Elisabeth Noelle-Neumann, La espiral del silencio

El que sigue es un resumen de un libro fascinante: La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, de la periodista, comunicóloga y politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann. Espero que lo disfruten. Saludos

La hipótesis del silencio

En los años setenta, cuando la autora trabajaba midiendo la intención del voto en procesos electorales, algo llamó su atención: que los empates registrados no se confirmaban en las urnas. Por entonces se decía que los electores simplemente se sumaban – de último momento – al “carro ganador”; la opción que se percibía con mejores perspectivas. El argumento era que muchos cambiaban su voto, para incluirse dentro del grupo triunfador en la elección.

A Noelle-Neumann este argumento le parecía poco convincente, debido a una observación inadvertida por varios de sus colegas: la disposición a pronunciarse por parte de los que confían en la victoria de la opción que prefieren; y la tendencia a guardar silencio entre quienes piensan que su opción preferida perderá. Ambos hechos darían forma a la hipótesis del silencio.

Para averiguar por qué unos se decidían a hablar sobre sus elecciones, mientras otros preferían guardar silencio al respecto, se hicieron varios experimentos de laboratorio. Con ello se descubrió que si se le pedía a un grupo cerrado elegir entre distintas opciones individualmente, en presencia unos de otros, al menos seis de cada diez dudarían de sus elecciones iniciales, cambiándose a la opción preferida por la mayoría, y sólo dos de cada diez mantendrían sus elecciones. Todo apuntaba a que las personas cambiaban sus elecciones por temor a quedar aislados del resto.

En pruebas de campo, se procedió a averiguar qué tanto las personas estarían dispuestas a defender sus convicciones, aún si el entorno favorecía opiniones contrarias u opciones diferentes. De este modo quedó al descubierto que en general son los hombres, y no las mujeres, los que conservan la disposición a defender su elección; los jóvenes antes que las personas mayores; y las personas de clases altas y medias antes que de clases bajas. Pero más allá de estas correlaciones, en todos los casos podía establecerse la inseguridad y la baja autoestima de la persona como causa de su silencio o su cambio de opinión.

Si en pruebas como estas se creaban las condiciones para disuadir la expresión de ideas u opiniones contrarias a las mayoritarias, el éxito de tales mecanismos de disuasión se correspondería con un elocuente silencio. Y así sucedía. Por ello Noelle-Neumann llegó a pensar que todos, de algún modo, estamos en condiciones de distinguir los puntos de vista mayoritarios de los minoritarios, de tal forma que podemos elegir (y lo hacemos regularmente) sumarnos a las expresiones mayoritarias, o bien guardar silencio, para evitar el aislamiento.

Implicaciones políticas

Noelle-Neumann no fue la primera en pensar que todos podemos percibir de algún modo la opinión de la mayoría; habilidad que tendemos a usar para evitar quedar aislados del resto. Esta idea puede encontrarse en los escritos de Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam, John Locke, David Hume y Alexis de Toqueville, entre muchos otros. Todos estos autores asocian al gobierno con la opinión mayoritaria. Algunos incluso asocian esta opinión con lo divino, por la fuerza con la que se impone tanto a gobernantes como a súbditos o ciudadanos: vox populi, vox dei.

No obstante, por casi cien años esta particularidad se evitó como objeto de estudio e investigación científica, quizá por la misma razón que los etólogos se resistieron a comparar la conducta de los animales con la de los seres humanos: por nuestra incapacidad para reconocernos como criaturas de la naturaleza.

Quizá otra razón para no indagar más sobre esta característica de nuestra naturaleza es que la idea de que nuestras libertades dependen de lo que el grupo nos permite, evoca de algún modo lo que se conoce como “tiranía de la mayoría”, aún o especialmente en regímenes democráticos, por el poder coercitivo que ejerce. De ahí que se intentara racionalizar la conducta de evitar el aislamiento como acto racional (consciente) de imitación, tanto para aprender algo como para deliberadamente parecerse a alguien. Para Noelle-Neumann ambas hipótesis son lógicas, pero no suficientes. Por eso prefiere considerar esta conducta como una reacción instintiva más que como un acto racional.

Durante el siglo XX pasamos de identificar la opinión general del todo con el gobierno, a identificar únicamente las opiniones particulares de representantes o notables con ello. Se asumió que estas personas eran las únicas capaces de defender sus opiniones frente a la presión de la mayoría; hecho que las convertía en líderes de opinión, pero también en agentes de control social (tanto del individuo como del gobierno). Pero… ¿lo son?

De este modo se llegó a entender por opinión pública la opinión de unos cuantos, hecho que para Noelle-Neumann supone un reduccionismo a la medida de los periodistas, y de todos aquellos relacionados con los medios de comunicación masivos.

Evolución de la opinión pública

La tendencia a permanecer con el grupo pudo haber evolucionado, en nuestra especie y en otras, como una estrategia para evitar los peligros del aislamiento.  Se trata de una conducta que beneficia tanto al individuo como al grupo. Es básicamente lo mismo que sucede con los peces: formar bancos y nadar en grupo les ofrece cierta protección, pero necesitan mirar constantemente a sus compañeros para permanecer con ellos.

Podría decirse en cierta forma que todos somos vulnerables al modo en el que el medio nos juzga y nos trata. Y esto puede verse con más claridad en pequeñas tribus y en sociedades no muy numerosas, donde las costumbres y la tradición gobiernan. Ahí la primera sanción a un transgresor menor es la marginación, la estigmatización, la burla y el ridículo, empezando por los individuos más próximos a él o ella. Luego en la medida que el grupo crece, los procesos de opinión llevan al surgimiento de sistemas judiciales más o menos complejos, para la resolución de controversias. Sin embargo los paralelismos entre estos grupos humanos relativamente pequeños y/o aislados y nuestras sociedades modernas no paran aquí.

