Crónica de un viaje astral

Para toda la banda psiconauta que seguido me atosiga con el asunto de los hongos, ahí les dejo una breve crónica, y la promesa de un nuevo viaje a partir de noviembre. Saludos…

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Hace unos días anduve en Huautla de Jiménez, un pueblo perdido entre Oaxaca y Puebla cuyo principal atractivo son sus hongos alucinógenos (y su exótico culto a María Sabina)… Queríamos probar los hongos al estilo ritual. Llegamos un viernes temprano y nos instalamos enseguida, en una casa en lo alto del cerro de Huautla, con una familia de indígenas mazatecos que no hablaba muy bien el español.

El pueblo se encuentra en la región de la cañada. Son siete horas de camino desde México hasta Huautla, por una ruta sinuosa, viajando entre cerros. La vista del bosque desde las laderas es impresionante: observas que el cielo se funde con los árboles; miras las nubes de tan cerca que hasta sientes que vuelas; y el ruido del agua entre cascadas y ríos te acompaña en tu viaje.

Después de una comida ligera y de un paseo por el pueblo, volvimos a la casa para bañarnos y descansar. Por la tarde comeríamos los hongos alucinógenos. Luego de una breve siesta nos acomodamos en el patio, frente a un altar con una virgen y en compañía de la familia. El hijo mayor de la pareja de ancianos traducía para nosotros. “El viaje cuesta 30 pesos”, nos dijo, pero se refería a las familias de hongos frescos que comeríamos. Para los hombres la dosis sería de cuatro “viajes”, y para las mujeres de tres. Había un monto adicional por los servicios de la anciana chitá-chone (mujer sabia), que nos guiaría durante el viaje. No recuerdo su nombre.

Antes de comenzar el ritual, los ancianos prendieron un poco de copal (incienso). Luego de una breve charla trajeron los hongos. La anciana comenzó a rezar en mazateco y a echarnos el humo. Luego preparó una mezcla de hierbas y nos las colocó en los brazos, dibujando una cruz. Y así, con el ruido de la lluvia y contemplando la niebla, nos miramos en silencio. Justo después de concluir el rezo, comenzó a oscurecer.

No es fácil olvidar el sabor de estos hongos. Tampoco su forma, su color o su aroma. De un tiempo atrás los recordaba agrios, carnosos, blancos y jugosos. Pero eran sólo unos, los que llaman de “San Isidro” o “angelitos”. Esta vez probaría también los “de derrumbe”, pequeños y ácidos de color marrón; y los famosos “pajaritos”, oscuros y largos con olor a tierra. El pronóstico entonces era fácil de adivinar. Y esa frase que tanto nos decían la volvimos a escuchar: “buen viaje muchachos, buen viaje”…

Mientras comíamos nuestros hongos nos presentaron a Sara, una antropóloga de la ENAH que estaba de visita, trabajando en su tesis sobre el turismo de psicoactivos en Huautla de Jiménez. Luego de un breve intercambio, Sara nos reveló algunas de sus hipótesis de trabajo. Por ejemplo, nos dijo que el perfil del turista se ajustaba a tres grupos, a saber: la vieja guardia hippie de los 60-80; la banda pacheca del nuevo milenio; y ese grupo heterogéneo que llega buscando remedios y curas para sus muy particulares afecciones.

Aunque la charla se tornaba cada vez más interesante, sonoros bostezos la interrumpían de cuando en cuando. Comenzaban los efectos del hongo en nuestros cuerpos. Pero no queríamos retirarnos sin oir del significado de los rezos de la anciana, que para entonces cantaba “San Pedro”, “San Pablo”, “Chicón Chicón”… “María Sabina”, “Chicón”… “María Sabina”, “mujer estrella, mujer de luz”… para terminar su canto con “Chicón Chicón”…

La cosmovisión del mazateco es increíble, nos dijo Sara. Su pueblo sobrevive en constante negociación con los espíritus de la naturaleza, los susodichos “chicones”. Los hay del cielo, de los ríos, de los montes, de las cuevas, del bosque y de las peñas los chicones. Y a ellos pertenece tanto el suelo como el agua, el viento, los árboles y todas las especies que habitan la región. El mazateco requiere de su autorización para vivir en Huautla, de modo que ofrenda lo que puede para asegurarse un buen trato. Y a pesar del sincretismo con la religión católica, las tradiciones perduran y la cosmovisión permanece, cambiando y adaptándose, porque sigue la idea de que el suelo no es suyo, de que tarde o temprano los espíritus de la naturaleza le harán pagar a uno por su mal comportamiento.

