Las 48 leyes del poder de Robert Greene

Me tomó mucho más de lo que imaginaba, pero por fin terminé esta entrada sobre uno de los best sellers más idolatrados en nuestra época, Las 48 Leyes del Poder. El libro escrito por Robert Greene y editado por Joost Elffers ha vendido ya más de un millón de copias en Estados Unidos, y ha sido traducido a 17 idiomas. Veamos por qué.

Cautivos del mal

Empecemos por el autor. Greene nació en Los Ángeles, California, en 1959. Sus inquietudes literarias lo llevaron al estudio de los clásicos en la Universidad de Wisconsin, luego de graduarse de la Universidad de Berkeley. Inmediatamente después intentó colocarse como escritor en Nueva York, pero no lo consiguió, en parte por culpa de un editor resentido que lo rechazó de una manera muy humillante. Esta misma experiencia volvería a repetirse frente a otros editores, directores y dueños de medios sádicos, que disfrutaban humillando a sus trabajadores, y que tomaban impunemente el crédito por sus obras, según cuenta en su blog.

Luego de trabajar como editor y colaborador en varias revistas – incluyendo la afamada Esquire -, y después de participar como guionista en Hollywood, Greene conoció a Joost Elffers, un editor de libros neoyorkino que supuestamente le propuso realizar una versión comercial actualizada de El príncipe, la obra más popular de Nicolás Maquiavelo. Greene trabajó en ello, aunque también incorporó ideas de otros autores como Sun-Tzu, Carl Von ClausewitzBaltasar Gracián, y un largo etcétera. Así fue como nacieron las 48 Leyes del Poder, que se publicaron bajo la firma de ambos socios en 1998.

El libro recibió una acogida fenomenal. Fue un éxito de ventas desde el principio, particularmente entre directores de empresas, políticos, artistas, deportistas y músicos de hip-hop. Según Los Ángeles Times, las 48 Leyes del Poder son bastante populares también entre prisioneros, al igual que entre pandillas.

Desde mi punto de vista, el libro cautiva a todo aquél que supone que para alcanzar una meta se debe carecer de escrúpulos. Constituye por lo tanto la continuación de una premisa atribuida a Maquiavelo: que el fin justifica los medios, y por eso todo vale. Greene defiende su trabajo señalando en el mundo hay mucha gente sometida al poder de otras personas, de modo que estas reglas o consejos son más bien una guía para liberarse, y así poder hacer lo que uno quiera sin que nadie nos lo impida. Por esta razón cautiva también al impotente, al miserable y al débil; a todo aquél que se siente incapaz de gobernarse a sí mismo, pero que desea gobernar a otros.

Ambición sin cortapisas

El contenido de las 48 Leyes del poder apunta entonces a satisfacer dos deseos humanos: la ambición y la libertad. Al autor le importa poco lo que usted se proponga; lo importante es que lo consiga, y para éso es el libro. Su propósito es ser útil, didáctico y ameno. Cada capítulo aparece encabezado por una máxima, y en los márgenes del texto se nos presentan relatos breves en donde ésta se practica. Justo al final hay un resumen que refuerza lo dicho, y abajo del mismo una imagen para recordar la enseñanza. Su formato coincide con un libro de autoayuda (su propósito original), aunque en muchos sentidos es más que sólo éso.

La ética en el libro destaca por su ausencia. No así la filosofía, que aparece cercana a la tradición del realismo político, debido a su interpretación del conflicto como juego de intereses encontrados. Es aquí donde se notan la influencia de Sun-Tzu y de Carl Von Clausewitz mucho más que la de Maquiavelo, pues los fines políticos generalmente eluden al estratega militar.