Los fenómenos de masas también nos muestran el poder de la opinión pública. A decir de Noelle-Neumann, los individuos se integran en una masa concreta, movilizada, para ejercer una sanción colectiva cuando el clima de opinión favorece esta conducta. Después de todo, formar parte de la multitud es emocionante y estimulante, pues deja una sensación de acompañamiento que llena de orgullo y aparenta un poder y una fuerza irresistibles, como si nada pareciera imposible. Además, en la masa nadie juzga ni se juzga para no quedar aislado. Por eso las multitudes frecuentemente pierden el sentido de la realidad, volviéndose peligrosas.

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También pueden tomarse las modas como ejemplo de nuestra tendencia a evitar el aislamiento, porque más allá de que generan la ilusión de que las diferencias sociales en una organización o estructura jerarquizada no existen, las modas operan bajo una lógica integradora: incluyen o excluyen, aunque parezca que sólo son un juego; imponen hábitos, costumbres y/o estéticas que se asocian a la pertenencia de un grupo.

La fuerza de la opinión pública

Para Elisabeth Noelle-Neumann, ya que poseemos una tendencia natural a evitar el aislamiento, la fuerza de esta conducta puede detectarse en el mantenimiento del orden vigente, como una especie de presión colectiva conservadora; una presión social al conformismo relacionada directamente con sociedades igualitarias, donde la opinión de cualquiera es igualmente válida.

Esta presión como se ha dicho, tiene la característica de ser integradora, pues organiza al grupo en asimilados y aislados. Por ello para Noelle-Neumann…

Opinión pública son todas aquellas expresiones y comportamientos que pueden y deben manifestarse en público, para hacer visible nuestra pertenencia al grupo y no vernos aislados.

La presión es psicológica, aunque puede llegar a convertirse en violencia física. Por eso se supone que tenemos la capacidad de reconocer la opinión pública, aunque no todos lo hacen. Generalmente quienes afrontan el miedo al aislamiento, o quienes carecen del mismo, son los innovadores o reformadores del grupo. Estos individuos se exponen no sólo a la censura o al ridículo, sino también a la hostilidad y la violencia, a veces no únicamente por una actitud voluntarista, pues este comportamiento también se asocia con patologías como:

  • La necesidad de llamar la atención
  • La incapacidad de comprender a otros
  • La obsesión por auto-realizarse a costa de otros.

Formarse una opinión distinta a la opinión pública requiere que la percepción individual, la forma en que nos representamos mentalmente el mundo, sea distinta a la percepción colectiva. Según Noelle-Neumann, esto es posible gracias a que nuestra percepción se nutre de experiencias significativas de todo tipo, propias y ajenas, ya que es imposible conocerlo todo, utilizamos abstracciones: representaciones del mundo que pueden considerarse pseudo-realidades hiper-simplificadas.

Como la opinión pública no puede contener todas estas representaciones, como sólo puede haber una sola representación colectiva, la opinión pública se vuelve un campo de batalla. En él todos luchamos por defender ideas y conductas para que el resto las apruebe, o luchamos para desacreditar otras ideas o conductas para que el grupo las rechace. Y en ello se nos va la vida.

A decir de Noelle-Neumann, en la sociedad puede haber núcleos duros, permanentemente dispuestos a expresarse sin temor, y vanguardias o grupos de opinión que les rodean y les defienden en debates públicos, pero que pueden ser convencidos por otros. Como éstos últimos suelen estar mejor capacitados para argumentar a favor de sus ideas, los duros no pueden permitirse perderlos, aunque irónicamente, como todo mundo, los duros tienden a relacionarse más con quienes comparten sus puntos de vista. Por eso las mayorías suelen ser bastante más moderadas.

Opinión pública y medios de comunicación

La premisa fundamental de la tesis de la espiral del silencio es que las posiblidades de formar parte de la realidad colectiva percibida son mínimas para algo que no se cuenta, que se calla o se oculta para evitar el aislamiento. De ahí se desprende la idea de que la opinión pública y la opinión publicada son básicamente lo mismo. Los puntos de vista que no se representan en los medios de comunicación, enmudecen ante la opinión pública: pierden apoyo y legitimidad.

En los medios entonces es donde mejor se aprecia la competencia de los grupos de opinión por generar aprobación o rechazo hacia distintas opiniones. Por ellos se suministran los argumentos para defender o atacar puntos de vista públicos. En consecuencia, siguiendo a Niklas Luhmann, los sistemas políticos contemporáneos se guían menos por las reglas que rigen la toma de decisiones, que por los temas que suscitan el interés público.

Noelle-Nuemann afirma que los procesos de comunicación que se organizan en función de algún acontecimiento público relevante, siguen más o menos este patrón:

  1. La sociedad y los medios de comunicación se orientan hacia un tema apremiante, en espera de solución, mientras suscita el interés público
  2. Se plantean fórmulas para que el tema se discuta públicamente, a fin de generar aprobación o rechazo
  3. Se adoptan posiciones a favor o en contra
  4. Si se llega a algún consenso, se toma una decisión o se actúa en consecuencia
  5. Si no se puede llegar a un consenso, el tema se replantea para volver a generar interés, y luego para buscar su aprobación o rechazo

Conclusión

El fascinante planteamiento de Elisabeth Noelle-Neumann se asemeja y nos recuerda a la Teoría de las Redes Sociales, donde las conexiones entre individuos influyen sus ideas y conductas. Pero va más allá, pues considera que la tendencia a evitar el aislamiento es una reacción natural que no sólo da forma a nuestras sociedades, sino también a nuestra personalidad y nuestras convicciones individuales.

En verdad asombra descubrir cuán poco sabemos de nuestra especie, y cuánto nos parecemos a otros animales sociales para los que el grupo es a la vez refugio y espacio vital de auto-realización.

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Bibliografía

Noelle-Neumann, Elisabeth. La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Paidós, Madrid, 2010.

