo ya los pensamientos que siguieron a este insólito “despertar”, pero sí tengo presente que en todo este tiempo no dejé de moverme, al ritmo de los latidos de mi corazón. Además, por alguna razón veía más luz afuera, de modo que me animé a estirar la mano para prender el radio, aunque dudaba de que realmente estuviera ahí estirando la mano.

Una vez que lo conseguí, la voz de Carmen Aristegui me hizo llorar de la alegría, pues al parecer seguía con vida, y no me había vuelto loco ni me había quedado en el viaje. Como a las 7 de la mañana me dormí…

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Breve ensayo sobre epistemología

Ya que esta entrada se ha convertido en la más visitada del blog, he decidido hacer unos cambios para facilitar la lectura. También he cambiado algunas partes del texto por cuestiones de estilo. Espero sus comentarios.

Los avatares del conocimiento

«La verdad se vuelve leyenda,
y obedece a quien la cuenta»
Dicho popular

Los hombres desde siempre han cuestionado la verdad, su esencia, sus formas y sus posibilidades. Filósofos de antaño proponían definiciones, sentenciaban condiciones, auguraban referencias y más. Por tal motivo, la verdad era entendida como sinónimo de certeza y cualidad de juicio. En ello consistía la máxima de las virtudes del mundo antíguo, la virtud del conocer: saber dilucidar entre verdades aparentes, gracias a la observación y al buen uso del intelecto.

Es interesante que para llegar a la verdad los hombres se tomaran tan en serio la acción de conocer. La senda de dicho proceso fue trazada para nuestros tiempos por un filósofo moderno, Immanuel Kant (1724-1804), quien entonces reflexionaba sobre las tensiones entre la física moderna desarrollada de manera sistemática por Isaac Newton y la conciencia moral expresada por Rousseau. Su objetivo, según Johannes Hessen, no era conciliar el determinismo propio de las leyes universales de Newton con la natural libertad de la voluntad humana que defendía Rousseau; su objetivo más bien era trascender esas contradicciones, hurgar más al fondo y expresar de mejor forma la duda subyacente: la naturaleza del conocimiento, las formas del saber.

Kant no duda que el conocimiento científico, universal y necesario, es posible; la física de Newton lo prueba. Y sabe que un conocimiento de este tipo no puede tener su fundamento en la mera costumbre. Por ello no se pregunta por la posibilidad sino por las “condiciones de posibilidad”. Su teoría le permite encontrar el suelo firme para la Ciencia en el propio sujeto, portador de formas universales que obtienen de la experiencia la materia indispensable para construir su objeto de conocimiento, el fenómeno.

Así es como Kant inaugura una nueva disciplina filosófica, la que hoy conocemos como Teoría del Conocimiento. Kant le da sentido a partir de la publicación de su Crítica de la razón pura (1781), donde pregunta si el conocimiento es posible, bajo qué condiciones es posible, con qué supuestos es posible, y si en verdad podemos llamar a todo ello conocimiento.

Cuando tratamos el problema del origen del conocimiento, a menudo queremos saber si todo conocimiento se origina en la experiencia o en la razón; si el hombre viene de por sí dotado de ciertos conocimientos o, por el contrario, requiere del concurso de las facultades sensibles e intelectivas a la vez. Para tratar de responder esta cuestión fue necesario admitir, aún a contracorriente, que el ser humano tiene la capacidad de conocer de alguna forma al mundo (entendido como un objeto). Para explicar de qué forma se puede conocer dicho objeto han surgido diferentes teorías sobre el origen del conocimiento. Ésa es la herencia de Kant.

Sin embargo con el tiempo la noción del conocer en su sentido ambivalente quedó de este modo: la observación fue reemplazada por la experiencia adquirida directamente con todos los sentidos, en un proceso denominado empírico; y el uso del intelecto fue reemplazado con la idea de la razón como promotora del saber, cualidad que hace dos siglos presentaban como evidencia de una civilización desarrollada, superior (darwinismo social).

