Elisabeth Noelle-Neumann, La espiral del silencio

El que sigue es un resumen de un libro fascinante: La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, de la periodista, comunicóloga y politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann. Espero que lo disfruten. Saludos

La hipótesis del silencio

En los años setenta, cuando la autora trabajaba midiendo la intención del voto en procesos electorales, algo llamó su atención: que los empates registrados no se confirmaban en las urnas. Por entonces se decía que los electores simplemente se sumaban – de último momento – al “carro ganador”; la opción que se percibía con mejores perspectivas. El argumento era que muchos cambiaban su voto, para incluirse dentro del grupo triunfador en la elección.

A Noelle-Neumann este argumento le parecía poco convincente, debido a una observación inadvertida por varios de sus colegas: la disposición a pronunciarse por parte de los que confían en la victoria de la opción que prefieren; y la tendencia a guardar silencio entre quienes piensan que su opción preferida perderá. Ambos hechos darían forma a la hipótesis del silencio.

Para averiguar por qué unos se decidían a hablar sobre sus elecciones, mientras otros preferían guardar silencio al respecto, se hicieron varios experimentos de laboratorio. Con ello se descubrió que si se le pedía a un grupo cerrado elegir entre distintas opciones individualmente, en presencia unos de otros, al menos seis de cada diez dudarían de sus elecciones iniciales, cambiándose a la opción preferida por la mayoría, y sólo dos de cada diez mantendrían sus elecciones. Todo apuntaba a que las personas cambiaban sus elecciones por temor a quedar aislados del resto.

En pruebas de campo, se procedió a averiguar qué tanto las personas estarían dispuestas a defender sus convicciones, aún si el entorno favorecía opiniones contrarias u opciones diferentes. De este modo quedó al descubierto que en general son los hombres, y no las mujeres, los que conservan la disposición a defender su elección; los jóvenes antes que las personas mayores; y las personas de clases altas y medias antes que de clases bajas. Pero más allá de estas correlaciones, en todos los casos podía establecerse la inseguridad y la baja autoestima de la persona como causa de su silencio o su cambio de opinión.

Si en pruebas como estas se creaban las condiciones para disuadir la expresión de ideas u opiniones contrarias a las mayoritarias, el éxito de tales mecanismos de disuasión se correspondería con un elocuente silencio. Y así sucedía. Por ello Noelle-Neumann llegó a pensar que todos, de algún modo, estamos en condiciones de distinguir los puntos de vista mayoritarios de los minoritarios, de tal forma que podemos elegir (y lo hacemos regularmente) sumarnos a las expresiones mayoritarias, o bien guardar silencio, para evitar el aislamiento.

Implicaciones políticas

Noelle-Neumann no fue la primera en pensar que todos podemos percibir de algún modo la opinión de la mayoría; habilidad que tendemos a usar para evitar quedar aislados del resto. Esta idea puede encontrarse en los escritos de Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam, John Locke, David Hume y Alexis de Toqueville, entre muchos otros. Todos estos autores asocian al gobierno con la opinión mayoritaria. Algunos incluso asocian esta opinión con lo divino, por la fuerza con la que se impone tanto a gobernantes como a súbditos o ciudadanos: vox populi, vox dei.

No obstante, por casi cien años esta particularidad se evitó como objeto de estudio e investigación científica, quizá por la misma razón que los etólogos se resistieron a comparar la conducta de los animales con la de los seres humanos: por nuestra incapacidad para reconocernos como criaturas de la naturaleza.

Quizá otra razón para no indagar más sobre esta característica de nuestra naturaleza es que la idea de que nuestras libertades dependen de lo que el grupo nos permite, evoca de algún modo lo que se conoce como “tiranía de la mayoría”, aún o especialmente en regímenes democráticos, por el poder coercitivo que ejerce. De ahí que se intentara racionalizar la conducta de evitar el aislamiento como acto racional (consciente) de imitación, tanto para aprender algo como para deliberadamente parecerse a alguien. Para Noelle-Neumann ambas hipótesis son lógicas, pero no suficientes. Por eso prefiere considerar esta conducta como una reacción instintiva más que como un acto racional.

Durante el siglo XX pasamos de identificar la opinión general del todo con el gobierno, a identificar únicamente las opiniones particulares de representantes o notables con ello. Se asumió que estas personas eran las únicas capaces de defender sus opiniones frente a la presión de la mayoría; hecho que las convertía en líderes de opinión, pero también en agentes de control social (tanto del individuo como del gobierno). Pero… ¿lo son?