En general la lectura es bastante recomendable. Aunque si sólo deseas acceder a los consejos de Greene, tal vez te convenga mirar primero esta síntesis. No tiene desperdicio. Saludos
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La Ciencia de las Redes Sociales

Hola. Esta entrada va dedicada a un tema fascinante: las Redes Sociales. Todo por un gran libro que tuve oportunidad de leer en vacaciones, “Conectados. El sorprendente poder de las redes sociales y cómo afectan nuestras vidas“, de Nicholas A. Christakis y James H. Fowler. El libro es un buen pretexto para hacer un recorrido por mucho de lo que se ha dicho y escrito sobre el asunto estos años. Espero que el resultado sea enteramente de su agrado. Cualquier duda, contribución o corrección, se las agradezco de antemano. Saludos.

1. Paradigma revolucionario

En muchas ciencias sociales, particularmente en economía y en política, tanto hechos como acciones o conductas colectivas suelen estudiarse únicamente desde el punto de vista de ciertos individuos “relevantes”, los cuales son vistos como seres egoístas, perezosos y codiciosos, que actúan siempre motivados por el interés propio, y que siempre procuran obtener el mayor beneficio al menor costo posible. En este punto coinciden un individualismo metodológico y una filosofía del ser humano que se empeña en definir a las personas como egoístas racionales plenamente autónomos.

Del mismo modo hay quien pretende explicar dichos fenómenos (o solía hacerlo) a partir de algún rasgo común entre individuos, como el género o la raza, la nacionalidad o la clase, y en últimas fechas tan sólo por su genética. Sin embargo estas teorías, al igual que sus filosofías, han sido progresivamente cuestionadas (y en muchos casos descartadas) por diversos estudios sobre la evolución de la cooperación, la empatía y el altruismo.

La perspectiva de redes, un “nuevo” enfoque metodológico basado en el estudio de las conexiones e interacciones entre individuos (una aplicación de la teoría de grafos), toma en cuenta estos descubrimientos y explora sus posibilidades. Ya muchos ltilizan como complemento para un planteamiento mucho más sistemático. Lo interesante en cualquier caso es que parte de la base de que nuestras redes sociales son un producto evolutivo: una adaptación que nos hace congregarnos en grupos para ayudarnos a sobrevivir (adaptación que por supuesto no es exclusiva de la especie humana). Para iniciar este recorrido y dar cuenta de sus vicisitudes, revisemos un estudio clásico de Robert Axelrod y William D. Hamilton, La evolución de la cooperación. La idea básica del trabajo (y de algunos trabajos posteriores de Axelrod) fue desarrollar un modelo matemático que recreara un problema típico de la Teoría de Juegos, el afamado dilema del prisionero. Los investigadores usaron este modelo para probar y confrontar las distintas estrategias que puede utilizar un egoísta racional en una serie de encuentros competitivos. Algunas de sus conclusiones fueron:

  1. Si dos individuos se encuentran en una situación en la que se ven obligados a elegir entre cooperar asumiendo un alto riesgo, o no cooperar asumiendo un riesgo menor, lo más “racional” para cualquiera de estos dos individuos es ser egoístas y no cooperar.
  2. Si en vez de sostener un único encuentro, ambos individuos se ven obligados a participar en un número determinado de juegos, la estrategia más exitosa sería cooperar con quien coopera y castigar a quien no lo hace, aunque en el último encuentro lo racional para cualquiera sería no cooperar, pues ya no hay forma de castigar o ser castigados por no cooperar.
  3. Si estos encuentros se suceden indefinidamente, y nadie espera que terminen pronto, la cooperación tendrá lugar también indefinidamente.