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Isaiah Berlin, ¿Existe aún la teoría política?

Hola. Con esta entrada quiero dar inicio a una serie de observaciones y reflexiones sobre la justicia, un término que para muchos es fundamental en política, quizá porque sirve tanto para reclamar como para justificarse, o tal vez porque evoca la idea del mérito o del derecho. Como introducción al tema presentaré un texto de Isaiah Berlin, uno de los filósofos liberales más influyentes del siglo pasado. Su crítica sobre el arribo de los teóricos de la justicia me parece ineludible, pues revela muchos de los problemas e implicaciones de sus propuestas.

1. ¿Para qué sirve la política? ¿Cuál es su finalidad?

El debate contemporáneo sobre la justicia y la política tiene su origen en Justicia como equidad, ensayo escrito en 1957 por el filósofo estadounidense John Rawls, pero que fue publicado en 1958 por la revista Philosophical Review. La idea básica de Rawls era proponer una fórmula para constituir un orden institucional justo, que se apegara a una serie de principios morales plenamente justificados. Sin embargo el dispositivo para justificar tales principios – un dispositivo contractualista -, no fue conocido sino hasta 1971, cuando Rawls publicó Una teoría de la justicia. Podrán leer sobre este tema en la siguiente entrada de mi blog, dedicada precisamente a Rawls y su teoría de la justicia.

Pero volviendo al tema, de la obra de Rawls se dice que vino a revitalizar la filosofía política, pues generó muchos debates sobre la finalidad  y la racionalidad de nuestras acciones individuales y colectivas. Uno de ellos planteaba que si el propósito de hacer justicia se tomaba como un fin autorizado, en razón de su relativo consenso (en Estados Unidos), entonces podíamos dejar de hablar de filosofía política para comenzar a hablar de ciencia: una Ciencia Política orientada al desarrollo de los mejores procedimientos para hacer justicia (como se piensa ahora al derecho), tal como la ciencia médica se propone encontrar las mejores prácticas para una vida en salud.

En 1961, bajo el título de ¿Existe aún la teoría política?, Isaiah Berlin publicó una crítica a Rawls y a sus seguidores. Su primera observación fue que hablaban de la justicia como un fin social dado, como un valor universalmente aceptado, y no como un asunto en permanente discusión. Tomaban la justicia como un imperativo moral, y sobre esta base discutían qué principios de justicia y qué procedimientos de justicia podían calificarse como universalmente deseables y mejores.

Berlin estaba en desacuerdo con esta forma de pensar, pues consideraba que desde siempre han existido controversias por los múltiples fines que todos nos damos, especialmente si chocan con los fines de otras personas. Desde su punto de vista, la filosofía política existe porque trata de estas controversias, y basta con mirar cualquier libro de historia para saber que se nos va la vida en ello.

Si en verdad todo pensamiento político supone algún propósito, para entenderlo es necesario hallar primero tal propósito, y luego averiguar las circunstancias en que se formó. Esto es así porque los fines de todo pensamiento político suelen plantearse como respuestas a una determinada problemática. De acuerdo con Berlin, el pensamiento político parte de una imagen del mundo y la experiencia humana, que a un mismo tiempo plantea inquietudes, preocupaciones, necesidades o intereses como ejes de acción política, a la luz de un paradigma social histórico. A todas estas concepciones las conocemos como ideologías.

2. ¿Puede la Ciencia Política trascender ideologías?

El objeto de estudio de la Ciencia Política, la acción política, suele estar siempre presente en las muchas interpretaciones filosóficas y morales sobre los fines de la política, sus posibilidades y sus limitaciones.  De ahí que las primeras aproximaciones al fenómeno de lo político tengan que ser hermenéuticas, buscando el sentido de los juicios normativos de filósofos y políticos, a menudo presentados como construcciones teóricas, como juicios deducidos de una realidad inmutable, o como verdades reveladas directamente por lo divino.

Todas estas afirmaciones y/o suposiciones constituyen paradigmas teóricos. En opinión de Isaiah Berlin, tales paradigmas contienen por lo general una antropología (una interpretación del ser humano), una ética (un conjunto de proposiciones sobre lo bueno y lo deseable), una epistemología (un criterio para establecer las necesidades, intereses o deberes humanos), y una especie de doctrina o programa político. Los hay de naturaleza mística o religiosa, lógica, mecanicista, organicista, etc.

Lo importante en cualquier caso es no perder nunca de vista que estas filosofías o teorías constituyen esquemas que representan y explican realidades humanas. Su validez es histórica, y por lo tanto, pasajera. Sin embargo estas herramientas, inacabadas y perfectibles, son visitadas constantemente en busca de conceptos y categorías, a partir de los cuales se crean nuevos modelos teóricos susceptibles de comprobación empírica. Por esta vía vamos logrando interpretaciones más adecuadas de nuestra realidad social. Tal es el propósito de la objetividad en la ciencia. Y en palabras de Berlin

La teoría política, sus hipótesis y razonamientos causales o funcionales que tienen por objeto explicar lo que ocurre, bien pueden ser una serie de indagaciones empíricas progresivas, capaces de despegarse de sus fundamentos originales (ideológicos, metafísicos), a fin de que sus conocimientos puedan conservarse y adaptarse a los cambios en el clima intelectual.

Como dije anteriormente en otra entrada del blog, el único modo que se me ocurre de definir a la política desde un punto de vista teleológico – por los fines que persigue –, es en razón de su búsqueda de un orden mínimo. Tomando en cuenta lo anterior, y suponiendo que toda interacción humana produce regularidades susceptibles de ser analizadas a través de modelos y fórmulas metodológicas, la acción política puede ser considerada legítimamente el objeto de estudio de una Ciencia Política. Cosa distinta de lo que sucede con las indagaciones filosóficas, que no tienen que ver con hechos, sino con maneras de entenderlos.

