El Arte de la Guerra Electoral

Hola. En esta ocasión quiero compartir con ustedes una síntesis muy breve sobre una novedad editorial, la reedición de El arte de la guerra electoral. Guía esencial para entender cómo funciona una campaña política, libro escrito por los consultores José Adolfo Ibinarriaga y Roberto Trad, fundadores del Instituto de Artes y Oficios en Comunicación Estratégica, y ex colaboradores de Cuarto de Guerra. Espero sea de su agrado y provecho. Saludos.

Manual práctico para la guerra electoral

No es muy común que dentro del gremio de los consultores electorales alguien comparta su metodología o sus experiencias. Sin embargo, José Adolfo Ibinarriaga y Roberto Trad, dos profesionales del diseño y la operación de campañas políticas, lo hicieron con la idea de mostrar su trabajo a colegas y ciudadanos por igual, tanto para contribuir a la formalización de su joven especialidad, como para resaltar la importancia de la participación política organizada e informada en nuestras democracias contemporáneas.

Esto es así porque los autores consideran que los electores son los protagonistas de todo ejercicio democrático: ellos calculan los beneficios y los riesgos de cada oferta política con base en sus miedos y sus esperanzas. De este modo deciden el resultado de una elección. Por tal motivo, el trabajo de los consultores no consiste en vender líderes políticos cual productos comerciales, sino en traducir las agendas y los atributos de esos líderes en mensajes y conceptos decodificables para los ciudadanos. El marketing y la comunicación política son sólo herramientas de la política, y es mentira que con esto los debates pierdan calidad y contenidos, pues su finalidad es traer al ciudadano de vuelta al espacio de lo público.

Ibinarriaga y Trad opinan que una campaña política es una contienda simbólica. Sobre ella se construye la narración de una confrontación épica entre buenos y malos. Las batallas que se libran ocurren en las mentes y en los corazones de cada elector. Los territorios en disputa son sus percepciones y sus emociones. Y generalmente todo tiene que ver son sus deseos de cambio o con el grado de aprobación que le conceden al status quo vigente.

Resulta paradójico que mientras una elección democrática busca ser libre, una campaña política busca ser disciplinada y autoritaria. Pero tiene que ser así para poder transmitir el mensaje de la campaña con uniformidad y consistencia. El propósito de ese mensaje es persuadir a los electores para que elijan apoyar la agenda de determinado candidato, de modo que tiene que ser memorable, replicable y creíble. Para ello necesita reunir otras cualidades como sencillez, relevancia, contundencia, originalidad y congruencia con el posicionamiento del candidato.

El mensaje de la campaña, de acuerdo con los consultores, debe ser la traducción perfecta de su concepto rector, o en otras palabras, de su estrategia; el plan trazado para la contienda. Y a la primera persona que hay que convencer de su pertinencia es al propio candidato, que será el rostro de la campaña y su principal vehículo de comunicación. También es recomendable que la familia del candidato esté enterada de lo que acontece, de tal forma que su influencia no perjudique el desarrollo de la campaña, sino que contribuya en todo caso, desde un discreto segundo plano, a matizar sus rasgos negativos y a realzar sus aspectos positivos.

Lo recomendable para todos los equipos o comités de campaña es que el liderazgo del candidato sea sólo moral, no organizacional. Este puesto debería ocuparlo el director de la campaña, entre cuyas responsabilidades se encuentran establecer la estrategia, coordinar al equipo, y garantizar el cumplimiento de sus metas u objetivos. Para ello ha de apoyarse no sólo en sus coordinadores, sino también en consultores profesionales, en agencias de investigación de opinión pública, en asesores (por ejemplo, de imagen), en publirrelacionistas, encargados de logística, etc.

Para Ibinarriaga y para Trad, cada campaña es única, pues ocurre en un momento dado con sus propias variables y sus propias reglas. A falta de recetas hay que echar mano de la creatividad, para así elaborar una estrategia propia para la situación, además de un plan de trabajo adecuado a las condiciones de la competencia. Este proceso de planificación pasa por varias etapas:

  1. Análisis del electorado.
  2. Análisis de las fortalezas y debilidades del candidato
  3. Creación de un mapa de actores
  4. Definición del concepto rector de la campaña
  5. Posicionamiento del candidato
  6. Elaboración de una agenda prelimiar detallada
  7. Establecimiento de metas y objetivos
  8. Instalación del cuarto de guerra.