Con ésto, Axelrod y Hamilton encontraron una situación hipotética en donde lo que es bueno para el individuo (un egoísta racional) coincide con lo que es bueno para el grupo (un grupo de egoístas racionales). Aquí se explica con más detalle:

Estudios como el anterior inspiraron trabajos como “Castigo altruista y los orígenes de la cooperación”, del propio James H. Fowler, y “De la libertad a la coerción: el surgimiento de castigos costosos” de C. Hauert y otros, en donde se modela el comportamiento de un número creciente de individuos (egoístas y altruistas) sujetos al mismo dilema: cooperar o no. Tras una serie de interacciones, y después de introducir cada vez más individuos a la simulación, las conclusiones fueron las siguientes:

  1. En un primer momento, cooperar implica costos demasiado elevados, en especial frente a individuos oportunistas que no cooperan.
  2. Pese a estar en desventaja, los cooperadores forman grupos, tras lo cual maximizan sus posibilidades de supervivencia.
  3. La red de los cooperadores crece, pero a menudo se ve acosada por individuos oportunistas cuyas poblaciones también aumentan.
  4. Aparecen entre los cooperadores individuos justicieros, dedicados a vigilar y castigar a los oportunistas.
  5. Se alcanza un punto de equilibrio entre las tres poblaciones, y cuando éste se pierde colapsa la red.

Si bien en los modelos es fácil que los cooperadores se conecten para formar sus propias redes sociales, a partir de relaciones directas de reciprocidad, trasladar este supuesto al ámbito de los seres humanos no es nada sencillo. La observación más interesante es que a menudo las personas no nos comportamos como egoístas racionales, sino como cooperadores altruistas y desinteresados. Además para nosotros conectarse requiere toda una serie de habilidades para juzgar las intenciones de los otros, y ello exige hasta donde sabemos de tres elementos básicos: emociones, cognición y empatía.

2. Evolucionamos para conectarnos

El desarrollo de habilidades para imaginar lo que otros piensan y sienten, a fin de juzgar rápidamente sus intenciones y necesidades, tuvo lugar en el ser humano en distintos momentos, bajo circunstancias diversas. Hoy es muy fácil acceder a buena parte de las hipótesis que componen este campo de estudio, gracias al trabajo de etólogos como Desmond Morris, biólogos evolutivos como Stephen Jay Gould, psicólogos como Steven Pinker, y otros cientos o quizá miles de divulgadores científicos serios. Aunque aún no queda claro cómo operan estos mecanismos, hay suficiente evidencia para afirmar que vivimos bajo sus influjos y que nos conectamos por los mismos.

El primer elemento que necesitamos para conectarnos, según Fowler y Christakis, son las emociones; mecanismos neurológicos de los que todos somos conscientes, que afectan nuestro estado físico, que tendemos a asociar con actividades como oler o ver o degustar, y que también asociamos con respuestas fisiológicas como reír o llorar. Desarrollar emociones, mostrar esas emociones, y ser capaces de leerlas en los rostros y los cuerpos de los otros, se complementa con la cognición: esa capacidad que tenemos para atribuirle intenciones a todo lo que no forma parte de nosotros, a todo lo que percibimos más allá del yo. Luego debe considerarse la habilidad de la empatía, aquella que nos facilita identificarnos con los otros, sentir como ellos sienten, y que presuntamente nos motiva a la compasión y al querer compensar y hacer justicia o causar dolor.

Los seres humanos cooperamos entonces porque nacemos predispuestos para comportarnos de forma altruista. Aunque hay algunos individuos que en general sólo se preocupan por lo que suceda de sí mismos, la mayoría de nosotros no podemos evitar tener en cuenta el bienestar y los intereses de quienes nos rodean. Lo más fascinante del asunto es que el altruismo no es exclusivo del género humano, pues se ha demostrado que muchos otros animales también desarrollan conductas altruistas motivadas por la empatía. En el siguiente video, el primatólogo Frans de Waal comenta estos descubrimientos:

Muchos economistas y politólogos aún están acostumbrados a pensar, por su individualismo metodológico, que la cooperación entre egoístas racionales sólo es posible cuando los intereses y las motivaciones de todos ellos coinciden. Sin embargo este paradigma no puede explicar cómo es que las personas comienzan a desear algo. La perspectiva de redes ofrece en cambio una explicación atractiva: deseamos lo mismo que quieren aquellos con quienes estamos conectados.