Si bien hay muchos huecos que llenar hasta llegar a Hessen, la aportación de Kant es ineludible. Kant nos ofrece la razón como herramienta para el conocimiento; divide al mundo en natural y moral (ideal), con lo que da lugar a dos tipos de conocimientos; y más importante todavía, describe la verdad como un supuesto y no como una certeza absoluta.

Quedaba por supuesto la duda respecto de si el sujeto podía ser capaz de determinar si el conocimiento es posible, es decir, si el sujeto puede o no aprehender el objeto, si nuestras facultades nos suministran datos que nos permitan una representación adecuada de la realidad (empírica) o, por el contrario, si el hombre no puede tener ninguna seguridad respecto del conocimiento de las cosas del mundo externo o interno.

Estas ideas alcanzan su mayor refinamiento con J. Hessen (1889 -1971) y su interpretación filosófica de la teoría del conocimiento. En su obra del mismo nombre publicada en 1925, Hessen aporta una descripción del proceso de conocimiento y las partes que lo componen.

Proceso de conocimiento

Primero Hessen nos habla de un sujeto que desea aprender, un sujeto cognocente, cuyas herramientas son la observación y la razón. En segundo lugar nos habla de un objeto que presuntamente existe, pero que el sujeto necesita dar por hecho que existe para estudiarlo en la medida de sus posibilidades. Y por último, Hessen alude a la imagen o símbolo que corresponde a ese objeto y que el sujeto asimila como verdad asequible.

Desde el punto de vista del sujeto, el conocimiento parte de la duda y de la necesidad que le genera al sujeto resolver esa duda, ya sea por simple curiosidad o bien por el deseo de resolver un problema. El sujeto importa puesto que es quien conduce el proceso. Sus averiguaciones pueden ser tan básicas o tan sistemáticas como convenga a los fines que persigue, aunque en que ambos casos el conocimiento tome la forma de explicaciones más o menos ciertas, plausibles, creíbles, comunes.

La otra parte de la ecuación, el objeto de estudio, es la más rara en su naturaleza. Puede tratarse de algo físico o inmaterial, natural o artificial, complejo o relativamente simple. No importa. De lo que sea que se trate es la conclusión a la que llegará el sujeto. Lo importante es que se dé por hecho su presunta existencia, para así averiguar las condiciones de esa existencia, las características que le son propias, y todo lo demás que sea posible aprender.

Respecto del último punto, conviene aclarar que la imagen de la que habla Hessen existe en el plano simbólico, representada gráfica o idealmente, a partir de símbolos. Estos símbolos son al mismo tiempo conceptos, definiciones, tipos con los que clasificamos conductas, objetos, situaciones, etc. Por eso es importante su estudio desde el punto de vista del lenguaje, que condiciona y determina al propio saber.

Para los filósofos, las partes que componen este cuadro son objeto de estudio de la psicología por cuenta del sujeto, sus deseos y sus motivaciones; de la lógica, por aquello de la coherencia de la verdad en sus afirmaciones y supuestos; y de los estudios ontológicos por las múltiples creencias que puede albergar un sujeto como verdades pese a la escasez de evidencia o lo absurdo de sus argumentos.

Pero de acuerdo con este autor, la existencia del objeto puede ser material o intangible, aunque siempre cabe dudar de la misma. Con la imagen del objeto sucede diferente: su existencia es simbólica, y se afirma sólo si concuerda con el objeto al que alude. Cuando la imagen de un objeto no corresponde con su referente, entonces es falsa (y el conocimiento, un equívoco). En cambio, cuando la imagen coincide con el objeto, la imagen es verdadera (y el conocimiento, posible, aún si es incompleto).

Un problema de actitud

Lo que resta del problema es la actitud del sujeto. Si en principio este sujeto hipotético acepta que la verdad es asequible, absoluta, incuestionable, entonces su actitud es dogmática. El mejor ejemplo de este tipo de conocimientos es el propio de las religiones, que fundan sus verdades más en creencias férreas que en pruebas o evidencias. Hessen mismo escribió que el dogmatismo era aquella posición epistemológica para la cual no existe todavía el problema de conocimiento, pues da por supuestas la posibilidad y la realidad del contacto entre el sujeto y el objeto.