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Bibliografía

Berlin, Isaiah. ¿Existe aún la teoría política?, en Conceptos y categorías, FCE, México, 1998.

La Ciencia de las Redes Sociales

Hola. Esta entrada va dedicada a un tema fascinante: las Redes Sociales. Todo por un gran libro que tuve oportunidad de leer en vacaciones, “Conectados. El sorprendente poder de las redes sociales y cómo afectan nuestras vidas“, de Nicholas A. Christakis y James H. Fowler. El libro es un buen pretexto para hacer un recorrido por mucho de lo que se ha dicho y escrito sobre el asunto estos años. Espero que el resultado sea enteramente de su agrado. Cualquier duda, contribución o corrección, se las agradezco de antemano. Saludos.

1. Paradigma revolucionario

En muchas ciencias sociales, particularmente en economía y en política, tanto hechos como acciones o conductas colectivas suelen estudiarse únicamente desde el punto de vista de ciertos individuos “relevantes”, los cuales son vistos como seres egoístas, perezosos y codiciosos, que actúan siempre motivados por el interés propio, y que siempre procuran obtener el mayor beneficio al menor costo posible. En este punto coinciden un individualismo metodológico y una filosofía del ser humano que se empeña en definir a las personas como egoístas racionales plenamente autónomos.

Del mismo modo hay quien pretende explicar dichos fenómenos (o solía hacerlo) a partir de algún rasgo común entre individuos, como el género o la raza, la nacionalidad o la clase, y en últimas fechas tan sólo por su genética. Sin embargo estas teorías, al igual que sus filosofías, han sido progresivamente cuestionadas (y en muchos casos descartadas) por diversos estudios sobre la evolución de la cooperación, la empatía y el altruismo.

La perspectiva de redes, un “nuevo” enfoque metodológico basado en el estudio de las conexiones e interacciones entre individuos (una aplicación de la teoría de grafos), toma en cuenta estos descubrimientos y explora sus posibilidades. Ya muchos ltilizan como complemento para un planteamiento mucho más sistemático. Lo interesante en cualquier caso es que parte de la base de que nuestras redes sociales son un producto evolutivo: una adaptación que nos hace congregarnos en grupos para ayudarnos a sobrevivir (adaptación que por supuesto no es exclusiva de la especie humana). Para iniciar este recorrido y dar cuenta de sus vicisitudes, revisemos un estudio clásico de Robert Axelrod y William D. Hamilton, La evolución de la cooperación. La idea básica del trabajo (y de algunos trabajos posteriores de Axelrod) fue desarrollar un modelo matemático que recreara un problema típico de la Teoría de Juegos, el afamado dilema del prisionero. Los investigadores usaron este modelo para probar y confrontar las distintas estrategias que puede utilizar un egoísta racional en una serie de encuentros competitivos. Algunas de sus conclusiones fueron:

  1. Si dos individuos se encuentran en una situación en la que se ven obligados a elegir entre cooperar asumiendo un alto riesgo, o no cooperar asumiendo un riesgo menor, lo más “racional” para cualquiera de estos dos individuos es ser egoístas y no cooperar.
  2. Si en vez de sostener un único encuentro, ambos individuos se ven obligados a participar en un número determinado de juegos, la estrategia más exitosa sería cooperar con quien coopera y castigar a quien no lo hace, aunque en el último encuentro lo racional para cualquiera sería no cooperar, pues ya no hay forma de castigar o ser castigados por no cooperar.
  3. Si estos encuentros se suceden indefinidamente, y nadie espera que terminen pronto, la cooperación tendrá lugar también indefinidamente.

Con ésto, Axelrod y Hamilton encontraron una situación hipotética en donde lo que es bueno para el individuo (un egoísta racional) coincide con lo que es bueno para el grupo (un grupo de egoístas racionales). Aquí se explica con más detalle:

Estudios como el anterior inspiraron trabajos como “Castigo altruista y los orígenes de la cooperación”, del propio James H. Fowler, y “De la libertad a la coerción: el surgimiento de castigos costosos” de C. Hauert y otros, en donde se modela el comportamiento de un número creciente de individuos (egoístas y altruistas) sujetos al mismo dilema: cooperar o no. Tras una serie de interacciones, y después de introducir cada vez más individuos a la simulación, las conclusiones fueron las siguientes:

  1. En un primer momento, cooperar implica costos demasiado elevados, en especial frente a individuos oportunistas que no cooperan.
  2. Pese a estar en desventaja, los cooperadores forman grupos, tras lo cual maximizan sus posibilidades de supervivencia.
  3. La red de los cooperadores crece, pero a menudo se ve acosada por individuos oportunistas cuyas poblaciones también aumentan.
  4. Aparecen entre los cooperadores individuos justicieros, dedicados a vigilar y castigar a los oportunistas.
  5. Se alcanza un punto de equilibrio entre las tres poblaciones, y cuando éste se pierde colapsa la red.

Si bien en los modelos es fácil que los cooperadores se conecten para formar sus propias redes sociales, a partir de relaciones directas de reciprocidad, trasladar este supuesto al ámbito de los seres humanos no es nada sencillo. La observación más interesante es que a menudo las personas no nos comportamos como egoístas racionales, sino como cooperadores altruistas y desinteresados. Además para nosotros conectarse requiere toda una serie de habilidades para juzgar las intenciones de los otros, y ello exige hasta donde sabemos de tres elementos básicos: emociones, cognición y empatía.

2. Evolucionamos para conectarnos

El desarrollo de habilidades para imaginar lo que otros piensan y sienten, a fin de juzgar rápidamente sus intenciones y necesidades, tuvo lugar en el ser humano en distintos momentos, bajo circunstancias diversas. Hoy es muy fácil acceder a buena parte de las hipótesis que componen este campo de estudio, gracias al trabajo de etólogos como Desmond Morris, biólogos evolutivos como Stephen Jay Gould, psicólogos como Steven Pinker, y otros cientos o quizá miles de divulgadores científicos serios. Aunque aún no queda claro cómo operan estos mecanismos, hay suficiente evidencia para afirmar que vivimos bajo sus influjos y que nos conectamos por los mismos.

