La embestida conservadora (neoliberal), según J. K. Galbraith

Hoy comparto con ustedes la síntesis de un artículo muy bueno de John Kenneth Galbraith, titulado La embestida conservadora, y publicado hace 30 años en la Revista Mexicana de Sociología. Se trata de la opinión de un economista bastante competente sobre la génesis del neoliberalismo. Al final dejo el vínculo para que puedan consultarlo por su cuenta. Saludos.

Génesis del neoliberalismo

Las economías de los mayores países industrializados después de la Segunda Guerra Mundial, a decir de John Kenneth Galbraith, se sustentaban en buena medida en tres propuestas de política económica:

  1. El mantenimiento de la estabilidad macroeconómica
  2. El suministro por parte del Estado de una gran variedad de bienes y servicios públicos que el sector privado no proporcionaba a las masas, y…
  3. La aplicación de medidas gubernamentales para proteger o favorecer a las personas ante circunstancias contra las que no pueden luchar en su carácter de individuos.

Todas estas medidas gozaban de un amplio consenso a nivel internacional, especialmente entre aquellas personas con menores ingresos. Pero la situación cambió radicalmente durante los años setenta, cuando una nueva crisis económica fue aprovechada por algunos para cuestionar tanto al modelo como a los principios que le daban soporte. El resultado fue un giro completo dentro de la política económica de los países del consenso; un cambio que fue más allá de las opiniones y que tuvo su impacto también en los valores y en la filosofía de las personas de este nuevo siglo.

Esta embestida conservadora como la llama Galbraith (y que hoy conocemos como neoliberal), consistió básicamente en la crítica y la calumnia del modelo antes descrito, bajo tres clases de ataques: los simplistas o puramente retóricos; los románticos, caracterizados por una visión idealista y utópica del mercado; y los más serios o reales, que ponían en duda su capacidad para afrontar una nueva realidad económica donde la inflación y el desempleo se consideran apremiantes.

Ataques simplistas

Dentro del primer grupo de ataques aún pueden escucharse cosas como que el Estado, o más concretamente la burocracia, no es más que un parásito social. Se dice de igual modo que su existencia es innecesaria, o cuando menos mínimamente deseable, pues además de restringir la libertad de las personas, usualmente creaba relaciones de dependencia (clientelismo) con el diseño de políticas asistenciales excesivamente costosas.

Esta clase de acusaciones ignoran el hecho de que donde hay organización hay burocracia, división del trabajo, establecimiento de reglas, procedimientos, responsabilidades. Sucede en todas partes, no sólo en la administración pública, y el problema del uso eficiente de los recursos aumenta en la medida en que la organización se hace más grande. Le pasa al Estado, como le pasa también a las grandes corporaciones multinacionales. Sin embargo, estas últimas incurren con mayor frecuencia en toda clase de ineficiencias (muchas de ellas con terribles consecuencias para las personas y el medio ambiente), ya que están menos sujetas al escrutinio del público.

Por otro lado, aunque los impuestos y otras reglamentaciones suelen limitar la libertad de algunos para gastar su propio dinero, de igual modo contribuyen a aumentar la libertad de quienes los reciben en forma de ayudas, servicios, prestaciones, etc. Aunque se creen relaciones de dependencia en el proceso, la idea fundamental no es mala; siempre pueden diseñarse mejores políticas sociales. Lo importante en todo caso es superar el paradigma del asistencialismo, cambiarlo por un enfoque distributivo donde el gasto sea eficiente, y por lo tanto mínimo.

Ataques románticos

En el segundo grupo de ataques contra el consenso antes descrito, se encuentran aquellos argumentos que Galbraith tilda de románticos, pues suelen recurrir a los principios ideológicos del liberalismo y de la economía clásica. Según ésto, “toda decisión económica posible debe dejarse al mercado”, ya que “un mercado libre y competitivo es perfectamente capaz de crear soluciones competentes para las necesidades humanas”. Pero como ello no ha ocurrido supuestamente por la intervención del Estado, el mercado se ha visto perjudicado de dos maneras: por la reducción del sector mercantil, y por el exceso de regulaciones innecesarias que atentan contra la productividad.

Así, los apologistas del mercado idílico, con sus románticas elucubraciones, dolosamente omiten el hecho de que la mayor fuerza histórica en contra del mercado libre son las grandes corporaciones monopólicas modernas (multinacionales); aquellas que aprovechan su presencia en los mercados para coludirse y fijar precios, para crear escasez, para influir (con su propaganda) en los gustos de los consumidores, y para inhibir u obstaculizar toda forma de competencia.