De este modo se llegó a entender por opinión pública la opinión de unos cuantos, hecho que para Noelle-Neumann supone un reduccionismo a la medida de los periodistas, y de todos aquellos relacionados con los medios de comunicación masivos.

Evolución de la opinión pública

La tendencia a permanecer con el grupo pudo haber evolucionado, en nuestra especie y en otras, como una estrategia para evitar los peligros del aislamiento.  Se trata de una conducta que beneficia tanto al individuo como al grupo. Es básicamente lo mismo que sucede con los peces: formar bancos y nadar en grupo les ofrece cierta protección, pero necesitan mirar constantemente a sus compañeros para permanecer con ellos.

Podría decirse en cierta forma que todos somos vulnerables al modo en el que el medio nos juzga y nos trata. Y esto puede verse con más claridad en pequeñas tribus y en sociedades no muy numerosas, donde las costumbres y la tradición gobiernan. Ahí la primera sanción a un transgresor menor es la marginación, la estigmatización, la burla y el ridículo, empezando por los individuos más próximos a él o ella. Luego en la medida que el grupo crece, los procesos de opinión llevan al surgimiento de sistemas judiciales más o menos complejos, para la resolución de controversias. Sin embargo los paralelismos entre estos grupos humanos relativamente pequeños y/o aislados y nuestras sociedades modernas no paran aquí.

Los fenómenos de masas también nos muestran el poder de la opinión pública. A decir de Noelle-Neumann, los individuos se integran en una masa concreta, movilizada, para ejercer una sanción colectiva cuando el clima de opinión favorece esta conducta. Después de todo, formar parte de la multitud es emocionante y estimulante, pues deja una sensación de acompañamiento que llena de orgullo y aparenta un poder y una fuerza irresistibles, como si nada pareciera imposible. Además, en la masa nadie juzga ni se juzga para no quedar aislado. Por eso las multitudes frecuentemente pierden el sentido de la realidad, volviéndose peligrosas.

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También pueden tomarse las modas como ejemplo de nuestra tendencia a evitar el aislamiento, porque más allá de que generan la ilusión de que las diferencias sociales en una organización o estructura jerarquizada no existen, las modas operan bajo una lógica integradora: incluyen o excluyen, aunque parezca que sólo son un juego; imponen hábitos, costumbres y/o estéticas que se asocian a la pertenencia de un grupo.

La fuerza de la opinión pública

Para Elisabeth Noelle-Neumann, ya que poseemos una tendencia natural a evitar el aislamiento, la fuerza de esta conducta puede detectarse en el mantenimiento del orden vigente, como una especie de presión colectiva conservadora; una presión social al conformismo relacionada directamente con sociedades igualitarias, donde la opinión de cualquiera es igualmente válida.

Esta presión como se ha dicho, tiene la característica de ser integradora, pues organiza al grupo en asimilados y aislados. Por ello para Noelle-Neumann…

Opinión pública son todas aquellas expresiones y comportamientos que pueden y deben manifestarse en público, para hacer visible nuestra pertenencia al grupo y no vernos aislados.

La presión es psicológica, aunque puede llegar a convertirse en violencia física. Por eso se supone que tenemos la capacidad de reconocer la opinión pública, aunque no todos lo hacen. Generalmente quienes afrontan el miedo al aislamiento, o quienes carecen del mismo, son los innovadores o reformadores del grupo. Estos individuos se exponen no sólo a la censura o al ridículo, sino también a la hostilidad y la violencia, a veces no únicamente por una actitud voluntarista, pues este comportamiento también se asocia con patologías como:

  • La necesidad de llamar la atención
  • La incapacidad de comprender a otros
  • La obsesión por auto-realizarse a costa de otros.

Formarse una opinión distinta a la opinión pública requiere que la percepción individual, la forma en que nos representamos mentalmente el mundo, sea distinta a la percepción colectiva. Según Noelle-Neumann, esto es posible gracias a que nuestra percepción se nutre de experiencias significativas de todo tipo, propias y ajenas, ya que es imposible conocerlo todo, utilizamos abstracciones: representaciones del mundo que pueden considerarse pseudo-realidades hiper-simplificadas.

Como la opinión pública no puede contener todas estas representaciones, como sólo puede haber una sola representación colectiva, la opinión pública se vuelve un campo de batalla. En él todos luchamos por defender ideas y conductas para que el resto las apruebe, o luchamos para desacreditar otras ideas o conductas para que el grupo las rechace. Y en ello se nos va la vida.