3. Homo Dictyous, hombre en red

Conectarnos unos a otros significa relacionarnos, crear vínculos, y por lo tanto, redes. Por medio de estas redes nos conectamos con grupos, comunidades, pueblos o naciones. Estas redes pueden afectarnos de muchas maneras. Podemos notar su influencia en:

  1. Cómo nos sentimos.
  2. Qué cosas sabemos o asumimos como ciertas.
  3. Qué cosas deseamos o pensamos que son buenas o bellas.
  4. Qué tan saludables estamos, o qué posibilidades tenemos de contraer algún patógeno.
  5. Qué oportunidades tenemos para desarrollarnos.

Con la perspectiva de redes pueden estudiarse grupos pequeños de individuos conectados, asociaciones o comunidades organizadas, e incluso multitudes agrupadas por conjuntos. Todo lo que hay que hacer, según Fowler y Christakis, es seleccionar una o varias clases de vínculos que los unan a todos ellos (cuanto más sólidos, mejor), contar el número de relaciones que guardan entre sí (para averiguar su nivel de transitividad), y analizar las características estructurales de la red que todos forman (para saber cómo fluyen por ella estados de ánimo, informaciones, patógenos, conductas, etc.). El asunto puede tornarse todavía más complejo si se estudia una red concreta a lo largo del tiempo, pues emergen en ella propiedades singulares a causa de la interacción de sus miembros. En otras palabras, las redes sociales tienden a conservar su estructura básica (¿memoria?), desarrollan adaptaciones (¿evolucionan?), y se organizan con eficiencia para solucionar algún problema (¿inteligencia?).

Las redes sociales a las que nos incorporamos nos moldean, y pueden ponernos en situaciones sociales ventajosas o desventajosas. Fowler y Christakis advierten que la desigualdad no sólo debería atenderse desde el punto de vista de las condiciones materiales de vida, como tradicionalmente ocurre, ya que las redes sociales hacen evidente otro tipo de desigualdad que ellos llaman “posicional”, y que tiene que ver con las oportunidades que una persona encuentra en su entorno social para desarrollarse.

Afortunadamente para el individuo, la influencia de las redes sociales no es determinante. Uno puede hacer otros contactos y moldear su propia red social; puede elegir quién entra y quién sale de la misma, más allá de las opciones que le impone la red (los contactos de sus contactos). Es así como iniciamos nuevas relaciones con aquellas personas que comparten nuestros intereses, gustos, creencias, etc.

4. Contactos relevantes

La naturaleza de nuestros vínculos sociales es asombrosamente diversa. Por eso es todo un reto identificar qué contactos son relevantes para una persona. No todo se reduce a la familia, los vecinos y los compañeros del trabajo o la escuela. Hacemos amigos en muchos otros sitios, nos volvemos socios de personas a veces completamente ajenas a nuestro entorno social, y además buscamos personas con las que nos sentimos identificados por los medios más insospechados.

Dos fórmulas sencillas para identificar esos contactos relevantes son: 1)  preguntar con quién pasas tu tiempo libre o de ocio; y 2) preguntar con quién discutes los asuntos importantes. De este modo distinguimos los vínculos superficiales de los profundos, sin importar si son personales o anónimos. Sin embargo FowlerChristakis se llevaron una gran sorpresa al descubrir, entre la población de Estados Unidos, que muchas personas mencionaban deidades como parte de sus redes sociales.

Para FowlerChristakis, la personificación de lo divino, y su integración a nuestras redes sociales, responde a la necesidad de muchos seres humanos de sentirnos conectados. Del mismo modo, lo divino puede usarse como una poderosa herramienta para integrar a más personas a nuestras redes sociales, especialmente a aquellas que se encuentran incomunicadas o que han muerto. Acudimos a lo divino para sentirnos más conectados, y ello puede dar lugar a una cierta predisposición a ayudar a nuestros nuevos contactos, incluso si ello significa colaborar en sus reyertas homicidas (mejor conocidas como guerras santas).