De acuerdo con Galbraith, aquellos que ensalzan las bondades del mercado libre, además de oponerse a las regulaciones estatales (pensadas en buena medida para corregir los propios fallos del mercado), del mismo modo rechazan cualquier propuesta de planificación económica. Quizá no logran ver las ventajas que da el “diseño” (en ciertos contextos), frente a la mejora por “evolución” (con sus fallos, su riesgo y su incertidumbre) que se da en las economías de mercado. De cualquier modo, y a sabiendas de que la única política económica posible tal vez sea la más pragmática, aún hay quienes incurren en descalificaciones a priori, y no tanto por dogmas, sino quizá porque así buscan conservar los privilegios que ahora tienen; privilegios derivados tanto de la acumulación como de la especulación sin límites.

Ataques reales

Los ataques más serios contra las políticas del consenso, a decir de Galbraith, son aquellos que cuestionan la eficiencia del gasto público, la calidad y la cobertura de los bienes y servicios públicos, la utilidad y la pertinencia de dar esos bienes y servicios públicos, así como la capacidad de todas las políticas del consenso para solucionar en conjunto (como modelo), otros problemas económicos como la inflación, el desempleo, o la distribución inequitativa del ingreso.

Es verdad que nada disculpa un mal desempeño de los organismos públicos. Pero un gasto ineficiente, o una mala planeación, no tiene por qué verse como un fracaso de la política. Antes bien debe buscarse alguna forma de medir su impacto, algún método para evaluar el uso racional de los recursos con que se cuenta, sin reducir por ello la cobertura de los programas, y manteniendo un nivel de calidad aceptable. Toda política es por supuesto perfectible, y los defensores del consenso deberían interesarse más por la calidad de la administración pública. Privatizar es quizá lo último que debería considerarse (pues como se ha dicho, la burocracia privada puede ser igual o peor de ineficiente, además de que suele ser más opaca e irresponsable).

De cualquier manera, el verdadero éxito de esta embestida (neo) conservadora debe ubicarse en otro rubro, a saber: en la aparente incapacidad del sistema para combatir la inflación y el desempleo. La hipótesis de Galbraith es que las grandes corporaciones monopólicas modernas, al acaparar grandes porciones del mercado, ciertamente han logrado controlar los precios, o por lo menos han podido ejercer una fuerte presión al alza. El resultado ha sido entonces un aumento generalizado de los precios (inflación), así como un incremento en el volumen de gastos gubernamentales. Y a raíz del descontento provocado por el aumento en el costo del nivel de vida, la solución (neo) conservadora, sus políticas anti-inflación, se han vuelto populares, en particular porque no llaman a subir impuestos.

Pero el conjunto de soluciones (neo) conservadoras al que se alude, aquél que demanda entre otras cosas una reducción significativa del gasto público (por la vía de la privatización), así como un férreo control en el suministro del dinero (mediante una política monetaria ambigua con resultados altamente aleatorios), realmente no contribuye de manera importante a combatir la inflación. Por el contrario, estas políticas (neo) conservadoras no son más que un paliativo, pues en lugar de generar condiciones de competencia, lo que sucede es que atentan contra la productividad de las empresas (susceptibles a los monopolios), crean desempleo, aumentan la pobreza e inhiben el consumo, pues los salarios disminuyen y la demanda y el crédito se pierden.

En opinión de Galbraith, lo que los defensores del consenso necesitan es un esfuerzo vigoroso para mantenerlo al día con los cambios que lo volvieron vulnerable. Se requiere por lo tanto una mejor administración pública. Aunque también es necesario aceptar la lógica del poder que ostentan las grandes corporaciones monopólicas modernas. Y una buena forma de contrarrestar su influencia perniciosa puede ser:

  1. Aumentando los impuestos indirectos.
  2. Subiendo también los impuestos a los artículos de lujo,
  3. Subiendo los impuestos sobre los ingresos no devengados
  4. Instituyendo impuestos sobre herencias
  5. Y todo ello sin descuidar que el cobro se haga de manera proporcional.

Bibliografía: Galbraith, John Kennet, La embestida conservadora, en Revista Mexicana de la Comunicación. Vol. 43, Número extraordinario (1981), pp. 1781-1796. Versión electrónica.

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