Si el sujeto hipotético reniega de la existencia del objeto y para nada cree en la posibilidad de llegar a conocerlo, entonces el sujeto es un escéptico (además de pesimista y necio), y poco se puede hacer por él. Según Hessen, el escéptico recurre a la duda como una forma de escape, aunque la misma existencia sea una duda que le genera angustia, pues que nada es seguro y por lo tanto absolutamente cierto.

Cerca de este individuo hipotético podría situarse a un tercero, el subjetivista. Su actitud es la de aquél que considera que no existen absolutos, pues la mayoría de las veces hay circunstancias atenuantes, condiciones especiales, versiones de un mismo hecho, personas explicado todo desde una perspectiva única. Es así como este sujeto descree de la objetividad, de las verdades únicas, pues piensa que todo es relativo.

Cuando el sujeto hipotético al que nos referimos opta por considerar que lo verdadero es un engaño consciente, cuyo fin es rescatar alguna utilidad, su comportamiento es pragmático. El propósito de tal individuo es servirse del conocimiento para realizar sus fines, cualesquiera que estos sean, de modo que el conocimiento es amoral, no así el sujeto, que lo pervierte.

Por último, si el sujeto en cuestión duda de la existencia del objeto, pero aprueba las imágenes que evoca, entonces su actitud es crítica. Porque sabe que la imagen que consiga aprender del sujeto es imperfecta, este individuo considera que todo conocimiento es perfectible, posible según las circunstancias que le dan sustento.

Relación sujeto-objeto

Como puede verse, uno de los mayores problemas del conocimiento reside en la relación entre sujeto y objeto. Pero, ¿Es justa esta concepción? ¿Se puede responder a esta cuestión sin decir nada del carácter ontológico del objeto o del sujeto? Una solución favorable para el objeto recaería en una posición objetivista. Para esta corriente, el objeto es el elemento decisivo entre los dos miembros de la relación cognoscitiva; entonces el objeto determina al sujeto; el sujeto asume de cierta manera las propiedades del objeto, reproduciéndolas en una imagen sí. Esto designa al objeto como algo totalmente definido que se presenta a la conciencia cognoscente. En ello reside la idea central del objetivismo; los objetos están dados como una estructura completa; la consciencia no hace más que reconstruir esa estructura.

En contraste, una posición que valora más al sujeto es la subjetivista. El subjetivismo busca el fundamento del conocimiento en el sujeto, ubicando la esfera de las ideas y todo el conjunto de principios del conocimiento en el sujeto, que se convierte así en el punto del que pende, la verdad del conocimiento.

El tipo de soluciones pertinentes son, por tanto, las que observan la relación entre sujeto y objeto en su dimensión ontológica, y que van desde el realismo hasta el idealismo, desde la fenomenología hasta la actitud crítica de la posición propia. Hessen explica estas posturas como soluciones metafísicas, sin recurrir a lo absoluto.

Por realismo Hessen dice que es aquella postura epistemológica que afirma que existen cosas reales (materiales), independientes de la consciencia. Esta posición tiene diversas modalidades: ingenua, natural y crítica. La postura del realismo ingenuo no se encuentra influida por ninguna reflexión crítica acerca del conocimiento; el problema esencial del sujeto y el objeto no existe para ella; tampoco distingue entre la percepción, que es un objeto de la consciencia, y el objeto percibido; no entiende que las cosas no nos son dadas en sí mismas, en su corporeidad, sino sólo como contenidos de la percepción con los objetos. Atribuye a unos las propiedades de los otros. Así, las cosas son exactamente tal y como las percibimos; son propiedades de las cosas en sí mismas, independientemente de la conciencia que las percibe.

El realismo natural es todavía más simple. Está influido por reflexiones críticas respecto del problema del conocimiento, lo que se evidencia en que no se identifica el contenido de la percepción con el objeto tal cual es, sino que discrimina uno del otro. Sin embargo, esta forma de ver la realidad establece que los objetos responden exactamente a los contenidos de la percepción.