5. Seis grados de separación, tres grados de influencia

Aunque nuestra propia red social puede tener un alcance geográfico limitado, el avance  de las comunicaciones nos ha permitido a todo el género humano acercarnos para conectarnos, quizá mucho más de lo que imaginamos. Tal vez hemos llegado al punto en donde un supuesto básico de la teoría de grafos se cumple: la idea de los seis grados de separación entre personas.

Tres experimentos apuntan en este sentido. El primero lo llevó a cabo en 1967 el psicólogo estadounidense Stanley Milgram, quien pidió a un grupo de personas seleccionadas al azar por todo Estados Unidos que enviaran una carta sólo a través de sus contactos a otra persona situada en un punto distante. En promedio la carta pasó por seis pares de manos distintas hasta llegar a su destino. El resultado fue el mismo en el año 2000, aunque en este experimento encabezado por el sociólogo Duncan J. Watts se usó el correo electrónico y una muestra de miles de personas distribuida por todo el mundo. El último de estos experimentos lo hizo Facebook el año pasado, que analizó las conexiones entre poco más de 700 millones de perfiles (un 10% de la población mundial) y concluyó que todos están conectados a cinco grados de separación (excepto celebridades y famosos).

Las propias investigaciones de Fowler y Christakis complementan esta idea con una hipótesis igual de interesante: que nuestro nivel de contagio llega hasta tres grados de separación, con los amigos de nuestros amigos. Si estamos conectados con todos por seis grados de separación, y podemos contagiar hasta tres grados de nosotros, podría decirse que cada uno de los habitantes del planeta estamos a medio camino de todos los demás

Por una red fluyen y se propagan estados de ánimo, informaciones, opiniones, conductas, hábitos, patógenos, etc. La red ejerce influencias más o menos perceptibles en casi todas nuestras decisiones, y muchas de nuestras elecciones (conscientes o no) pueden estar motivadas también por la misma red. Desde esta perspectiva, la libertad o el albedrío parecen muy poca cosa, pero lo cierto es que la red igualmente magnifica incluso pequeñas acciones que podríamos considerar “intrascendentes”, como sonreír a un extraño y que éste le sonría a otro, y éste último a otro y así…

6. Contagio y flujo

La felicidad, el miedo, la ira o la apatía son estados emocionales bastante contagiosos, y pueden propagarse por las redes sociales para beneficio o perjuicio de las mismas. Los beneficios del contagio de estados de ánimo positivos pueden ser: una mayor confianza entre los miembros del grupo; alta productividad; aumento de la creatividad; y una mayor disposición al altruismo. Estados de ánimo negativos como la depresión, podrían combatirse atendiendo la falta de contactos sociales y la falta de intimidad de las personas.

El contagio de “reacciones emocionales efusivas” puede dar lugar también a estampidas emocionales que muchas veces desconciertan y causan alarma entre la población (los psicólogos las llaman Enfermedades Pricogénicas Masivas). Aquí puedes ver una “epidemia” de risa provocada en un vagón del metro en Alemania (enlace al video). ¿Qué sentiste? ¿Te dio risa? ¿Te relajaste? ¿Te angustiaste? ¿Te dio miedo?… ¿Qué hubieras hecho de haber estado ahí? ¿Pensarías que están locos? ¿Pensarías que se burlan de ti? ¿Pensarías que algún bromista o terrorista soltó gas en el vagón?…

Además de estados emocionales, por las redes sociales fluyen informaciones como:

  • Puntos de vista éticos
  • Concepciones morales
  • Ideologías políticas
  • Dogmas religiosos
  • Y en general cualquier tipo de argumentos y creencias

Tanto en la vida real como en internet, la información suele emplearse más para reforzar opiniones que ya se tienen que para intercambiar puntos de vista divergentes, a fin de evitar la disonancia cognitiva y las típicas dudas que suele traer consigo (¿quién soy?, ¿qué es la vida?, ¿qué se supone que haga?, ¿cómo termina todo esto?). Así se construyen percepciones sobre identidades, políticas, instituciones, etc.; todo con tal de mantener a un grupo unido y ordenado bajo cierta configuración.