A decir de Noelle-Neumann, en la sociedad puede haber núcleos duros, permanentemente dispuestos a expresarse sin temor, y vanguardias o grupos de opinión que les rodean y les defienden en debates públicos, pero que pueden ser convencidos por otros. Como éstos últimos suelen estar mejor capacitados para argumentar a favor de sus ideas, los duros no pueden permitirse perderlos, aunque irónicamente, como todo mundo, los duros tienden a relacionarse más con quienes comparten sus puntos de vista. Por eso las mayorías suelen ser bastante más moderadas.

Opinión pública y medios de comunicación

La premisa fundamental de la tesis de la espiral del silencio es que las posiblidades de formar parte de la realidad colectiva percibida son mínimas para algo que no se cuenta, que se calla o se oculta para evitar el aislamiento. De ahí se desprende la idea de que la opinión pública y la opinión publicada son básicamente lo mismo. Los puntos de vista que no se representan en los medios de comunicación, enmudecen ante la opinión pública: pierden apoyo y legitimidad.

En los medios entonces es donde mejor se aprecia la competencia de los grupos de opinión por generar aprobación o rechazo hacia distintas opiniones. Por ellos se suministran los argumentos para defender o atacar puntos de vista públicos. En consecuencia, siguiendo a Niklas Luhmann, los sistemas políticos contemporáneos se guían menos por las reglas que rigen la toma de decisiones, que por los temas que suscitan el interés público.

Noelle-Nuemann afirma que los procesos de comunicación que se organizan en función de algún acontecimiento público relevante, siguen más o menos este patrón:

  1. La sociedad y los medios de comunicación se orientan hacia un tema apremiante, en espera de solución, mientras suscita el interés público
  2. Se plantean fórmulas para que el tema se discuta públicamente, a fin de generar aprobación o rechazo
  3. Se adoptan posiciones a favor o en contra
  4. Si se llega a algún consenso, se toma una decisión o se actúa en consecuencia
  5. Si no se puede llegar a un consenso, el tema se replantea para volver a generar interés, y luego para buscar su aprobación o rechazo

Conclusión

El fascinante planteamiento de Elisabeth Noelle-Neumann se asemeja y nos recuerda a la Teoría de las Redes Sociales, donde las conexiones entre individuos influyen sus ideas y conductas. Pero va más allá, pues considera que la tendencia a evitar el aislamiento es una reacción natural que no sólo da forma a nuestras sociedades, sino también a nuestra personalidad y nuestras convicciones individuales.

En verdad asombra descubrir cuán poco sabemos de nuestra especie, y cuánto nos parecemos a otros animales sociales para los que el grupo es a la vez refugio y espacio vital de auto-realización.

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Bibliografía

Noelle-Neumann, Elisabeth. La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Paidós, Madrid, 2010.

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Las 48 leyes del poder de Robert Greene

Me tomó mucho más de lo que imaginaba, pero por fin terminé esta entrada sobre uno de los best sellers más idolatrados en nuestra época, Las 48 Leyes del Poder. El libro escrito por Robert Greene y editado por Joost Elffers ha vendido ya más de un millón de copias en Estados Unidos, y ha sido traducido a 17 idiomas. Veamos por qué.

Cautivos del mal

Empecemos por el autor. Greene nació en Los Ángeles, California, en 1959. Sus inquietudes literarias lo llevaron al estudio de los clásicos en la Universidad de Wisconsin, luego de graduarse de la Universidad de Berkeley. Inmediatamente después intentó colocarse como escritor en Nueva York, pero no lo consiguió, en parte por culpa de un editor resentido que lo rechazó de una manera muy humillante. Esta misma experiencia volvería a repetirse frente a otros editores, directores y dueños de medios sádicos, que disfrutaban humillando a sus trabajadores, y que tomaban impunemente el crédito por sus obras, según cuenta en su blog.

Luego de trabajar como editor y colaborador en varias revistas – incluyendo la afamada Esquire -, y después de participar como guionista en Hollywood, Greene conoció a Joost Elffers, un editor de libros neoyorkino que supuestamente le propuso realizar una versión comercial actualizada de El príncipe, la obra más popular de Nicolás Maquiavelo. Greene trabajó en ello, aunque también incorporó ideas de otros autores como Sun-Tzu, Carl Von ClausewitzBaltasar Gracián, y un largo etcétera. Así fue como nacieron las 48 Leyes del Poder, que se publicaron bajo la firma de ambos socios en 1998.