De modo distinto el realismo crítico supone que no es conveniente que las cosas converjan en los contenidos de la percepción, sino que las cualidades o propiedades que percibimos sólo por uno de los sentidos existen únicamente en nuestra conciencia y surgen cuando determinados estímulos externos actúan sobre los órganos de nuestros sentidos, y se configuran como reacciones de la conciencia, dependiendo naturalmente de ella misma, por lo que no tiene carácter objetivo, sino subjetivo. Por tal motivo, es conveniente suponer que hay en las cosas algunos elementos objetivos y causales que nos den la pauta para explicar la aparición de estas cualidades. La experiencia la genera la voluntad.

Siguiendo con este mismo orden de ideas, otra de las soluciones de carácter ontológico para el problema de la relación entre sujeto y objeto en la teoría del conocimiento, es el idealismo. Idealismo, en su sentido metafísico, entraña la convicción de que la realidad tiene por fondo fuerzas espirituales, potencias ideales. Tal acepción no es nada útil para explicar el problema. En vez de ello Hessen recurre a un idealismo que califica de epistemológico, a saber: el que sustenta que no hay cosas reales independientemente de la conciencia del sujeto. Así las cosas, sólo hay lugar para dos clases de objetos, los objetos de conciencia (las representaciones, los sentimientos) y los objetos ideales (sujetos a la lógica). Esto nos trae de vuelta al principio: un idealismo subjetivo o psicológico frente a otro lógico u objetivo.

El primero de estos idealismos, el subjetivo o psicológico, considera que toda la realidad se encuentra encerrada en la conciencia del sujeto; así que las cosas son solamente contenidos de nuestra conciencia y por lo tanto al dejar de ser percibidas dejan de existir; puesto que no poseen un ser independiente de nuestra conciencia, que es lo único real. Asimismo, el segundo idealismo, el lógico u objetivo, parte de la conciencia objetiva de la ciencia, de acuerdo al método de las obras científicas; así que el contenido de esta consciencia no es un complejo de procesos psicológicos, sino la suma de pensamientos, de juicios. Dicho de otra manera, no hay nada psicológicamente real, sino lógicamente ideal, como en un encadenamiento de juicios.

No obstante, de acuerdo con Hessen, la idea de un objeto independiente de la conciencia es contradictoria, pues en el momento en que pensamos un objeto hacemos de él un contenido de nuestra conciencia (una imagen, como antes se dijo). De igual modo, si afirmamos simultáneamente que el objeto existe fuera de nuestra conciencia, nos contradecimos por ende a nosotros mismos: “luego no hay objetos reales extraconcientes, sino que toda la realidad se halla encerrada en la conciencia”.

Con este argumento los filósofos idealistas han tratado de probar que la tesis del realismo es lógicamente absurda. Como aquél cuento del árbol que cae sin hacer ruido. Pero esta es justamente la contradicción en la que se centra la tercera solución que enuncia Hessen al problema de la relación entre sujeto y objeto: una postura crítica que supone que si bien hacemos del objeto que pensamos un contenido de nuestra conciencia, esto no significa que el objeto sea idéntico al contenido de la conciencia antes dicho, ya sea una representación o un concepto (o como aquí se ha insistido, una imagen del objeto). Cuando afirmamos entonces que hay objetos independientes de la conciencia, esta independencia respecto de la conciencia es considerada como evidencia de la existencia del objeto, mientras que la inmanencia de la conciencia se refiere al contenido del pensamiento individual, subjetivo.

El conocimiento posible

Trascendidas de este modo las cuestiones del origen del conocimiento (empirismo y racionalismo) y la esencia del conocimiento (realismo e idealismo), queda por zanjar una tercera parte del problema: la solución fenomenalista de Kant, la teoría según la cual no conocemos las cosas como son en sí, sino como se nos aparecen.