Huautla es un pueblo entre laderas y cerros. Además, llueve mucho. Noticias de accidentes y deslaves son por desgracia tan frecuentes como las peleas por tierras o como las fantásticas historias de aquellos infortunados turistas que se quedaron “en el viaje”. Ya un poco asustados nos despedimos de Sara. Entramos a un cuarto pequeño y oscuro. Afuera llovía.

El hongo, como muchas otras sustancias alucinógenas o psicotrópicas, ha sido usado desde siempre como un medio de comunicación con lo sobrenatural y lo divino. Por lo que sé, la creencia general es que el “sabio” o “curandero” (chamán), abandona su cuerpo para presentarse con los espíritus de la naturaleza o el inframundo, ante los cuales intercede por la vida de su paciente, ya sea para “curarle” de algún mal o para “revelarle” su destino. Por ello, tanto el hongo como la mariguana o el peyote, entre otras “medicinas”, son consideradas sagradas.

La ingesta tradicional reviste un carácter igualmente sagrado. Sus objetivos son claros: curar en primer sitio; acceder a un “estado de iluminación” en segundo término; y en última instancia, establecer un lazo sagrado con fuerzas sobrenaturales o con la sabiduría de personas muertas. La experiencia de la ingesta tradicional, por lo mismo, es una mezcla entre lo místico y lo religioso. De ahí las ceremonias y los cantos que caracterizan al ritual.

En un cuarto pequeño y oscuro nos sentamos tranquilos. De lejos se oían los rezos y la lluvia. De a poco se sentían los olores de la tierra y el incienso. En ese cuarto pequeño estabas solo, abandonado, lidiando contigo mismo. Porque eras tú y tus pensamientos, tú y tus miedos, tú y tus creencias y tus dudas. Eras tú y tus circunstancias. Tú y tus sensaciones. Tú y el cúmulo de “visiones” que el entorno te evocaba. Eras tú, frente al espejo derruido que no sueles mirar.

Dicen por ahí que cuesta trabajo aceptar lo que somos. Por mi parte yo pienso que cuesta más averiguarlo. En una noche como ésta, pero dos años atrás, me di cuenta por mi mismo de que uno es solamente lo que intenta ser con lo que hacen de uno. Para bien o para mal, me tocó ser un niño entre siete peleando por la atención de una madre que no me había parido. Me tocó ser un extraño, un intruso. Fui visto también como un pobre advenedizo. Donde sea que llegaba tenía que esforzarme por estar a la altura. Tenía que esforzarme si deseaba encajar, formar parte, ser. Sin embargo hubo un momento que decidí romper con este esquema que me hacía sentir tan miserable e infeliz. Fue un momento en el que abandoné todo lo que creía saber sobre el mundo, incluso la religión.

Con todo esto en mente aquella noche en Huautla, en medio del trance, esbozaba una sonrisa. Estaba tranquilo. Sentía paz. Al principio había tenido la sensación de estarme undiendo, pero ahora flotaba como las nubes que rodeaban al cerro. Ligero como la nube. Me hubiera gustado en verdad volar.

A diferencia del consumo con fines recreativos, la ingesta tradicional tiene sus reglas y sus fines. Los mencioné anterioremente: curar, acceder a un estado de “entendimiento” o “iluminación” nuevo, y en última instancia comulgar con lo divino, su escencia y su sabiduría. En cada ocasión las reglas cambian, como cambian también las dosis y sus “agregados”.

Por respeto a la costumbre nos abstuvimos de sexo y alcohol tres días antes del consumo. Por respeto, sí, pero también por precaución: las reglas que impone la tradición tienen su lógica, sus razones, como el que una serie de sustancias químicas pueda comprometer nuestra salud en circunstancias poco usuales. No se trata de la misma clase de “respeto” que suscita el temor reverencial. La experiencia como “turista” es diferente por lo tanto a la del “nativo”.