7. Poder en la red

Para Fowler y Christakis, una posición central en la red al momento de nacer puede beneficiarnos con riqueza, educación y salud; cualidades todas ellas sumamente valoradas por todo lo que pensamos que nos aportan: abundancia de recursos, información útil, respaldo social, atractivo sexual y poder en cualquiera de sus formas. Pero ello implica al mismo tiempo adquirir una cultura, una serie de ideas, conductas y hábitos relacionados con dicha posición dentro de la red. No es extraño entonces que algunas personas nazcan predispuestas socialmente a desempeñar ciertos roles dentro de la red, o que al abandonar estos destinos la red los reemplace conservando el rol intacto, o acaso con pequeños cambios.

Si bien es un hecho que la red confiere toda clase de beneficios al que está mejor conectado, también es muy cierto que somos demasiados, que todos vivimos de formas muy distintas, y que cada vez vivimos en sociedades menos igualitarias. Ya se dijo líneas arriba que las redes sociales pueden ampliar estas desigualdades, pero falta decir cómo el conocimiento de las redes sociales puede ayudarnos a combatirlas. Un forma son las Tandas; grupos (en su mayoría de mujeres) que ahorran en conjunto, dando cada cual un monto mensual para luego por turnos disponer de lo ahorrado. En México (especialmente en el sureste) y en muchas otras partes de América Latina, esta forma de ahorro supera a los bancos tradicionales y a las cooperativas, y funciona muy bien  porque la interacción y la presión del grupo generan solidaridad, sentido de pertenencia y responsabilidad para cumplir con los pagos (el índice de fraudes en tandas es ridículamente bajo). Otra opción es otorgar pequeños préstamos a grupos reducidos (de nuevo en su mayoría a mujeres) que de otro modo no tendrían acceso al crédito. Muhammad Yunus aplicó esta idea en su natal Bangladés, a través de un pequeño banco rural que él mismo fundó (el Banco Grameen), mismo que lo ha proyectado a la fama como “el banquero de los pobres”, y que le hizo acreedor al Premio Nobel de la Paz en 2006.

El problema de las desigualdades sociales también suele motivarnos a muchos a la Participación Política, especialmente a aquellos que padecemos sus desventajas y que nos sentimos identificados con quienes peor las sufren. Sin embargo como en todo, lo único claro es el problema, no sus soluciones. Las redes de activistas y políticos se agrupan por afinidades ideológicas, y muchas veces trascienden las estructuras de los partidos o las organizaciones que en teoría les representan. Ambos hacen públicas sus conexiones, tanto para mostrar el grupo al que pertenecen como para mostrar cuán poderosos son aparentemente, aunque al sentirse observados a veces ocultan algunas de las relaciones que pueden restarle simpatías o apoyos.

Una observación interesante para las democracias modernas es que la velocidad con la que un grupo llega a algún consenso depende de la configuración de la red, y no tanto del sistema de votación. En los sistemas políticos presidenciales, las condiciones estructurales generan un alto nivel de polarización, de modo que el fenómeno de votar desde la adscripción a un grupo se magnifica. Tal proceder, según Fowler y Christakis sucede de la siguiente manera:

  • Votamos para impedir que “uno de quienes nos amenazan” gane.
  • Votamos para que “uno de nosotros” gane.
  • Votamos por un candidato sin posibilidades de triunfo, sólo porque “es uno de nosotros”.
  • Votamos por un candidato sin posibilidades de triunfo, “aunque no sea uno de nosotros”, sólo porque estamos de acuerdo con alguna de sus propuestas.
  • Nos abstenemos de votar porque “ningún candidato es como nosotros”, y por el contrario, “todos son una amenaza”.