El libro recibió una acogida fenomenal. Fue un éxito de ventas desde el principio, particularmente entre directores de empresas, políticos, artistas, deportistas y músicos de hip-hop. Según Los Ángeles Times, las 48 Leyes del Poder son bastante populares también entre prisioneros, al igual que entre pandillas.

Desde mi punto de vista, el libro cautiva a todo aquél que supone que para alcanzar una meta se debe carecer de escrúpulos. Constituye por lo tanto la continuación de una premisa atribuida a Maquiavelo: que el fin justifica los medios, y por eso todo vale. Greene defiende su trabajo señalando en el mundo hay mucha gente sometida al poder de otras personas, de modo que estas reglas o consejos son más bien una guía para liberarse, y así poder hacer lo que uno quiera sin que nadie nos lo impida. Por esta razón cautiva también al impotente, al miserable y al débil; a todo aquél que se siente incapaz de gobernarse a sí mismo, pero que desea gobernar a otros.

Ambición sin cortapisas

El contenido de las 48 Leyes del poder apunta entonces a satisfacer dos deseos humanos: la ambición y la libertad. Al autor le importa poco lo que usted se proponga; lo importante es que lo consiga, y para éso es el libro. Su propósito es ser útil, didáctico y ameno. Cada capítulo aparece encabezado por una máxima, y en los márgenes del texto se nos presentan relatos breves en donde ésta se practica. Justo al final hay un resumen que refuerza lo dicho, y abajo del mismo una imagen para recordar la enseñanza. Su formato coincide con un libro de autoayuda (su propósito original), aunque en muchos sentidos es más que sólo éso.

La ética en el libro destaca por su ausencia. No así la filosofía, que aparece cercana a la tradición del realismo político, debido a su interpretación del conflicto como juego de intereses encontrados. Es aquí donde se notan la influencia de Sun-Tzu y de Carl Von Clausewitz mucho más que la de Maquiavelo, pues los fines políticos generalmente eluden al estratega militar.

En general la lectura es bastante recomendable. Aunque si sólo deseas acceder a los consejos de Greene, tal vez te convenga mirar primero esta síntesis. No tiene desperdicio. Saludos
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Ideas políticas de Maquiavelo

Ya que este breve ensayo sobre Maquiavelo se ha vuelto una de las entradas más visitadas del blog, me he sentido obligado a revisarlo y ampliarlo. Si pasaste por aquí antes, espero que los cambios te dejen satisfecho. Si no, comunícame tus críticas o comentarios para seguir enriqueciendo el texto. Saludos.

Bocetos de una teoría política moderna

Europa entró al siglo XV marcada por dos sucesos naturales imprevisibles: la llegada de la Pequeña edad de hielo, un cambio climático que devino en hambrunas y guerras; y el brote de la Peste negra, una epidemia mortal que diezmó pueblos enteros. Ambos sucesos se dieron en el contexto de la Guerra de los cien cños entre Francia e Inglaterra, la guerra de “Reconquista” de los reinos cristianos contra los musulmanes en la Península Ibérica, y el surgimiento del Imperio Otomano, que se expandía por los balcanes a costa del Imperio cristiano de Bizancio.

El entorno geopolítico favorecía entonces a Italia. Sus reinos prosperaban con el auge del comercio, y sus ciudades adquirían cada vez más independencia política frente al papado, que veía su influencia mermada tanto por los excesos de sus dirigentes como por la incapacidad general de la iglesia católica para remediar la peste y otros males. No obstante, las pugnas entre nobles tradicionales y nuevos burgueses amenzaban reiteradamente el orden y la seguridad de la ciudad. Así fue como el problema de su continuidad y su prosperidad adquirió para muchos no sólo actualidad, sino fundamentalmente relevancia.

Alegoría de la Fortuna o la Calumnia de Lorenzo Leonbruno

En opinión del historiador J.G.A. Pocock, el “momento maquiaveliano”, ese tiempo que dio forma al pensamiento de Maquiavelo, y que a su vez constituyó la suma de sus inquietudes y preocupaciones, puede entenderse como el fruto de un humanismo renacentista cuya prioridad es lo contingente, no lo trascendente; el “momento maquiaveliano” es un rescate de las virtudes cívicas de los romanos, con su ideal republicano, para una nueva época llena de oportunidades.