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Carl Schmitt. El concepto de lo político

A propósito de esas discusiones bizantinas que luego se dan tanto en la vida real como en espacios virtuales, dejo por aquí una breve síntesis de lo dicho por Carl Schmitt, un teórico del realismo político que sacude paradigmas. Saludos

Lo político es lo decisivo

Contrario a la idea kantiana del Estado como realización de lo político, en donde la imposición de una norma hace posible la civilización, el jurista Carl Schmitt propuso que esta opinión sobre lo político no podía explicar la norma, pues ella guardaba una relación más estrecha con la voluntad de oponerse a una amenaza. De ser así, el verdadero facto soberano vendría a ser lo decisivo, que podría localizarse a partir del criterio amigo-enemigo. Con esta reflexión construye una nueva interpretación de lo político.

En la lógica de Schmitt, los hombres nos agrupamos ante la posibilidad de confrontarnos a muerte, en respuesta a un conflicto que escala en intensidad. Por tal motivo, cuando se trata de lo político uno no puede eludirse; tiene que decidirse. Y esta decisión configura una unidad política, con una identidad propia y quizá también con un proyecto colectivo.

Si la política no reside en la lucha, sino en una serie de comportamientos determinados por esa posibilidad, entonces la naturaleza objetiva y la autonomía intrínseca de lo político reside fundamentalmente en las unidades políticas, que de hecho exigen a sus miembros dar la vida por ellas. Esto nos lleva a concluir que para Schmitt los verdaderos sujetos de la política son los pueblos, no los individuos, y que la política comprende tanto la defensa de la propia unidad política como el rechazo del enemigo público, aunque también puede acabar en un deseo de aniquilarlo si éste se empeña en negarnos la posibilidad de existir.

Lo político deviene entonces en una decisión constitutiva, pero la unidad política que así se configura no permanece inmutable. Puede cambiar, puede disolverse, o puede dividirse. Los amigos o enemigos en el ámbito privado, no tienen por qué serlo en el espacio público. Pero si surge un conflicto y crece en intensidad, alguna de las partes puede llegar a convertirse en un antagonista público, en un enemigo del grupo. De acuerdo con Schmitt, los conflictos al interior del Estado se abordan en el horizonte de las consecuencias que pueden tener sobre la unidad del grupo, o sobre su capacidad para defenderse o hacer la guerra.

Schmitt se define a sí mismo como conservador, católico y anticomunista, pero también antiliberal. Para él, la cultura burguesa y el ideal de un orden civilizatorio reducen lo político, ya que le permiten al hedonista vivir sin decidirse ni asumir compromisos sobre lo fundamental. Por esta razón el liberalismo es antipolítico, deviene en la disolución de la unidad política, y promueve un nihilismo que va en contra de nuestra naturaleza guerrera. Si esto es correcto, la paz es imposible.

Las 48 leyes del poder de Robert Greene

Me tomó mucho más de lo que imaginaba, pero por fin terminé esta entrada sobre uno de los best sellers más idolatrados en nuestra época, Las 48 Leyes del Poder. El libro escrito por Robert Greene y editado por Joost Elffers ha vendido ya más de un millón de copias en Estados Unidos, y ha sido traducido a 17 idiomas. Veamos por qué.

Cautivos del mal

Empecemos por el autor. Greene nació en Los Ángeles, California, en 1959. Sus inquietudes literarias lo llevaron al estudio de los clásicos en la Universidad de Wisconsin, luego de graduarse de la Universidad de Berkeley. Inmediatamente después intentó colocarse como escritor en Nueva York, pero no lo consiguió, en parte por culpa de un editor resentido que lo rechazó de una manera muy humillante. Esta misma experiencia volvería a repetirse frente a otros editores, directores y dueños de medios sádicos, que disfrutaban humillando a sus trabajadores, y que tomaban impunemente el crédito por sus obras, según cuenta en su blog.

Luego de trabajar como editor y colaborador en varias revistas – incluyendo la afamada Esquire -, y después de participar como guionista en Hollywood, Greene conoció a Joost Elffers, un editor de libros neoyorkino que supuestamente le propuso realizar una versión comercial actualizada de El príncipe, la obra más popular de Nicolás Maquiavelo. Greene trabajó en ello, aunque también incorporó ideas de otros autores como Sun-Tzu, Carl Von ClausewitzBaltasar Gracián, y un largo etcétera. Así fue como nacieron las 48 Leyes del Poder, que se publicaron bajo la firma de ambos socios en 1998.