Podemos conocer la apariencia de un objeto, más no su sustancia. Esto coincide con el realismo al admitir que hay cosas reales; pero coincide también con el idealismo al instaurar límites en el conocimiento originados por la conciencia, que se deja llevar por la apariencia.  De lo anterior se deduce fácilmente la imposibilidad de un conocimiento auténtico de la realidad, que al mismo tiempo es la posibilidad de un conocimiento perfectible.

Volvemos entonces a la cuarta y última solución al problema de la relación entre sujeto y objeto en el conocimiento: la postura crítica. Con ella se alude a un sujeto hipotético que ciertamente duda de la existencia real de un objeto, pero que aprueba las imágenes que éste evoca en el sujeto como única fuente posible de verdades asequibles, confiables, relativamente ciertas.

El pensamiento científico debe mucho a estas nociones del problema del conocimiento. Con el tiempo se ha ido gestando y perfilando, por medio de un proceso que se acelera notablemente a partir del renacimiento, la idea de una ciencia como actividad cuya meta es el conocimiento (una nueva virtud en el viejo sentido del término).

Como es sabido, la ciencia va creando sus propias explicaciones respecto del entorno en que vivimos, con sus objetos y sus sujetos. Los conocimientos que genera trascienden al sentido común y al saber tradicional gracias al uso de un lenguaje propio, cognocente, específico para cada disciplina, cuyo fin consiste en atar al referente con su representación simbólica, su imagen en la consciencia. Conserva, me parece, un dejo de realismo al apoyarse en la idea de la objetividad del conocimiento, con aquello de que la ciencia intenta obtener un conocimiento que concuerde con la realidad del objeto que estudia, ya sea que lo describa o que lo explique tal cual lo ha notado, que lo registre y lo divulgue para que otros puedan verificar por sí mismos tales observaciones, que lo clasifique y le dé seguimiento de forma sistemática y de manera impersonal.

La ciencia también se vale de la racionalidad antes descrita. La emplea como arma esencial para llegar a sus resultados. Los científicos trabajan en lo posible con conceptos, juicios y razonamientos, y no con las sensaciones, imágenes o impresiones que consiguen del fenómeno que estudian. La racionalidad aleja a la ciencia de la religión y de todos los sistemas donde aparecen elementos no racionales o donde se apela a principios explicativos extra o sobrenaturales (dogmáticos y subjetivistas). La separa también del arte donde cumple un papel secundario, subordinado a los sentimientos y sensaciones, aunque ello es tema de otro ensayo.

Asimismo, la preocupación científica no es tanto ahondar y completar el conocimiento de un solo objeto individual, sino lograr que cada conocimiento parcial sirva como puente para alcanzar una comprensión de mayor alcance, aún reconociendo de manera explícita la  posibilidad de equivocación. Es por lo tanto la encarnación de la virtud antigua del saber.

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Bibliografía

Hessen, J., Teoría del conocimiento (breve resumen en línea).

Strauss, L. y Cropsey, J. (eds.), Historia de la Filosofía Política. Fondo de Cultura Económica, México, 1992

Datos de la Encuesta Nacional sobre Inseguridad

1. Introducción.

Desde el inicio de su gobierno, Felipe Calderón señaló que el narcotráfico se había convertido en la principal amenaza del Estado mexicano. Habló de guerra, y comenzó a implementar entonces una serie de operativos militares y policiacos por varias entidades del país (comenzando por Michoacán), supuestamente con la idea de acabar con los distintos grupos del crimen organizado que además de producir y traficar narcóticos, también se dedican a otras 22 actividades delictivas tales como el secuestro o la trata, por mencionar algunos ejemplos.

En un desplegado publicado el 13 de junio de 2010, la presidencia modificó su discurso para hablar ya no de una guerra contra el narcotráfico, sino de una Lucha por la Seguridad Pública. Justificó la continuidad de su estrategia represiva y de ocupación con la premisa de que los cárteles mexicanos del narcotráfico estaban creciendo y confrontándose entre sí. Pero cambió su discurso luego de que diversas organizaciones académicas y de la sociedad civil le increparan, en diversos foros y reuniones, que el combate efectivo de la inseguridad requería una visión integral que atendiera otros problemas como la corrupción policiaca, la impunidad en la procuración y administración de justicia, la sobrepoblación del sistema penitenciario y el fracaso de la readaptación social, además de la creciente desigualdad económica y el arribo de fenómenos de descomposición social, a saber.