El primer elemento que necesitamos para conectarnos, según Fowler y Christakis, son las emociones; mecanismos neurológicos de los que todos somos conscientes, que afectan nuestro estado físico, que tendemos a asociar con actividades como oler o ver o degustar, y que también asociamos con respuestas fisiológicas como reír o llorar. Desarrollar emociones, mostrar esas emociones, y ser capaces de leerlas en los rostros y los cuerpos de los otros, se complementa con la cognición: esa capacidad que tenemos para atribuirle intenciones a todo lo que no forma parte de nosotros, a todo lo que percibimos más allá del yo. Luego debe considerarse la habilidad de la empatía, aquella que nos facilita identificarnos con los otros, sentir como ellos sienten, y que presuntamente nos motiva a la compasión y al querer compensar y hacer justicia o causar dolor.

Los seres humanos cooperamos entonces porque nacemos predispuestos para comportarnos de forma altruista. Aunque hay algunos individuos que en general sólo se preocupan por lo que suceda de sí mismos, la mayoría de nosotros no podemos evitar tener en cuenta el bienestar y los intereses de quienes nos rodean. Lo más fascinante del asunto es que el altruismo no es exclusivo del género humano, pues se ha demostrado que muchos otros animales también desarrollan conductas altruistas motivadas por la empatía. En el siguiente video, el primatólogo Frans de Waal comenta estos descubrimientos:

Muchos economistas y politólogos aún están acostumbrados a pensar, por su individualismo metodológico, que la cooperación entre egoístas racionales sólo es posible cuando los intereses y las motivaciones de todos ellos coinciden. Sin embargo este paradigma no puede explicar cómo es que las personas comienzan a desear algo. La perspectiva de redes ofrece en cambio una explicación atractiva: deseamos lo mismo que quieren aquellos con quienes estamos conectados.

3. Homo Dictyous, hombre en red

Conectarnos unos a otros significa relacionarnos, crear vínculos, y por lo tanto, redes. Por medio de estas redes nos conectamos con grupos, comunidades, pueblos o naciones. Estas redes pueden afectarnos de muchas maneras. Podemos notar su influencia en:

  1. Cómo nos sentimos.
  2. Qué cosas sabemos o asumimos como ciertas.
  3. Qué cosas deseamos o pensamos que son buenas o bellas.
  4. Qué tan saludables estamos, o qué posibilidades tenemos de contraer algún patógeno.
  5. Qué oportunidades tenemos para desarrollarnos.

Con la perspectiva de redes pueden estudiarse grupos pequeños de individuos conectados, asociaciones o comunidades organizadas, e incluso multitudes agrupadas por conjuntos. Todo lo que hay que hacer, según Fowler y Christakis, es seleccionar una o varias clases de vínculos que los unan a todos ellos (cuanto más sólidos, mejor), contar el número de relaciones que guardan entre sí (para averiguar su nivel de transitividad), y analizar las características estructurales de la red que todos forman (para saber cómo fluyen por ella estados de ánimo, informaciones, patógenos, conductas, etc.). El asunto puede tornarse todavía más complejo si se estudia una red concreta a lo largo del tiempo, pues emergen en ella propiedades singulares a causa de la interacción de sus miembros. En otras palabras, las redes sociales tienden a conservar su estructura básica (¿memoria?), desarrollan adaptaciones (¿evolucionan?), y se organizan con eficiencia para solucionar algún problema (¿inteligencia?).

Las redes sociales a las que nos incorporamos nos moldean, y pueden ponernos en situaciones sociales ventajosas o desventajosas. Fowler y Christakis advierten que la desigualdad no sólo debería atenderse desde el punto de vista de las condiciones materiales de vida, como tradicionalmente ocurre, ya que las redes sociales hacen evidente otro tipo de desigualdad que ellos llaman “posicional”, y que tiene que ver con las oportunidades que una persona encuentra en su entorno social para desarrollarse.

Afortunadamente para el individuo, la influencia de las redes sociales no es determinante. Uno puede hacer otros contactos y moldear su propia red social; puede elegir quién entra y quién sale de la misma, más allá de las opciones que le impone la red (los contactos de sus contactos). Es así como iniciamos nuevas relaciones con aquellas personas que comparten nuestros intereses, gustos, creencias, etc.

4. Contactos relevantes

La naturaleza de nuestros vínculos sociales es asombrosamente diversa. Por eso es todo un reto identificar qué contactos son relevantes para una persona. No todo se reduce a la familia, los vecinos y los compañeros del trabajo o la escuela. Hacemos amigos en muchos otros sitios, nos volvemos socios de personas a veces completamente ajenas a nuestro entorno social, y además buscamos personas con las que nos sentimos identificados por los medios más insospechados.

Dos fórmulas sencillas para identificar esos contactos relevantes son: 1)  preguntar con quién pasas tu tiempo libre o de ocio; y 2) preguntar con quién discutes los asuntos importantes. De este modo distinguimos los vínculos superficiales de los profundos, sin importar si son personales o anónimos. Sin embargo FowlerChristakis se llevaron una gran sorpresa al descubrir, entre la población de Estados Unidos, que muchas personas mencionaban deidades como parte de sus redes sociales.

Para FowlerChristakis, la personificación de lo divino, y su integración a nuestras redes sociales, responde a la necesidad de muchos seres humanos de sentirnos conectados. Del mismo modo, lo divino puede usarse como una poderosa herramienta para integrar a más personas a nuestras redes sociales, especialmente a aquellas que se encuentran incomunicadas o que han muerto. Acudimos a lo divino para sentirnos más conectados, y ello puede dar lugar a una cierta predisposición a ayudar a nuestros nuevos contactos, incluso si ello significa colaborar en sus reyertas homicidas (mejor conocidas como guerras santas).