Podríamos pensar entonces que quizá la política sea adoptar una identidad y ubicarse al centro del grupo. Pero en grupos tan grandes como los nuestros, ello no puede ser sencillo. Aquellos que buscan el centro de la red, aquellos que se confrontan por el poder de persuadir o coaccionar al mayor número de personas (independientemente de sus intenciones y sus justificaciones), a menudo se valen de profesionales de las redes sociales: publicistas, cabilderos, especialistas en relaciones públicas; hombres y mujeres que se dedican a trabar relaciones con quienes consideran influyentes, para luego cobrar por realizar algún contacto o por tratar de influir sobre algún miembro de la red. Y cómo no, si son millones los que integran nuestras redes nacionales, por no hablar de esa gran red que es el género humano.

8. Redes sociales e internet

No todos somos tan ambiciosos como para intentar controlar las enormes redes sociales contemporáneas. De hecho, en general la especie humana tiene muchas dificultades para manejarse en entornos de más de 150 personas. Después de pasar años observando primates y humanos, al antropólogo y biólogo británico  Robin Dunbar llego a dicha conclusión, pues aunque hablemos de tribus del neolítico o de unidades militares antiguas o de aldeas remotas en la actualidad, el número es el mismo: 150. La hipótesis central del Número de Dunbar es que más allá de este límite no podemos relacionarnos directamente ni vigilarnos ni controlarnos (conducta predicha por los modelos de Fowler y C. Hauert).

A partir del desarrollo de nuevas tecnologías de la información y la comunicación, muchos comenzaron a preguntarse por los efectos de tales medios y servicios de comunicación en nuestras vidas y nuestras relaciones. Se ha dicho, por ejemplo, que todo ello debilita la manera tradicional de vincularnos, ya que provoca el rechazo de interacciones personales y fomenta conexiones superficiales que luego nos dejan insatisfechos (¿depresión por desconexión?). Pero eso es lo negativo. Igualmente se ha dicho que tecnologías y servicios que se valen de redes sociales amplían y complementan la forma en que nos comunicamos, pues a pesar de las distancias permanecemos conectados, y porque a pesar de todo seguimos interactuando con otras personas y seguimos creando vínculos profundos (aunque algunos permanezcan anónimos).

¿Qué hay detrás entonces de esos cientos o miles de seguidores en twitter? ¿Qué significan en realidad esos miles de “likes” en Facebook? Lo más probable es que esos números no reflejen la cantidad de amigos íntimos que tenemos, aunque estos “lazos débiles” sí pueden decirnos mucho sobre cómo nos perciben y qué expectativas tienen nuestros contactos sobre nuestra persona, nuestros servicios, nuestros productos, etc. Y todo ello constituye información invaluable que puede sernos muy útil.

9. Redes sociales y cultura popular

El libro de Fowler y Christakis tiene muchísimos datos más que podrían seducirnos y maravillarnos, como el contagio de la obesidad o el atractivo social desde el punto de vista femenino, la eficacia de encontrar trabajo a través de redes sociales, o diversos fallos de mercado provocados por situaciones absurdas. Cuando se trata de ilustrar el poder de las redes sociales y su impacto en nuestras vidas, anécdotas sobran. Los mismos autores se han convertido en celebridades por participar en conferencias donde divulgan sus descubrimientos. Pero en vez de cerrar esta entrada con alguna de sus conferencias, he preferido dejar al último un capítulo de Redes que seguro les va a gustar. Viene en tres partes, pero sólo pondré el video con el que inicia la emisión. Disfrútenlo. Saludos.

*Actualización

He descubierto otro gran video que ilustra el poder de las redes sociales. Se trata de un documental llamado Complejidad, futbol e inteligencia colectiva. Lo encontré por el blog Humanismo y Colectividad. Me gusta porque ilustra de manera excelente una de las propiedades emergentes que tienen las redes, la inteligencia colectiva. Disfrútenlo.

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Lecturas adicionales:

El origen arcaico de las redes sociales

Esclavos de la minoría

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