De teólogos y políticos

Hoy voy a compartir con ustedes un breve ensayo sobre las formas en que los teólogos buscan desacreditar a la política y a los políticos. El asunto es complejo, porque la crítica desde el dogma suele concentrarse en un mismo punto: la finalidad y/o la trascendencia de la acción política, su propósito, su razón de ser. Veamos pues de que trata el asunto.

Política extraviada, acusan los teólogos

La política se percibe como huyendo de la vida. Tal es la impresión que deja entre los teólogos. En principio le acusan de alejarse de todo valor trascendente, como pidiendo que vuelva a descansar en absolutos ideológicos. Luego le tildan de anodina e indiferente, por aquello de volverse cada día más contingente, o en todo caso, reaccionaria. Dicen que no tiene futuro porque no tiene objetivos, y que carece de los mismos porque no tiene principios, quizá porque los ha perdido, o tal vez porque nunca los tuvo, pero fundamentalmente porque no ha sabido definir para sí misma alguna clase de propósito, alguna idea de su finalidad o su sentido de existir.

Por ello los teólogos ven a la política contemporánea como un árbol hueco y sin vida. Se agotó con la constitución de los Estados soberanos, afirman algunos. Otros sostienen que ha perdido su vigencia tras la renuncia de su carácter histórico (¿lucha de clases?). También hay quienes dicen que fracasó al intentar unir culturas diversas bajo una misma etiqueta. O porque la secularización y el laicismo le impidieron discernir lo verdaderamente trascendente, especulan los menos.

Las críticas de este tipo, aunque coinciden en el diagnóstico, difieren en los síntomas. Mientras unos ven una política que se ha vuelto excesivamente conservadora, en gran medida burocrática, e incluso represora, otros la observan conducirse por la vía de la abyecta transgresión de lo aparentemente sensato, acaso contra la propia humanidad y sus posibilidades de supervivencia. Todo esto ocurre sin duda, pero no porque la política se lo haya propuesto de manera consecuente. De hecho, el único modo que se me ocurre de definir a la política desde un punto de vista teleológico – por los fines que persigue –, es en razón de su búsqueda de un orden mínimo; un orden que, a decir de Biagio de Giovanni, debería ser democrático cuando menos para que tal búsqueda tuviera algún sentido. Aunque también estas razones, aparentemente inocuas, pueden llevarnos a subordinar la acción política a los preceptos de la ideología, donde la tiranía se justifica en función de ciertos fines aparentemente loables, justos o necesarios.

Ahora bien, ¿por qué debería la política aspirar a un orden democrático? El argumento liberal es sencillo: porque no queremos vivir bajo un gobierno autocrático, donde una sola persona es capaz de imponer su voluntad a los demás. La hipótesis es que deseamos que se nos respete y se nos tome en cuenta, pero también que se nos deje vivir al margen del gobierno y de lo público si así lo decidimos. Sin embargo la vida real no siempre es tan considerada.

Democracia real e ideal

Norberto Bobbio escribió alguna vez que un régimen democrático se caracteriza por atribuirle poder político a un número muy elevado de personas, y no tanto por cumplir con las expectativas o los ideales de la mayoría (o de los promotores de la ideología mayoritaria). Él concebía la democracia como un conjunto de reglas que establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos. Consideraba que un régimen político podía clasificarse como democrático si aquellos que eligen o autorizan a quienes deciden por todos, cuentan además con alternativas reales para escoger y están en condición de seleccionarlas de manera libre, sin coacción y sin presiones.

Para que un régimen democrático fuera en alguna medida posible, Bobbio hablaba del respeto a los derechos políticos de las personas: libertad de opinión, de expresión, de reunión, asociación, etc. Estos derechos proceden de una tradición filosófica liberal en la que subyace una concepción individualista de la sociedad, contraria a la concepción orgánica de la misma que era común en la antigüedad y en la edad media, y que aún puede encontrarse en las utopías de algunos teólogos e ideólogos colectivistas.