5. Seis grados de separación, tres grados de influencia

Aunque nuestra propia red social puede tener un alcance geográfico limitado, el avance  de las comunicaciones nos ha permitido a todo el género humano acercarnos para conectarnos, quizá mucho más de lo que imaginamos. Tal vez hemos llegado al punto en donde un supuesto básico de la teoría de grafos se cumple: la idea de los seis grados de separación entre personas.

Tres experimentos apuntan en este sentido. El primero lo llevó a cabo en 1967 el psicólogo estadounidense Stanley Milgram, quien pidió a un grupo de personas seleccionadas al azar por todo Estados Unidos que enviaran una carta sólo a través de sus contactos a otra persona situada en un punto distante. En promedio la carta pasó por seis pares de manos distintas hasta llegar a su destino. El resultado fue el mismo en el año 2000, aunque en este experimento encabezado por el sociólogo Duncan J. Watts se usó el correo electrónico y una muestra de miles de personas distribuida por todo el mundo. El último de estos experimentos lo hizo Facebook el año pasado, que analizó las conexiones entre poco más de 700 millones de perfiles (un 10% de la población mundial) y concluyó que todos están conectados a cinco grados de separación (excepto celebridades y famosos).

Las propias investigaciones de Fowler y Christakis complementan esta idea con una hipótesis igual de interesante: que nuestro nivel de contagio llega hasta tres grados de separación, con los amigos de nuestros amigos. Si estamos conectados con todos por seis grados de separación, y podemos contagiar hasta tres grados de nosotros, podría decirse que cada uno de los habitantes del planeta estamos a medio camino de todos los demás

Por una red fluyen y se propagan estados de ánimo, informaciones, opiniones, conductas, hábitos, patógenos, etc. La red ejerce influencias más o menos perceptibles en casi todas nuestras decisiones, y muchas de nuestras elecciones (conscientes o no) pueden estar motivadas también por la misma red. Desde esta perspectiva, la libertad o el albedrío parecen muy poca cosa, pero lo cierto es que la red igualmente magnifica incluso pequeñas acciones que podríamos considerar “intrascendentes”, como sonreír a un extraño y que éste le sonría a otro, y éste último a otro y así…

6. Contagio y flujo

La felicidad, el miedo, la ira o la apatía son estados emocionales bastante contagiosos, y pueden propagarse por las redes sociales para beneficio o perjuicio de las mismas. Los beneficios del contagio de estados de ánimo positivos pueden ser: una mayor confianza entre los miembros del grupo; alta productividad; aumento de la creatividad; y una mayor disposición al altruismo. Estados de ánimo negativos como la depresión, podrían combatirse atendiendo la falta de contactos sociales y la falta de intimidad de las personas.

El contagio de “reacciones emocionales efusivas” puede dar lugar también a estampidas emocionales que muchas veces desconciertan y causan alarma entre la población (los psicólogos las llaman Enfermedades Pricogénicas Masivas). Aquí puedes ver una “epidemia” de risa provocada en un vagón del metro en Alemania (enlace al video). ¿Qué sentiste? ¿Te dio risa? ¿Te relajaste? ¿Te angustiaste? ¿Te dio miedo?… ¿Qué hubieras hecho de haber estado ahí? ¿Pensarías que están locos? ¿Pensarías que se burlan de ti? ¿Pensarías que algún bromista o terrorista soltó gas en el vagón?…

Además de estados emocionales, por las redes sociales fluyen informaciones como:

  • Puntos de vista éticos
  • Concepciones morales
  • Ideologías políticas
  • Dogmas religiosos
  • Y en general cualquier tipo de argumentos y creencias

Tanto en la vida real como en internet, la información suele emplearse más para reforzar opiniones que ya se tienen que para intercambiar puntos de vista divergentes, a fin de evitar la disonancia cognitiva y las típicas dudas que suele traer consigo (¿quién soy?, ¿qué es la vida?, ¿qué se supone que haga?, ¿cómo termina todo esto?). Así se construyen percepciones sobre identidades, políticas, instituciones, etc.; todo con tal de mantener a un grupo unido y ordenado bajo cierta configuración.

7. Poder en la red

Para Fowler y Christakis, una posición central en la red al momento de nacer puede beneficiarnos con riqueza, educación y salud; cualidades todas ellas sumamente valoradas por todo lo que pensamos que nos aportan: abundancia de recursos, información útil, respaldo social, atractivo sexual y poder en cualquiera de sus formas. Pero ello implica al mismo tiempo adquirir una cultura, una serie de ideas, conductas y hábitos relacionados con dicha posición dentro de la red. No es extraño entonces que algunas personas nazcan predispuestas socialmente a desempeñar ciertos roles dentro de la red, o que al abandonar estos destinos la red los reemplace conservando el rol intacto, o acaso con pequeños cambios.

Si bien es un hecho que la red confiere toda clase de beneficios al que está mejor conectado, también es muy cierto que somos demasiados, que todos vivimos de formas muy distintas, y que cada vez vivimos en sociedades menos igualitarias. Ya se dijo líneas arriba que las redes sociales pueden ampliar estas desigualdades, pero falta decir cómo el conocimiento de las redes sociales puede ayudarnos a combatirlas. Un forma son las Tandas; grupos (en su mayoría de mujeres) que ahorran en conjunto, dando cada cual un monto mensual para luego por turnos disponer de lo ahorrado. En México (especialmente en el sureste) y en muchas otras partes de América Latina, esta forma de ahorro supera a los bancos tradicionales y a las cooperativas, y funciona muy bien  porque la interacción y la presión del grupo generan solidaridad, sentido de pertenencia y responsabilidad para cumplir con los pagos (el índice de fraudes en tandas es ridículamente bajo). Otra opción es otorgar pequeños préstamos a grupos reducidos (de nuevo en su mayoría a mujeres) que de otro modo no tendrían acceso al crédito. Muhammad Yunus aplicó esta idea en su natal Bangladés, a través de un pequeño banco rural que él mismo fundó (el Banco Grameen), mismo que lo ha proyectado a la fama como “el banquero de los pobres”, y que le hizo acreedor al Premio Nobel de la Paz en 2006.