Maquiavelo por lo tanto es el teórico político del “hombre sin amo”, del nuevo burgués; de aquél grupo de individuos que por sus responsabilidades y ambiciones ya no pueden ser buenos, en el sentido cristiano del término. Lo que llaman en su tiempo corrupción e inmoralidad, Maquiavelo lo define simplemente como “astucia”, que es el uso oportuno de toda clase de medidas para preservar o cambiar un “estado de cosas”.

Con la expresión “estado de cosas”, el florentino hace referencia a una forma de gobierno, monarquía o república, sin hablar sólo del gobierno. Su noción del Estado describe lo que permanece: un orden, un territorio, y un grupo de gente con una forma particular de pensamiento, cristianos o no. A decir de Hannah Arendt, el Estado en Maquiavelo es una comunidad política, y ella afirma su identidad en oposición a los extranjeros. Tanto la iglesia católica como el resto de los reinos cristianos son ahora extranjeros.

Las dos obras más importantes que escribió Maquiavelo tienen distintos propósitos. El Príncipe, por ejemplo, está dedicado al fundador de un nuevo “estado de cosas”, que puede ser príncipe por obra de su astucia, su virtud y su fuerza. Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio se dirigen en cambio a quien gobierna un Estado ya consolidado.

Ya hablamos antes de la astucia, de modo que hablaré ahora de la virtud de todo príncipe, que se resume en una sola: inspirar temor. De acuerdo con Maquiavelo, inspirar temor depende casi por completo de uno mismo, y es necesario porque la bondad de los hombres es hija del temor y no del amor. En otras palabras, los hombres, egoístas y perversos por naturaleza, son virtuosos por el temor que les inspira volver a un estado de tiranía. Esta filosofía es semejante a la de Aristóteles y a la de Thomas Hobbes, aunque Maquiavelo apenas la desarrolla, pues su prioridad no es la virtud sino la fuerza, que consiste en la concentración de todo el poder político para su causa, el ideal republicano.

Si miramos de nuevo el “momento maquiavélico”, veremos que el orden tradicional medieval era un lastre para el comercio, con su prohibición de la usura y su condena de todo contacto con el mundo musulmán. Veremos también que el mismo auge del comercio demandaba rutas seguras y libertades comerciales. Muchos monarcas europeos se habían aprovechado de la situación para imponerse sobre feudatarios y corporaciones gremiales y clericales, reclamando sus ejércitos y dando nuevas leyes. Así se iba configurando un nuevo orden más autocrático y expansionista entre los reinos cristianos.

Como diplomático, Maquiavelo estaba al tanto de todos estos cambios. En sus escritos destacan el juicio claro de las posiciones y los recursos de sus adversarios, así como un sentido de la previsión orientado a la concentración del poder político, considerando siempre los alcances y los riesgos de determinadas decisiones. Pero su redacción exagera muchas veces la importancia del poder político como un fin en sí mismo, al igual que el uso de medios considerados inmorales.

Desde la perspectiva del florentino, el auge y la decadencia de un Estado depende de conservar y aumentar el poder político para preservarlo a través del tiempo, por lo que el uso de medios injustos o crueles se encontra justificado. Ya que el gobierno responde a la debilidad e insuficiencia las personas, haciéndose cargo de su seguridad y sus necesidades cotidianas, fortalecerlo requiere de la promoción de virtudes cívicas y morales con leyes justas, o de otro modo la corrupción de esas virtudes será el inicio de su decadencia. El cristianismo para Maquiavelo era una forma de decadencia, aunque no se permite expresarlo abiertamente por temor a la iglesia católica.

A falta de un orden sistemático y coherente, las ideas de Maquiavelo no se consideran filosofía política en un sentido estricto, sino bocetos de una pionera teoría política moderna, que adelanta con éxito la emergencia de los nacionalismos, del absolutismo, del secularismo y de la llamada “razón de estado” para justificar la autoridad suprema de un “poder soberano”, figura común del pensamiento político en lo subsecuente.

Bibliografía

Sabine, H. George. Historia de la teoría política. FCE, México, Cap. XVII.

Strauss, Leo y Cropsey, Joseph. Historia de la filosofía política. FCE, México, 2006.

Arendt, Hannah. Una bitácora para leer a Maquiavelo. Revista Metapolítica, No. 23. México, Mayo-Junio 2002.

J.G.A. Pocock. El momento maquiaveliano. Revista Metapolítica, No. 23. México, Mayo-Junio 2002.

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