Con hongos frescos, recién cortados, nos aventamos este viaje. La dosis fue leve, y los efectos “manejables”. Un ligero mareo anunciaba lo que a continuación experimentaríamos: la sensación de que el cuerpo se tornaba más ligero, o en todo caso ausente; la distorsión de las formas y la transición entre colores; el eco de ruidos normalmente imperceptibles; y lo más importante, la impresión de que todo cuanto ocurre al rededor evoca “algo”, “significa”…

Debido a mi incapacidad para creer que el alma o la conciencia se desprende del cuerpo, por un momento pensé que tal creencia pudo haberse originado en esta clase de experiencias. De igual modo, como sientes que “tiembla” o que “te hundes” o que “flotas” a la deriva, me vino otro pensamiento: que el miedo suscita la necesidad de “asideros”, piedras y suelos para aventurarse a caminar, compañía para expresarnos y aquejar nuestras soledades, metas y modelos para guiarnos por el tránsito incierto que comprende nuestra vida.

Quería hablar de estas ideas, pero a tiempo me contuve. Una voz entre nosotros abogaba por nuestro regreso, evocando la imagen de María Sabina, al tiempo en que pedía por nuestra salud y bienestar. No quise ser un aguafiestas. Pero lo cierto es que a menudo me comporto como tal, sin mucha consideración por los sentimientos que se esconden tras las ideas que suelen parecerme bastante locas o absurdas. No considero demasiado que al hablar de todo ello pueda herir susceptibilidades, ofender personas, causar daño… y tal vez ésto no es correcto.

Me guardé estas reflexiones para comentarlas en otro momento, con otras personas. Mis compañeros de viaje mostraron de igual modo una actitud similar, aunque sus pensamientos estaban por supuesto motivados por otra serie de inquietudes, muchas de ellas personales, inenarrables, inconfesables.
Pasamos al otro día a despedirnos de la familia que nos acogió en su casa y nos brindó el “servicio”. Compré entonces unos cuantos hongos más, aunque el viaje que me puse con ellos no fue nada grato: fue un completo aluscine.

Epílogo

Al volver de mi viaje a Huautla traje conmigo unos hongos, con la idea de experimentar sus efectos en un entorno distinto. Los metí en un tóper dentro de una bolsa negra en lo más hondo del refri, y se quedaron ahí dos semanas hasta que tuve la oportunidad de comerlos bajo las condiciones que esperaba: casa sola, noche tranquila, cero alcohol y completa oscuridad (por precaución). Contaba con que una amiga me acompañaría, pero finalmente no fue así.

Sin embargo, lo que hice a continuación fue una perfecta estupidez, pues el estado de los hongos no era precisamente bueno. Me imaginé que si los comía con un poco de miel, el riesgo sería mínimo, de modo que los tomé como a eso de las 10 de la noche un domingo de julio. Luego me fui a mi cama y me acosté a esperar.

Aproximadamente veinte minutos después comencé a sentir un ligero mareo. Enseguida, los bostezos; éso que hace tu cuerpo para evitar que te duermas. Más tarde dejé de sentir plenamente mis brazos y mis piernas y mi torso, como cuando te mueves sin fuerza, como cuando te dejas caer o como cuando sientes que te hundes lentamente en el agua. Todo iba bien, bastante bien… ya hasta comenzaba a ver destellos en el techo.

Lo que me gusta de los hongos es el flujo de ideas que te vienen a la mente, que caen como cascada en tanto sientes cada gota con un sabor particular. La más ligera de las sensaciones te evoca toda clase de recuerdos, toda suerte de interpretaciones. Quizá por ello dicen que el trance te ayuda a acceder a un nuevo tipo de conocimiento, una especie de sabiduría desconocida y significativa, acaso como un estado de iluminación o entendimiento. Pero lo que no suelen decirte es que este trance tiene un ritmo, y hay veces en que el flujo de ideas se acelera tanto que no puedes controlarlo. Entonces entras en pánico.