El problema de las desigualdades sociales también suele motivarnos a muchos a la Participación Política, especialmente a aquellos que padecemos sus desventajas y que nos sentimos identificados con quienes peor las sufren. Sin embargo como en todo, lo único claro es el problema, no sus soluciones. Las redes de activistas y políticos se agrupan por afinidades ideológicas, y muchas veces trascienden las estructuras de los partidos o las organizaciones que en teoría les representan. Ambos hacen públicas sus conexiones, tanto para mostrar el grupo al que pertenecen como para mostrar cuán poderosos son aparentemente, aunque al sentirse observados a veces ocultan algunas de las relaciones que pueden restarle simpatías o apoyos.

Una observación interesante para las democracias modernas es que la velocidad con la que un grupo llega a algún consenso depende de la configuración de la red, y no tanto del sistema de votación. En los sistemas políticos presidenciales, las condiciones estructurales generan un alto nivel de polarización, de modo que el fenómeno de votar desde la adscripción a un grupo se magnifica. Tal proceder, según Fowler y Christakis sucede de la siguiente manera:

  • Votamos para impedir que “uno de quienes nos amenazan” gane.
  • Votamos para que “uno de nosotros” gane.
  • Votamos por un candidato sin posibilidades de triunfo, sólo porque “es uno de nosotros”.
  • Votamos por un candidato sin posibilidades de triunfo, “aunque no sea uno de nosotros”, sólo porque estamos de acuerdo con alguna de sus propuestas.
  • Nos abstenemos de votar porque “ningún candidato es como nosotros”, y por el contrario, “todos son una amenaza”.

Podríamos pensar entonces que quizá la política sea adoptar una identidad y ubicarse al centro del grupo. Pero en grupos tan grandes como los nuestros, ello no puede ser sencillo. Aquellos que buscan el centro de la red, aquellos que se confrontan por el poder de persuadir o coaccionar al mayor número de personas (independientemente de sus intenciones y sus justificaciones), a menudo se valen de profesionales de las redes sociales: publicistas, cabilderos, especialistas en relaciones públicas; hombres y mujeres que se dedican a trabar relaciones con quienes consideran influyentes, para luego cobrar por realizar algún contacto o por tratar de influir sobre algún miembro de la red. Y cómo no, si son millones los que integran nuestras redes nacionales, por no hablar de esa gran red que es el género humano.

8. Redes sociales e internet

No todos somos tan ambiciosos como para intentar controlar las enormes redes sociales contemporáneas. De hecho, en general la especie humana tiene muchas dificultades para manejarse en entornos de más de 150 personas. Después de pasar años observando primates y humanos, al antropólogo y biólogo británico  Robin Dunbar llego a dicha conclusión, pues aunque hablemos de tribus del neolítico o de unidades militares antiguas o de aldeas remotas en la actualidad, el número es el mismo: 150. La hipótesis central del Número de Dunbar es que más allá de este límite no podemos relacionarnos directamente ni vigilarnos ni controlarnos (conducta predicha por los modelos de Fowler y C. Hauert).

A partir del desarrollo de nuevas tecnologías de la información y la comunicación, muchos comenzaron a preguntarse por los efectos de tales medios y servicios de comunicación en nuestras vidas y nuestras relaciones. Se ha dicho, por ejemplo, que todo ello debilita la manera tradicional de vincularnos, ya que provoca el rechazo de interacciones personales y fomenta conexiones superficiales que luego nos dejan insatisfechos (¿depresión por desconexión?). Pero eso es lo negativo. Igualmente se ha dicho que tecnologías y servicios que se valen de redes sociales amplían y complementan la forma en que nos comunicamos, pues a pesar de las distancias permanecemos conectados, y porque a pesar de todo seguimos interactuando con otras personas y seguimos creando vínculos profundos (aunque algunos permanezcan anónimos).

¿Qué hay detrás entonces de esos cientos o miles de seguidores en twitter? ¿Qué significan en realidad esos miles de “likes” en Facebook? Lo más probable es que esos números no reflejen la cantidad de amigos íntimos que tenemos, aunque estos “lazos débiles” sí pueden decirnos mucho sobre cómo nos perciben y qué expectativas tienen nuestros contactos sobre nuestra persona, nuestros servicios, nuestros productos, etc. Y todo ello constituye información invaluable que puede sernos muy útil.

9. Redes sociales y cultura popular

El libro de Fowler y Christakis tiene muchísimos datos más que podrían seducirnos y maravillarnos, como el contagio de la obesidad o el atractivo social desde el punto de vista femenino, la eficacia de encontrar trabajo a través de redes sociales, o diversos fallos de mercado provocados por situaciones absurdas. Cuando se trata de ilustrar el poder de las redes sociales y su impacto en nuestras vidas, anécdotas sobran. Los mismos autores se han convertido en celebridades por participar en conferencias donde divulgan sus descubrimientos. Pero en vez de cerrar esta entrada con alguna de sus conferencias, he preferido dejar al último un capítulo de Redes que seguro les va a gustar. Viene en tres partes, pero sólo pondré el video con el que inicia la emisión. Disfrútenlo. Saludos.

*Actualización

He descubierto otro gran video que ilustra el poder de las redes sociales. Se trata de un documental llamado Complejidad, futbol e inteligencia colectiva. Lo encontré por el blog Humanismo y Colectividad. Me gusta porque ilustra de manera excelente una de las propiedades emergentes que tienen las redes, la inteligencia colectiva. Disfrútenlo.