Una de esas organizaciones civiles es el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad (ICESI), que desde 2002 viene realizando una Encuesta Nacional sobre Inseguridad (ENSI) como complemento a la información generada por las propias autoridades. Algunos de los datos más valiosos que ha aportado esta encuesta son el número estimado de delitos cometidos y que no se denuncian (cifra negra), y un índice general de percepción sobre la inseguridad en México.

Pero han causado tanta polémica estos datos, que el Gobierno Federal decidió excluir a las organizaciones civiles y hacer su propia encuesta oficial, supuestamente ante el temor de que las cifras de la encuesta fueran manipuladas. Por esta razón ahora tenemos dos encuestas con resultados de 2008: la oficial realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), publicada el 24 de septiembre de 2010 (disponible aquí); y la original del ICESI, que fue dada a conocer a principios de octubre (ENSI-6, versión pdf). Veamos las cifras.

2. Cifra negra y medición de la inseguridad.

Según el ICESI, en promedio desde 2004 sólo 2 de cada 10 delitos cometidos se denuncian, esto debido a la pérdida de tiempo que supone la denuncia, y también por desconfianza en la autoridad (local y federal). Si tomamos en cuenta que en 2008 sólo se denunciaron 1 millón 841 mil 80 delitos (donde 6 de cada 7 fueron robos), bien podríamos hablar de poco más de 9 millones de delitos cometidos. ¡Y esta cifra es altísima!…

En España por ejemplo, uno de los países más seguros de Europa, durante el mismo periodo se denunciaron 5 de cada 10 delitos cometidos, y además se resolvieron el 40%, según la encuesta de victimización de 2008 del Observatorio Andaluz de la Delincuencia. Pero para que la comparación sea aún más significativa, veamos otros indicadores y lo que nos dicen sobre nuestro sistema penal y sobre los resultados de las políticas recientes en materia de seguridad.

  • Tasa de Prevalencia (victimización).  Es el número de víctimas de algún delito por cada 100 mil habitantes, sin tomar en cuenta la cifra negra. Según la ENSI-6, para México en 2008 la cifra fue de 7.5% (promedio nacional), aunque en la Ciudad de México llegó hasta 14%, mientras que en el Estado de México, Sonora y Aguascalientes la cifra fue de 10%. Baja California, Chihuahua y Coahulia obtuvieron además más de 9.5%.
  • Tasa de Incidencia (por tipos de delitos). Es el indicador que se utiliza para estimar el número (y tipo) de delitos cometidos y denunciados por cada 100 mil habitantes en un periodo determinado. El ICESI calculó un promedio nacional de 12%, aunque de nueva cuenta hubo entidades que rebasaron este promedio y por mucho: Ciudad de México, 22.8%; Sonora, 20.4%; Coahuila, Aguascalientes y Baja California, 15.9%; y el Estado de México, 15.6%.

Como sólo una pequeña parte de todos los delitos que suponemos que se comenten se denuncian (y ni hablar de si se resuelven), en realidad estas cifras no me parecen del todo confiables, aunque bueno… son instrumentos valiosos para conocer al menos una porción de la realidad sobre la inseguridad en México. La encuesta oficial no se molesta siquiera en proporcionarnos estos indicadores, además.