El libro recibió una acogida fenomenal. Fue un éxito de ventas desde el principio, particularmente entre directores de empresas, políticos, artistas, deportistas y músicos de hip-hop. Según Los Ángeles Times, las 48 Leyes del Poder son bastante populares también entre prisioneros, al igual que entre pandillas.

Desde mi punto de vista, el libro cautiva a todo aquél que supone que para alcanzar una meta se debe carecer de escrúpulos. Constituye por lo tanto la continuación de una premisa atribuida a Maquiavelo: que el fin justifica los medios, y por eso todo vale. Greene defiende su trabajo señalando en el mundo hay mucha gente sometida al poder de otras personas, de modo que estas reglas o consejos son más bien una guía para liberarse, y así poder hacer lo que uno quiera sin que nadie nos lo impida. Por esta razón cautiva también al impotente, al miserable y al débil; a todo aquél que se siente incapaz de gobernarse a sí mismo, pero que desea gobernar a otros.

Ambición sin cortapisas

El contenido de las 48 Leyes del poder apunta entonces a satisfacer dos deseos humanos: la ambición y la libertad. Al autor le importa poco lo que usted se proponga; lo importante es que lo consiga, y para éso es el libro. Su propósito es ser útil, didáctico y ameno. Cada capítulo aparece encabezado por una máxima, y en los márgenes del texto se nos presentan relatos breves en donde ésta se practica. Justo al final hay un resumen que refuerza lo dicho, y abajo del mismo una imagen para recordar la enseñanza. Su formato coincide con un libro de autoayuda (su propósito original), aunque en muchos sentidos es más que sólo éso.

La ética en el libro destaca por su ausencia. No así la filosofía, que aparece cercana a la tradición del realismo político, debido a su interpretación del conflicto como juego de intereses encontrados. Es aquí donde se notan la influencia de Sun-Tzu y de Carl Von Clausewitz mucho más que la de Maquiavelo, pues los fines políticos generalmente eluden al estratega militar.

En general la lectura es bastante recomendable. Aunque si sólo deseas acceder a los consejos de Greene, tal vez te convenga mirar primero esta síntesis. No tiene desperdicio. Saludos
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Ideas políticas de Maquiavelo

Ya que este breve ensayo sobre Maquiavelo se ha vuelto una de las entradas más visitadas del blog, me he sentido obligado a revisarlo y ampliarlo. Si pasaste por aquí antes, espero que los cambios te dejen satisfecho. Si no, comunícame tus críticas o comentarios para seguir enriqueciendo el texto. Saludos.

Bocetos de una teoría política moderna

Europa entró al siglo XV marcada por dos sucesos naturales imprevisibles: la llegada de la Pequeña edad de hielo, un cambio climático que devino en hambrunas y guerras; y el brote de la Peste negra, una epidemia mortal que diezmó pueblos enteros. Ambos sucesos se dieron en el contexto de la Guerra de los cien cños entre Francia e Inglaterra, la guerra de “Reconquista” de los reinos cristianos contra los musulmanes en la Península Ibérica, y el surgimiento del Imperio Otomano, que se expandía por los balcanes a costa del Imperio cristiano de Bizancio.

El entorno geopolítico favorecía entonces a Italia. Sus reinos prosperaban con el auge del comercio, y sus ciudades adquirían cada vez más independencia política frente al papado, que veía su influencia mermada tanto por los excesos de sus dirigentes como por la incapacidad general de la iglesia católica para remediar la peste y otros males. No obstante, las pugnas entre nobles tradicionales y nuevos burgueses amenzaban reiteradamente el orden y la seguridad de la ciudad. Así fue como el problema de su continuidad y su prosperidad adquirió para muchos no sólo actualidad, sino fundamentalmente relevancia.

Alegoría de la Fortuna o la Calumnia de Lorenzo Leonbruno

En opinión del historiador J.G.A. Pocock, el “momento maquiaveliano”, ese tiempo que dio forma al pensamiento de Maquiavelo, y que a su vez constituyó la suma de sus inquietudes y preocupaciones, puede entenderse como el fruto de un humanismo renacentista cuya prioridad es lo contingente, no lo trascendente; el “momento maquiaveliano” es un rescate de las virtudes cívicas de los romanos, con su ideal republicano, para una nueva época llena de oportunidades.