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Lecturas adicionales:

El origen arcaico de las redes sociales

Esclavos de la minoría

Participación política

Qué tal. Espero que estén disfrutando estas fiestas de diciembre. Ya seguro están pensando también en sus propósitos para 2011. ¡Ánimo! Una de mis metas para este año es publicar más seguido contenidos para el blog, así que de momento les dejo un breve ensayo para que lo lean y lo critiquen. Reciban de igual modo mis mejores deseos. Abrazos y saludos.

Individuos vs Grupos

¿Es la participación política un asunto de individuos, o hablamos de grupos, asociaciones, organizaciones, partidos?

Dos formas de representación política convergen en un mismo concepto: el ejercicio voluntario de individuos con plena conciencia de sus acciones, y la movilización de personas en torno a una causa que les es parcial o totalmente (des)conocida, e incluso parcial o totalmente ajena.

Ambas realidades se funden con la idea de concretar una serie de objetivos similares: participar de los asuntos públicos, tomar parte en los procesos políticos, influir en quienes ostentan los poder públicos, desplazar o reemplazar a esas personas, y en última instancia, cambiar el status quo, es decir, el Estado y las relaciones que guarda con la sociedad.

La diferencia entre los sujetos de la participación y la movilización política, según Gianfranco Pasquino, tiene mucho que ver con el nivel socio-económico de las personas, aunque toca también los fundamentos de su identidad personal, política y cultural. Si nos referimos al estatus de estas personas, entonces podemos hablar de clases sociales, de roles y funciones sociales, de aspiraciones y recursos diferentes; de situaciones y condiciones distintas de participación y movilización (participación diferenciada y estratificación).

Lo usual entre los teóricos es atribuir la participación política a los individuos con mayores recursos (aquellos que disponen de los medios suficientes para hacerse notar). Del mismo modo, es común que se le asigne a las personas con menor estatus la condición de “movilizados”, aunque la frontera entre las clases suele ser, a primera vista, tan ambigua como la diferencia entre participación y movilización política.

Un modo de acotar la incertidumbre entre dichas categorías es aquél que distingue entre participación y movilización de acuerdo con sus formas de expresión, sean estas legales o extralegales. En este sentido, lo usual ha sido considerar el voto, el derecho de petición, el derecho de audiencia, el derecho de réplica, la militancia política y la protesta individual como modos o tipos de participación política, autónoma y relativamente espontánea. Por otro lado, se ha considerado que la movilización es un acto extrínseco (o heterónomo) cuya manifestación se da en concentraciones masivas, ya sea en mítines, marchas, plantones, o cualquier otro acto de protesta en masa.

También hay quienes dicen, tal vez con cierta ligereza, que para que haya una movilización se necesita un líder político, un individuo que dé voz a las demandas de los ciudadanos; un catalizador que organice el consenso, el apoyo, el disenso o la disidencia. Quizá sea así. De cualquier modo, detrás de cada movilización se crean e instituyen organizaciones políticas, legales o extralegales, que asumen la instrumentación de las decisiones del líder político. O puede ser que suceda lo contrario, que aparezcan organizaciones con programas contrarios a las demandas de la movilización. Después de todo, la militancia en cualquier organización política puede verse de igual modo como un instrumento para modificar las propias oportunidades de vida.

Además, en esas organizaciones pueden participar (voluntariamente) personas de diversas clases sociales, con distintas aspiraciones y distintos objetivos, ya sea con el fin de intervenir activamente, o bien por el deseo de sentirse parte del movimiento. Por eso el problema de la representación política (¿organizaciones o individuos?) queda sin resolverse del todo. La conclusió más obvia es que compete a las dos partes, individuos y grupos, tanto la movilización como la participación. Pero, ¿es así?

Un forma diferente de abordar este problema es la propuesta por revisionistas como Alain Touraine. Porque a su modo de ver, la idea de que las movilizaciones no son sino procesos históricos, encuentra sus raíces en la clásica tesis de la lucha de clases propuesta por Marx.

Para Touraine, las clases oprimidas por el capitalismo se revelan, adquieren conciencia de su situación (empezando por la clase) y se organizan, crean movimientos de carácter histórico, y juntas se confrontan legal o extra-legalmente (muchas veces de manera violenta) con las clases superiores, en defensa de sus derechos y su dignidad. Las clases movilizadas requieren de la organización, pero el sistema político no siempre les provee los medios para que participen en la lucha por el poder público, de modo que el movimiento adquiere diferentes expresiones en cada región, desde asociaciones civiles hasta partidos políticos o guerrillas insurgentes.

Grupos grandes vs grupos pequeños

Hasta ahora se ha hablado de individuos aislados y de grandes grupos de personas, pero han quedado exentos del análisis los grupos más pequeños. Pasquino los alude como grupos de interés o como grupos de presión, a pesar de que la ambiguedad en este rubro es el talón de Aquiles de toda esta teoría.

Por un lado, los teóricos definen los grupos de interés por su presunta naturaleza expectante. No hablan de números, pero sí los contemplan como masas pedispuestas a la participación o a la movilización. ¿Qué razones los predisponen? En principio, la clase, aunque también puede hablarse del estatus o de las identidades que asumen.

Se entiende por otro lado que los grupos de presión son más visibles. Su número suele ser más reducido. Además, están mejor organizados. Utilizan los recursos a su alcance – que suelen ser bastantes –, para influir en los procesos políticos, para incitar la participación y para provocar la movilización según sus fines particulares, acaso exclusivos, aunque presentados generalmente como la voz de un colectivo, independientemente de las diferencias de clase que guarden sus integrantes (como sucede con las reivindicaciones étnicas o los nacionalismos).

Bibliografía

Pasquino, Gianfranco. Participación política, grupos y movimientos sociales, en Manual de ciencia política / S. bartolini… [et al.] ; comp. gianfranco pasquino. Madrid. Alianza, 1986.

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