Me recuerdo esa noche a un mismo tiempo rodando sobre mi cama y dando golpes contra la pared, soltando patadas, sacudiéndome súbitamente y padeciendo espasmos. Sucedía todo ésto a un ritmo vertiginoso y caótico. Y por supuesto, tenía miedo. “¡Qué pendejo!”, me decía a mí mismo. “¡Qué pendejada hice”… Mi corazón latía bastante rápido, y con sus latidos escuchaba ecos, tun tun, ecos, tun tun, ruidos, tun tun, aire, tun tun, agudos…

En un intento desesperado por mantenerme tranquilo, me hice bolita en la cama y empecé a moverme rítmicamente, como hacen los niños cuando están nerviosos… undos, undos, unodos, igual… Y pensaba “¡ya!, ¡ya!, ahorita se me baja, ahorita se me pasa, ahorita pasa el hongo”, pero el hongo no pasaba, el hongo no se me bajaba, no dejaba de empujarme. Y murmuraba yo “que se me baje, que se me baje, que se me baje”… no lloraba, pero casi, porque tenía la sospecha de que si me rendía ahora, a lo mejor me moría.

El cuarto se hacía gris, un gris homogéneo, y yo envuelto entre cobijas, sudaba. Afuera llovía, y además hacía frío. Pero yo envuelto en mis cobijas, sudaba. Me sentía como manejando una carcachita que avanza poco a poco con su ruido de engranajes y explosiones, ta ta ta, ta ta ta ta ta, undostres, ta ta ta ta ta… daba vueltas el cuarto, la cama, mi cuerpo ligero, y ni bien veía “algo” comenzaba a recordar cosas que no lograba “procesar” porque entonces veía otra cosa que me hacía recordar algo que no me quedaba del todo claro porque ya estaba pensando en otra cosa y así… ¡Ah!

Se me ocurrió que a lo mejor podía controlar el efecto si me concentraba lo suficiente pensando en algo o en nada. Lo intenté varias veces, y aunque no lo conseguía, de algún modo ésto me hacía sentir más tranquilo (el intentarlo), unas veces cerrando los ojos, y otras más fijando la mirada en algún punto, como tratando de mantener todo en su sitio. Pero la sensación era de montaña rusa: unos segundos de tranquilidad y luego !zaz!, abajo, a rodar…

Pensé entonces en ir al baño a para tomar un poco de agua y que así se me bajara el hongo. Sólo que al levantarme de la cama me sentí desfallecer, y éso hubiera sido un gran alivio si hubiera ocurrido completamente. En verdad lo deseaba. No me hubiera importado. En cualquier caso, lo que hice fue morderme un brazo para estar seguro de “despertar”… la mordida me dolió sólo un momento, pero en mi paranoia no sabía ya si estaba dormido o despierto, o si a lo mejor estaba como en un sueño lúcido. A lo mejor, tal vez, realmente estaba muerto… Como sea, ya me había quedado “aquí”, en el pinche viaje, por pendejo.

Me mordí de nuevo el brazo, aunque pensé que ya lo había hecho muchas veces. A lo mejor llevaba años mordiéndome ese brazo… pensé en ensartarme una pluma en la panza, pero me disuadió la idea de que quizá ya lo había hecho alguna vez en otro momento. Tenía la idea de que quizá ya había vivido muchas vidas antes y sólo ahora cobraba consciencia de que mi “esencia” no moría, porque esa “esencia” no era exclusivamente mía, sino que eramos todos volviéndonos materia consciente en una secuencia infinita de instantes imperceptibles, y yo había logrado safarme de todo ello, quedando como en el limbo, tal vez por voluntad propia

No recuerdo ya los pensamientos que siguieron a este insólito “despertar”, pero sí tengo presente que en todo este tiempo no dejé de moverme, al ritmo de los latidos de mi corazón. Además, por alguna razón veía más luz afuera, de modo que me animé a estirar la mano para prender el radio, aunque dudaba de que realmente estuviera ahí estirando la mano.

Una vez que lo conseguí, la voz de Carmen Aristegui me hizo llorar de la alegría, pues al parecer seguía con vida, y no me había vuelto loco ni me había quedado en el viaje. Como a las 7 de la mañana me dormí…

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