Lo irónico del asunto es que en las democracias modernas, lo que ha sucedido es que los grupos se han convertido en los sujetos relevantes de la política, en vez de los individuos. Para decirlo de otro modo, nuestras sociedades no giran en torno de un sólo colectivo (la nación, el pueblo), pues han crecido y se han atomizado, de modo que ahora tienen varios centros de poder. Por ello dice Bobbio que los regímenes democráticos actuales son más bien poliarquía; la expresión de una pluralidad.

Quizá sea verdad que la política merezca un fin loable como la consecución de un régimen democrático, o acaso otro más benigno. Sin embargo, también podría pensarse que tal vez hay necesidades más apremiantes, como asegurar la supervivencia del grupo, la salvación de sus almas, o satisfacción de sus necesidades más básicas en ésta vida. En cualquier caso, la amenaza de la autocracia ha estado desde siempre presente con nosotros, de modo que es inevitable cuestionarse si los Estados democráticos podrán lidiar con ella en el futuro. Los teólogos por otro lado, a veces llegan a sugerir que esta amenaza no lo es tanto (porque el fin es más importante, y de algún modo lo justifica todo). Sin embargo, Bobbio no piensa que los regímenes democráticos hayan claudicado, aunque sí admite que muchos Estados democráticos ya no lo son tanto, pues hay al menos cinco cuestiones que deberían considerarse.

La primera de todas ellas es el problema de la representación política. Por lo general, cada grupo tiende a identificar sus intereses particulares con el interés común, de modo que este principio ha sido violado de manera sistemática por siglos. Como consecuencia de lo anterior, la democracia representativa no puede deshacerse de los grupos oligárquicos, aunque tampoco es su intención. Lo más que puede hacer para limitarlos es alentar la competencia entre un número cada vez mayor de los mismos. En ello reside la única forma de democracia practicable, a saber.

Otro asunto a considerar es que muchas decisiones que afectan a la colectividad suelen tomarlas unos cuantos individuos sin consultar con la mayoría, o cuando menos sin considerar sus intereses. Los espacios donde ésto sucede, la empresa y la administración pública, permanecen en muchos casos restringidos a unos cuantos privilegiados, de modo que no importa mucho cuántos voten, sino en dónde se puede votar y para qué tipo de decisiones.

De igual modo, vale la pena considerar que estas decisiones colectivas se tomen de manera transparente, permitiendo que el ciudadano conozca las acciones de quien detenta el poder. Ello permitiría el escrutinio y alguna forma de control público sobre dichas decisiones. Aunque quizá la cuestión más apremiante de todas sea la educación cívica, la promoción de las virtudes de la participación política. Porque son pocos los que hoy se preocupan por lo público.

Podría decirse entonces que no es la política la que huye de los ciudadanos, sino que son las personas las que se han dejado llevar por la apatía, descuidando a la política. Después de todo, hay obstáculos que no pudieron preverse, como sostiene Norberto Bobbio: el arribo de una clase política con saberes más allá lo común para el ciudadano; el crecimiento de un aparato burocrático que buscando atender demandas ciudadanas, se extravió; el cúmulo inagotable de demandas que no han podido resolverse en tiempo en forma, etc.

Y pese a todo lo anterior, la política se muestra como una actividad necesaria y loable. Al orientarse hacia la democracia, la política ha conseguido cultivar valores como la tolerancia, el ideal de la no violencia, el diálogo incluyente y la crítica constructiva. Aunque podría ser mucho mejor.

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Acerca de Sergio A. Rodriguez
Quien esto escribe busca hacerlo con pericia, con destreza, y sobre todo con pasión. Tales son las exigencias que impone el periodismo, labor ardua, sufrida, pero siempre divertida y trascendente. Visita mi bitácora: https://anatematicas.wordpress.com

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