Para la ENSI-6, en promedio 85% de los mexicanos que fueron víctimas de algún delito no lo denunciaron. Y entre quienes sí lo hicieron, un 33% reportó que nada pasó, en tanto que otro 23% dijo que su denuncia sigue en trámite. Sin embargo, parece que hay un repunte con respecto al año pasado en la propención a denunciar. Algunas entidades donde dicha propención fue menor son las siguientes:

  1. Guanajuato – 91% de los delitos no se denuncian
  2. Jalisco y Guerrero – 90% de los delitos no se denuncian
  3. Distrito Federal y Tlaxcala – 88% de los delitos no se denuncian
  4. Oaxaca – 87% de los delitos no se denuncian
  5. San Luis Potosí, Coahuila, Nuevo León y Quintana Roo – 86% de los delitos no se denuncian

También según la ENSI-6 las entidades donde se percibe mayor inseguridad son: Distrito Federal (85%); Chihuahua (83%); Estado de México y Baja California (76%); Durango (75%); Aguascalientes (74%); Michoacán y Guerrero (71%). La media nacional se situó en 65%. La mitad de los encuestados admitió que su vida se vio afectada por la delincuencia (de tal forma que puso barrotes en sus ventanas, instaló alarmas,  o tomó alguna otra previsión respecto a su seguridad).

Aquellos estados donde se registró un incremento estadístico significativo fueron Chihuahua, Durango, Morelos, Puebla, Guanajuato y Coahuila. Las cifras son similares a las que maneja la asociación México Unido Contra la Delincuencia. Y concuerdan también con otro estudio del ICESI, que ubica al Distrito Federal, Tijuana, Mexicali y Ciudad Juárez como las ciudades más inseguras del país (disponible aquí). Aunque esta comparación no alcanzó a registrar el incremento en la inseguridad que ahora se vive en Ciudad Juárez, la ciudad más violenta del mundo.

3. Homicidios, secuestros y violencia, al alza.

De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas (ONU), México solía ser el país con el mayor índice de robo con violencia en todo el mundo , con una tasa de 3% frente a un promedio internacional de 0.9%, según la última Encuesta Internacional sobre Criminalidad y Victimización (nota de El Universal). No pude confirmar si todavía lo sigue siendo, aunque probablemente sea así.

En cualquier caso, cifras de la propia Presidencia de la República incluidas en el 4º Informe de Gobierno – y publicadas por Milenio Diario -, muestran que este año el secuestro se incrementó 15.6%, los homicidios 11.5% y el robo 4.7%. El crimen organizado continúa expandiéndose en sus actividades delictivas. Y además, se registró un alza de 11.6 por ciento en delitos cometidos por servidores públicos, así como un aumento de 29.6 por ciento en delitos fiscales. Vayamos por partes.

Aquellas entidades en donde más secuestros han ocurrido desde 2006 son Chihuahua, Baja California, Estado de México, Distrito Federal y Michoacán. El incremento en la incidencia de éste delito corresponde sin duda con el aumento de la inseguridad a causa de la “guerra” contra el narcotráfico. Una hipótesis muy interesante es que el crimen organizado utiliza el secuestro como fuente alternativa de financiamiento, principalmente en el norte del país, debido a que el trasiego de droga le es cada vez menos redituable.

  • Homicidios (dolosos). En un comparativo oficial con más de 150 países, México ostentaba en 2008 el puesto número 28, con una tasa de 11.6 homicidios por cada 100 mil habitantes (disponible aquí). Para el ICESI la cifra fue de 11.8, un número ligeramente mayor. Según este indicador, nuestro país es uno de los más violentos en el mundo.

Ahora bien, al observar este dato en cada entidad federativa, salta a la vista que al menos seis Estados de la república sobrepasan la media nacional e internacional. Los número son alarmantes, pues reflejan un nivel de violencia similar al que ostentan otros países en guerra. Son los números que nos hablan de la guerra contra las drogas de Felipe Calderón.

  1. Sinaloa: 47.7 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes
  2. Chihuahua: 42.1 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes
  3. Guerrero: 30.2 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes
  4. Durango: 27.8 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes
  5. Baja California: 27.7homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes
  6. Oaxaca: 20.6 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes

Además, preocupa bastante el incremento paulatino en el número de homicidios cometidos entre menores de edad. Según una nota de la BBC, en los últimos cinco años unos 900 menores de edad han muerto en enfrentamientos entre carteles de narcotráfico y en combates con soldados y policías, principalmente en Chihuahua, Baja California,  Sinaloa, Durango, Distrito Federal, Nayarit y Oaxaca.

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