Maquiavelo por lo tanto es el teórico político del “hombre sin amo”, del nuevo burgués; de aquél grupo de individuos que por sus responsabilidades y ambiciones ya no pueden ser buenos, en el sentido cristiano del término. Lo que llaman en su tiempo corrupción e inmoralidad, Maquiavelo lo define simplemente como “astucia”, que es el uso oportuno de toda clase de medidas para preservar o cambiar un “estado de cosas”.

Con la expresión “estado de cosas”, el florentino hace referencia a una forma de gobierno, monarquía o república, sin hablar sólo del gobierno. Su noción del Estado describe lo que permanece: un orden, un territorio, y un grupo de gente con una forma particular de pensamiento, cristianos o no. A decir de Hannah Arendt, el Estado en Maquiavelo es una comunidad política, y ella afirma su identidad en oposición a los extranjeros. Tanto la iglesia católica como el resto de los reinos cristianos son ahora extranjeros.

Las dos obras más importantes que escribió Maquiavelo tienen distintos propósitos. El Príncipe, por ejemplo, está dedicado al fundador de un nuevo “estado de cosas”, que puede ser príncipe por obra de su astucia, su virtud y su fuerza. Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio se dirigen en cambio a quien gobierna un Estado ya consolidado.

Ya hablamos antes de la astucia, de modo que hablaré ahora de la virtud de todo príncipe, que se resume en una sola: inspirar temor. De acuerdo con Maquiavelo, inspirar temor depende casi por completo de uno mismo, y es necesario porque la bondad de los hombres es hija del temor y no del amor. En otras palabras, los hombres, egoístas y perversos por naturaleza, son virtuosos por el temor que les inspira volver a un estado de tiranía. Esta filosofía es semejante a la de Aristóteles y a la de Thomas Hobbes, aunque Maquiavelo apenas la desarrolla, pues su prioridad no es la virtud sino la fuerza, que consiste en la concentración de todo el poder político para su causa, el ideal republicano.

Si miramos de nuevo el “momento maquiavélico”, veremos que el orden tradicional medieval era un lastre para el comercio, con su prohibición de la usura y su condena de todo contacto con el mundo musulmán. Veremos también que el mismo auge del comercio demandaba rutas seguras y libertades comerciales. Muchos monarcas europeos se habían aprovechado de la situación para imponerse sobre feudatarios y corporaciones gremiales y clericales, reclamando sus ejércitos y dando nuevas leyes. Así se iba configurando un nuevo orden más autocrático y expansionista entre los reinos cristianos.

Como diplomático, Maquiavelo estaba al tanto de todos estos cambios. En sus escritos destacan el juicio claro de las posiciones y los recursos de sus adversarios, así como un sentido de la previsión orientado a la concentración del poder político, considerando siempre los alcances y los riesgos de determinadas decisiones. Pero su redacción exagera muchas veces la importancia del poder político como un fin en sí mismo, al igual que el uso de medios considerados inmorales.

Desde la perspectiva del florentino, el auge y la decadencia de un Estado depende de conservar y aumentar el poder político para preservarlo a través del tiempo, por lo que el uso de medios injustos o crueles se encontra justificado. Ya que el gobierno responde a la debilidad e insuficiencia las personas, haciéndose cargo de su seguridad y sus necesidades cotidianas, fortalecerlo requiere de la promoción de virtudes cívicas y morales con leyes justas, o de otro modo la corrupción de esas virtudes será el inicio de su decadencia. El cristianismo para Maquiavelo era una forma de decadencia, aunque no se permite expresarlo abiertamente por temor a la iglesia católica.

A falta de un orden sistemático y coherente, las ideas de Maquiavelo no se consideran filosofía política en un sentido estricto, sino bocetos de una pionera teoría política moderna, que adelanta con éxito la emergencia de los nacionalismos, del absolutismo, del secularismo y de la llamada “razón de estado” para justificar la autoridad suprema de un “poder soberano”, figura común del pensamiento político en lo subsecuente.

Bibliografía

Sabine, H. George. Historia de la teoría política. FCE, México, Cap. XVII.

Strauss, Leo y Cropsey, Joseph. Historia de la filosofía política. FCE, México, 2006.

Arendt, Hannah. Una bitácora para leer a Maquiavelo. Revista Metapolítica, No. 23. México, Mayo-Junio 2002.

J.G.A. Pocock. El momento maquiaveliano. Revista Metapolítica, No. 23. México, Mayo-Junio 2002.

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